La Esposa Olvidada del Magnate Griego

Capítulo 6

Alexis despertó sobresaltado. Por un momento no supo dónde estaba. La luz gris del amanecer se filtraba a través de las cortinas de la cabaña, y el olor a madera húmeda y tierra mojada llenaba el aire. A su lado, Sasha dormía profundamente, su respiración tranquila y rítmica.

Se incorporó con cuidado, sintiendo un peso extraño en la cabeza. No era exactamente un dolor, sino una presión, como si algo estuviera empujando desde dentro de su cráneo. Se llevó las manos a las sienes y frotó con fuerza.

—¿Cuánto tiempo llevo así?, se preguntó. —¿Desde cuándo duele tanto recordar?

Se levantó en silencio y caminó hasta la ventana. Afuera, el bosque se extendía en tonos verdes y marrones, cubierto por una fina capa de niebla. Todo parecía tranquilo. Demasiado tranquilo.

Entonces el dolor llegó.

Fue como una descarga eléctrica que recorrió su cabeza de un lado a otro. Alexis se agarró al marco de la ventana, conteniendo un gemido. Por un instante, su visión se nubló y vio algo que no estaba allí: un pasillo largo, luces fluorescentes, un hombre con traje gris hablando por teléfono. La imagen duró apenas un segundo, pero fue tan vívida que sintió náuseas.

—¿Alexis? —la voz de Sasha sonó a su espalda, somnolienta y preocupada—. ¿Estás bien?

Se volvió lentamente. Sasha estaba sentada en la cama, el cabello revuelto, los ojos aún entrecerrados por el sueño.

—Sí —mintió—. Solo quería ver el día.

Pero Sasha no era tonta. Se levantó y se acercó a él, examinando su rostro.

—Estás pálido —dijo—. ¿Te duele algo?

—No, en serio, estoy bien.

—Alexis.

El tono de ella era firme. No era una pregunta, era una exigencia. Y de alguna manera, esa firmeza le recordó a algo. Alguien. Quizás a sí mismo.

—La cabeza —admitió—. Me duele la cabeza.

Sasha lo llevó hasta el sofá y lo sentó. Fue a la cocina, buscó entre los cajones y volvió con una aspirina y un vaso de agua.

—Toma —dijo—. Esto te ayudará.

Él obedeció, tragando la pastilla con dificultad. El agua fría le hizo bien, pero el dolor persistía, como un eco sordo detrás de sus ojos.

—Es la segunda vez que me pasa —dijo Alexis, con la voz baja—. La primera fue anoche, cuando nos detuvimos en el bosque. Vi algo. O creí verlo.

Sasha se sentó frente a él, en el borde de la mesa de madera.

—¿Qué viste?

—No lo sé. Imágenes. Rápidas. Una oficina, un hombre con un traje gris, un teléfono... —se frotó las sienes—. No tiene sentido.

—Quizás sí lo tiene —dijo Sasha—. Quizás son recuerdos. Fragmentos que vuelven.

—¿Fragmentos? —repitió él, amargo—. No sé ni si son míos.

—Alexis... —ella dudó, buscando las palabras—. Yo estuve investigando. Cuando te encontraron, no tenías documentos, no tenías huellas en el sistema. Como si hubieras borrado tu vida antes de desaparecer.

—¿Y eso qué significa?

—Que tú mismo quisiste desaparecer. Que alguien, quizás tú, hizo todo lo posible para que nadie te encontrara.

El dolor de cabeza se intensificó. Alexis cerró los ojos, y las imágenes volvieron, más nítidas ahora.

Vio un escritorio con papeles esparcidos. Vio su propia mano —¿era su mano?— firmando algo. Un documento. Un acuerdo. Vio el rostro de un hombre mayor, canoso, con una sonrisa que no le llegaba a los ojos.

—El sur siempre gana —murmuró Alexis, sin saber por qué.

—¿Qué? —preguntó Sasha.

Él abrió los ojos, sorprendido por sus propias palabras.

—No sé de dónde salió eso —dijo—. Solo lo escuché. En mi cabeza.

Sasha palideció.

—El sur —repitió—. El consorcio del sur. Clara lo mencionó.

—¿Y si yo estuve involucrado? —preguntó Alexis, con el corazón acelerado—. ¿Y si yo no soy la víctima? ¿Y si fui parte de todo esto?

—No —dijo Sasha, tomándole las manos con fuerza—. No digas eso. La persona que atacaron, la que casi muere.

—Tal vez me lo merecía.

El silencio se hizo pesado. Sasha lo miró con una mezcla de dolor y determinación.

—Escúchame —dijo, con la voz quebrada pero firme—. No sé quién eras antes de que te encontraran. No sé qué hiciste o qué dejaste de hacer. Pero sé quién eres ahora. Eres el hombre que se preocupó por mí cuando yo solo quería huir. Eres el que intenta recordar, aunque le duela. Eres el que me pregunta si estoy bien, incluso cuando no sabes si tú lo estás. Eso no lo borra ningún documento, ningún acuerdo, ningún consorcio.

Alexis la miró, y por un momento, el dolor de cabeza disminuyó. No del todo, pero lo suficiente para que pudiera respirar.

—¿Y si descubrimos algo que no quiero saber? —preguntó.

—Entonces lo enfrentaremos juntos —respondió ella—. Como siempre.

Él asintió, aunque la duda seguía allí, como una espina clavada en su mente.




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