La esposa impostora

61

Mykhailo afloja el agarre de sus dedos y salgo presurosa al salón. Las lágrimas se me agolpan en los ojos. Siento unas ganas irrefrenables de lavarme la boca con antiséptico. Capto la mirada angustiada de mi amado. Se da cuenta de inmediato de que algo andaba mal; puedo leerlo con absoluta claridad en sus ojos. Me acerco a la mesa, haciendo un esfuerzo sobrehumano para no romper a llorar ahí mismo:

—Yury, ¿me abres el automóvil, por favor? Olvidé mi lápiz labial.

—Por supuesto —se pone de pie el hombre—. No tardamos.

Nos dirigimos a la salida. Apenas pisamos la calle, no consigo contener más el llanto. Yury quita el seguro del vehículo y me acomodo en el asiento del copiloto. Lo entiende todo sin necesidad de palabras. Rodea el auto y ocupa el lugar del conductor:

—Marichka, ¿qué sucedió?

—Mykhailo... —las palabras se me atoran en la garganta y las lágrimas me impiden articular palabra—. Mykhailo está aquí. Entró al sanitario y... —no me atrevo a poner en palabras su atrevimiento.

Yury palidece por completo. Me envuelve en sus brazos con fuerza:

—¿Te hizo daño?

Rompo a llorar con más fuerza. Tiemblo, sollozo y soy incapaz de recomponerme. El hombre me estrecha aún más contra su pecho:

—Si te puso una sola mano encima, lo mato.

Su voz, fría y con la firmeza del acero, me demuestra que no está bromeando en lo absoluto. Niego con la cabeza, intentando calmarme:

—Exigía que le pagara la deuda. Le dije que estaba juntando el dinero, pero eso ya no le interesa. Me quiere a mí. Comenzó a manosearme el cuerpo y luego... —sollozo— me besó en los labios.

No puedo reprimir el llanto. Tal vez no debí contárselo todo, pero si me guardaba algo así, me sentiría como una traidora. Yury me acaricia el cabello y la espalda con un gesto reconfortante:

—Es mi culpa. No preví que Mykhailo llegara tan lejos. Él y Ulyana son amantes —me deja perpleja con su confesión.

Me aparto un poco y lo miro fijamente a la cara, pero no encuentro el menor rastro de broma en sus facciones. Frunzo el ceño:

—¿Y me lo dices con tanta calma?

—Ulyana dejó de importarme hace mucho tiempo, y desde hace poco estoy enamorado de ti —me besa la mejilla, infundiéndole calidez a mi corazón—. Vi su traición a través de la cámara de seguridad de nuestro garaje. Ella en verdad le debe dinero y le paga de esa manera tan particular. En adelante seremos sumamente cuidadosos. No me voy a despegar de tu lado ni un solo segundo.

—Para que me dejara ir, tuve que acceder a verme con él mañana. Por supuesto que no pienso ir a ningún lado —me refugio en sus brazos. Su apoyo lo es todo para mí—. Tengo miedo. ¿Acaso Mykhailo me está siguiendo? ¿Cómo supo que estaría aquí? No puede ser una simple coincidencia.

—Me imagino que se lo dijeron Maryna o Yulya. Maryna te llamó desde la casa de Yulya, ¿no es así?

Asiento en silencio. Sus brazos me devuelven la tranquilidad. Me seca las lágrimas del rostro con absoluta ternura y me besa en los labios. No logro contenerlo y de mi garganta se escapa un suspiro:

—Te amo.

—Y yo a ti —me aprieta contra su cuerpo—. Tenemos que regresar. ¿Crees poder calmarte en un par de minutos? ¿Podrás fingir que no pasó nada?

—Sí —aunque suena firme, las dudas se cuelan en mi corazón. Me convenzo a mí misma: puedo hacerlo. Olvidaré el desagradable incidente del baño y no permitiré que Mykhailo me arruine la velada.

Tras un beso de mi amado, salgo al aire libre. Con desgano regresamos al restaurante y tomamos nuestros lugares. Kostyantyn nos mide con una mirada llena de sospecha:

—¿Y el lápiz labial?

—¿Qué? —pregunto desorientada. No capto de inmediato a qué se refiere.

—El lápiz labial —repite Kostyantyn—. ¿No iban por él?

—Ah... sí —recuerdo mi mentira—. No lo encontramos. Supongo que lo habré extraviado.

Esta cena se asemeja cada vez más a una farsa. Los Rodomovsky intentando averiguar algo y nosotros esforzándonos por ocultarlo. La única persona genuina aquí sigue siendo la abuela, quien relata historias de sus años mozos, ajena por completo a la tensión sofocante que reina en la mesa.

Al llegar finalmente a casa, dejo escapar un suspiro de alivio. No sé cuánto tiempo más podré aguantar haciéndome pasar por Ulyana. Me doy una ducha y entro al dormitorio. Yury está acostado bajo las cobijas, revisando algo en su teléfono. Apago la luz y me acomodo a su lado. El hombre deja de inmediato el celular a un lado y me rodea con sus brazos:

—Hoy lo hiciste de maravilla. Los Rodomovsky no sospechan absolutamente nada.

—No sospechan nada porque ni se imaginan la existencia de una hermana gemela de Ulyana. Lo único que les carcome es saber si verdaderamente estuvo en España.

—Confiemos en que nunca descubran la verdad —el hombre me besa los labios.

Una lava incandescente se enciende en mi interior, quemándome el cuerpo y corriendo desbocada por mis venas. Le respondo con pasión al beso y lo rodeo con las piernas. Seductor, deseado, amado. Se me hace casi imposible resistirme a los sentimientos que me arrastran hacia este torbellino de pasión. Por suerte, Yury reúne la fuerza suficiente para detenerse. Se aparta ligeramente y me susurra en los labios:

—Buenas noches, mi amor.

Dejo escapar un suspiro de frustración. Empiezo a arrepentirme de haberle puesto condiciones. Sé que es lo correcto, pero en este instante quisiera romper todos los acuerdos y cruzar la frontera de lo prohibido. El hombre me acurruca fuertemente en sus brazos y me quedo dormida.




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