Sasha no llegó a la puerta principal.
A medio pasillo, un brazo la agarró del codo y la giró con brusquedad. No era Alexis. Era más bajo, más delgado, con gafas de metal y una sonrisa que nunca llegaba a los ojos.
—Señora Kristofides —dijo el abogado, Dimitri Poulos, con esa voz de aceite que ella odiaba—. No creo que sea buena idea que se vaya así.
—Suélteme.
—No hasta que hablemos.
Sasha le clavó la mirada. Él no soltó el brazo. Al contrario, apretó los dedos hasta que ella sintió el hueso.
—Usted es un mentiroso —dijo ella, sin bajar la voz—. Usted estuvo en la carretera esa noche. Usted sabía lo del bebé. Usted le dijo a Alexis que yo era una interesada, ¿verdad? Que solo quería su dinero.
—Le dije la verdad —respondió Dimitri, inclinando la cabeza—. Usted se casó por dinero. Usted ocultó un embarazo. Usted es, señora, la peor inversión que mi cliente pudo hacer.
—No soy una inversión. Soy su esposa.
—Eso es discutible —dijo él, y soltó el brazo con desdén—. Pero eso no es lo que quiero hablar.
—Entonces, ¿qué?
Dimitri se metió la mano en el bolsillo interior de su chaqueta y sacó un sobre marrón. Lo abrió con lentitud deliberada. Sasha sabía que lo hacía para provocarla. Para tenerla en vilo.
—Esto llegó al despacho esta mañana. —Sacó una fotografía y se la puso frente a los ojos—. Reconozca a esta persona.
La foto era borrosa, tomada con un teléfono desde lejos. Pero no hacía falta más. Sasha reconoció la espalda ancha, el tatuaje en el cuello, la forma de caminar.
—Eso es —comenzó a decir, pero la voz se le atascó.
—Su hermano —terminó Dimitri por ella—. Nikos. El mismo que, según los informes, debía medio millón a unos prestamistas. El mismo que desapareció la noche del accidente. ¿Casualidad?
Sasha sintió que el suelo se abría.
—Nikos no tiene nada que ver con esto.
—¿No? —Dimitri sacó otro papel—. Entonces, ¿por qué su huella apareció en el coche de Alexis? ¿Por qué los testigos vieron a un hombre con ese tatuaje huyendo de la escena minutos antes de que llegara la ambulancia?
—¡Él no haría eso!
—¿No? —La sonrisa de Dimitri se ensanchó—. Porque yo tengo otro dato, señora. Su hermano no debe medio millón. Debe dos. Y el que le prestó el dinero… —se inclinó hacia ella, casi susurrando— fue Alexis.
Sasha parpadeó. Dos veces. Tres. No entendía.
—¿Alexis le prestó dinero a Nikos? ¿Por qué?
—Porque usted pidió que lo hiciera —dijo Dimitri, y su voz se volvió veneno—. Una noche, hace ocho meses, usted le suplicó a mi cliente que ayudara a su hermano. Que le diera una oportunidad. Él accedió. Le dio el dinero, le consiguió un trabajo en una de sus empresas, le pagó la rehabilitación. Y a cambio, su hermano lo traicionó.
—No sabía que el lo hizo que Alexís le presto a mi hermano.
—Usted lo pidió. Usted lo firmó. —Dimitri sacó un documento con su firma—. ¿Reconoce su letra?
Sasha agarró el papel con manos temblorosas. Era su firma. La misma que había estampado en el acuerdo prenupcial. Pero no recordaba haber firmado eso.
—Eso no lo hice yo, usted me ha engañado.
—¿Ah, no? Entonces, ¿quién? yo no la he engañado.
—¡Usted! —Sasha alzó la voz, y su eco recorrió el pasillo—. Usted falsificó mi firma. Usted quería que Alexis confiara en Nikos. Usted lo puso allí.
Dimitri negó con la cabeza, como si hablara con una niña caprichosa.
—Señora, yo no tengo motivos para arruinar a mi propio cliente. Pero usted sí. Su hermano iba a ser despedido. Alexis lo descubrió robando. Y antes de que pudiera denunciarlo, el accidente ocurrió. ¿Quiere que siga atando cabos?
Sasha abrió la boca para responder, pero la voz le salió en un sollozo.
—No sé nada de eso. Nikos me dijo que estaba limpio. Que había cambiado.
—Los drogadictos mienten, señora.
—¡No es un drogadicto! —gritó, pero hasta ella misma dudó de sus palabras.
La puerta del dormitorio se abrió de golpe. Alexis estaba allí, apoyado en el marco, con el rostro pálido y los nudillos ensangrentados. Había estado escuchando.
—Dimitri —dijo, con una voz que cortaba—. Váyase.
El abogado giró la cabeza, sorprendido.
—Alexis, no es momento de…
—Le he dicho que se vaya.
Dimitri apretó los dientes, guardó los papeles y se despidió con una inclinación de cabeza. Pero antes de cruzar la puerta, se volvió hacia Sasha.
—Cuídese, señora. El que busca la verdad, a veces encuentra lo que no quiere ver.
Y se fue.
Sasha se quedó sola frente a Alexis. Él la miró largamente, sin decir nada. Su pecho subía y bajaba con respiraciones profundas. Cada una de ellas parecía un esfuerzo.