La Esposa Olvidada del Magnate Griego

Capítulo 3

El sol de la tarde se colaba a través de las cortinas del hospital donde Alexis se encontraba, dibujando patrones dorados en el suelo de madera. Sasha estaba sentada en el borde del sofá, con los codos apoyados en las rodillas y las manos entrelazadas. No había dormido bien en días. Cada vez que cerraba los ojos, veía el rostro desconcertado de su esposo, su mirada vacía, como si ella fuera una extraña.

—Alexis, por favor, intenta recordar algo —dijo Sasha, con la voz quebrada por la desesperación—. Cualquier cosa. Nuestro primer viaje a la playa, cuando te enseñe a hacer panqueques, la vez que te estabas buscando un documento en la biblioteca, o nuestro primer beso...

Alexis la miró fijamente, pero sus ojos no mostraron ningún destello de reconocimiento. Solo una suave confusión, como si escuchara una historia sobre otra persona. había olvidados las escenas del día anterior cuando habian hablado.

—Lo siento, Sasha —respondió él, con un tono neutro—. No me suena nada de eso.

Ella contuvo las lágrimas. No podía derrumbarse, no ahora. Había investigado cada rincón de la ciudad, hablado con médicos, neurólogos, incluso con un psiquiatra que le había sugerido que la memoria de Alexis podría estar bloqueada por un trauma. Pero nadie podía decirle qué había causado esa amnesia ni cómo deshacerla.

—¿Y Nico? —preguntó Sasha, buscando cualquier chispa—. ¿Recuerdas a Nico? Mi hermano que se metían en problemas...

Alexis frunció el ceño.

—Nico... —repitió lentamente, como si probara una palabra extranjera—. No... no me dice nada.

Sasha se levantó de un salto y comenzó a caminar de un lado a otro. Sus pasos eran rápidos, nerviosos. No soportaba ver a su hermano tan vacío, tan distante.

—Tienes que esforzarte más —dijo ella, con un tono más agudo del que pretendía—. No puedes simplemente olvidar toda tu vida. ¡Yo estoy aquí! ¡Tu esposa! ¿Cómo puedes mirarme y no saber quién soy?

Alexis bajó la mirada, apretando los puños. Por un momento, Sasha creyó ver un atisbo de frustración en su rostro.

—No elijo olvidar, Sasha —dijo él, con una calma inquietante—. Pero también sé que tú no eliges recordar por mí. Tal vez deberías aceptar que ese Alexis que conocías ya no existe.

Las palabras le golpearon como un puñetazo. Sasha se detuvo en seco, sintiendo que el aire se le escapaba de los pulmones.

—No digas eso —susurró—. No puedes rendirte.

—No estoy rindiéndome —respondió Alexis, levantando la vista hacia ella—. Solo estoy diciendo la verdad. No sé quién eres. No sé quién soy. Pero tal vez eso no importa. Tal vez podemos empezar de nuevo.

Sasha negó con la cabeza. Había algo en la forma en que su esposo hablaba, una frialdad que nunca había estado allí antes. Era como si la persona que ella amaba hubiera sido reemplazada por un extraño con su rostro.

Entonces, sonó el teléfono.

Ambos se sobresaltaron. Sasha tomó el dispositivo de la mesa y vio un número desconocido. Dudó un segundo antes de contestar.

—¿Sasha? —dijo una voz masculina al otro lado—. Soy Clara, la secretaria de trabajo del señor Alexis. Necesito hablar con el. Es urgente.

Sasha sintió que no sabía que hacer con aquello porque su esposo se había olvidado de todo.

—¿Qué pasa? —preguntó, con la voz temblorosa.

—Encontré algo en el archivo de Alexis —dijo Mateo, bajando la voz—. Algo que no debería estar allí. hay un chueque pendiente por firmar, pero no se puedo hacer, es para un pago de algunos empleados del otro consorcio, y necesito la firma de el señor Alexís.

Sasha apretó el teléfono con fuerza, sintiendo que el mundo se tambaleaba bajo sus pies. Miró a su esposo, quien la observaba con esa misma mirada vacía, y supo que no podía confiar en nadie más que en sí misma.

—Dime dónde estás —dijo Sasha, con determinación—. Voy para allá.

El trayecto hacia la oficina de Alexis se sintió eterno. Sasha manejaba con las manos aferradas al volante, los nudillos blancos por la tensión. Las calles de la ciudad pasaban borrosas ante sus ojos, como si todo a su alrededor se hubiera vuelto irrelevante. Solo existía el eco de las palabras de Clara en su mente: *"un cheque pendiente por firmar"*. Pero sabía que eso era solo la punta del iceberg. Había algo más, algo que Clara no se atrevía a decirle por teléfono.

El lugar era imponente: una torre de cristal y acero que se alzaba hacia el cielo como un monumento al éxito. Alexis había trabajado allí durante años, escalando posiciones hasta convertirse en el gerente financiero de la compañía. Sasha recordaba las noches en vela que él pasaba revisando informes, las llamadas telefónicas a altas horas de la madrugada, los viajes de negocios que lo mantenían alejado de casa. Siempre había pensado que el trabajo de su esposo era agotador pero seguro. Ahora, empezaba a preguntarse si aquella rutina escondía algo más.

—¿Estás listo? —preguntó Sasha, volviéndose hacia Alexis.

Él la miró con sus ojos vacíos y asintió lentamente.

—No sé qué esperas que haga —dijo—. Pero si necesitas mi firma, supongo que puedo intentarlo.

Sasha sintió un nudo en la garganta. Su esposo hablaba de firmar documentos como si fuera un trámite cualquiera, sin recordar que aquella oficina había sido su segundo hogar durante más de una década.




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