La Esposa Olvidada del Magnate Griego

Capítulo 5

El coche avanzaba por la carretera mientras el sol se ocultaba detrás de las montañas, tiñendo el cielo de tonos naranjas y púrpuras. Sasha mantenía la vista fija en el camino, pero su mente estaba en otra parte. Repasaba una y otra vez las palabras de Clara, el documento con la firma de Alexis, la cuenta congelada, el fraude. Todo estaba conectado, pero aún no podía ver el hilo que unía las piezas.

A su lado, Alexis permanecía en silencio, observando el paisaje con una mezcla de curiosidad y desorientación. Había algo en aquella ruta que le resultaba vagamente familiar, como un sueño que no lograba recordar por completo.

—¿Por qué vamos al puente? —preguntó finalmente, rompiendo el silencio.

Sasha apretó el volante. Había estado evitando esa pregunta porque no sabía cómo responderla sin que sonara a locura.

—Porque allí encontraron tu coche —dijo, con voz tensa—. La noche del accidente. Quiero ver el lugar, entender qué pudo haber pasado.

Alexis frunció el ceño, tratando de visualizar esa noche. Pero todo era un vacío. Solo destellos borrosos, sombras que no lograban tomar forma.

—No recuerdo nada de eso —admitió—. Pero hay algo... cuando pienso en el puente, siento como un peso en el pecho. Como si hubiera algo que debería saber.

Sasha lo miró de reojo, sintiendo una mezcla de esperanza y preocupación.

—¿Un peso? ¿Puedes describirlo?

Alexis cerró los ojos, concentrándose. Las imágenes no llegaban, pero las sensaciones sí: el frío metal del volante, el olor a lluvia en el aire, un sonido metálico que se repetía una y otra vez.

—Oscuridad —dijo lentamente—. Y miedo. No miedo por mí, sino por... alguien más. Alguien que estaba en peligro.

Sasha sintió que el corazón se le aceleraba.

—¿Quién? ¿Recuerdas quién?

Pero Alexis abrió los ojos y negó con la cabeza, frustrado.

—No. Se fue. Como si alguien hubiera apagado una luz.

Sasha guardó silencio unos segundos, procesando la información. Su esposo no recordaba los hechos, pero su cuerpo sí recordaba las emociones. Eso significaba que el trauma estaba grabado en algún lugar profundo de su ser, esperando ser desenterrado.

Llegaron al puente viejo cuando el cielo ya era casi nocturno. Era una estructura de hierro y cemento que cruzaba un río de aguas turbias, abandonada hacía años cuando construyeron la autopista nueva. Los faroles estaban apagados y la maleza crecía alrededor de los pilares. Un lugar perfecto para que alguien cometiera un crimen y nadie lo viera.

Sasha estacionó el coche en el arcén y apagó el motor. El silencio era absoluto, solo roto por el murmullo del agua corriente abajo.

—Bajemos —dijo, abriendo la puerta.

Alexis la siguió sin dudar. Caminaron hasta el borde del puente, donde una barandilla oxidada separaba el asfalto del vacío. Sasha se agachó y examinó el suelo. Allí, casi borradas por el tiempo y la intemperie, había marcas de neumáticos que se desviaban bruscamente hacia la barandilla.

—Aquí fue —murmuró—. Tu coche perdió el control y se estrelló contra esa baranda. Si no hubiera sido por los árboles que hay abajo, habrías caído al río.

Alexis se acercó a la barandilla y la tocó con las yemas de los dedos. El metal estaba frío, oxidado. Cerró los ojos y, por un instante, tuvo una visión fugaz: luces de faros reflejándose en el agua, un volante que giraba violentamente, y la silueta de otro coche, más grande, que se acercaba a toda velocidad.

—No fue un accidente —dijo Alexis, abriendo los ojos de golpe—. Alguien me embistió. Vi las luces de otro coche, justo antes de perder el control.

Sasha se puso de pie, con el corazón latiendo con fuerza.

—¿Estás seguro?

—No sé si estoy seguro —respondió él, con voz temblorosa—. Pero lo sentí, Sasha. Lo sentí como si estuviera ocurriendo ahora mismo. Alguien me empujó hacia el borde.

Sasha miró a su alrededor. El lugar estaba desierto, pero eso no significaba que estuvieran solos. Podía haber alguien observándolos desde la oscuridad. Tomó el teléfono y encendió la linterna, iluminando los alrededores.

—Tenemos que buscar algo —dijo—. Clara dijo que la policía no investigó a fondo. Tal vez alguien dejó alguna pista.

Comenzaron a buscar entre la maleza y los escombros. Sasha inspeccionó los árboles al borde del río, mientras Alexis se agachaba junto a la barandilla. Fue él quien encontró algo: un pequeño objeto de metal que brilló bajo la luz de la linterna.

—Mira esto —dijo, recogiéndolo.

Era una placa, como las que se usan en los coches antiguos, pero pequeña y con un número grabado. Sasha la tomó y la examinó a la luz.

—Es una placa de identificación —dijo—. De un vehículo. Pero no es de un coche normal. Esto es de un coche oficial, de los que usan las empresas de seguridad.

—¿Seguridad? —repitió Alexis, confundido.

Sasha sintió que las piezas comenzaban a encajar. Si alguien había usado un coche de seguridad para embestir a Alexis, eso significaba que el ataque había sido planeado. Y que los responsables tenían recursos y conexiones.




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