La Esposa Olvidada del Magnate Griego

Capítulo 7

El sol ya estaba alto cuando Sasha apagó el motor frente a la entrada de la mansión. Alexis miró el edificio desde el asiento del copiloto, sintiendo que el dolor de cabeza regresaba con cada latido de su corazón.

Era una construcción imponente, de piedra gris, rodeada por un jardín descuidado. Las enredaderas trepaban por las columnas y las ventanas parecían ojos vacíos mirando hacia la carretera. En su mente, algo se movía, como un recuerdo atrapado en una telaraña.

—¿Esto es mío? —preguntó, con la voz apenas un susurro.

—Tuyo y mío —respondió Sasha, apretándole la mano—. Vivimos aquí los últimos años.

Alexis tragó saliva. No recordaba aquel lugar. Pero su cuerpo sí. Sus dedos se movieron sobre el pomo de la puerta como si hubieran hecho ese gesto mil veces. Sus pies encontraron el camino de entrada sin dudar.

—Vamos —dijo Sasha, saliendo del coche—. Tenemos que darnos prisa.

Él la siguió, sintiendo el peso de cada paso. En la entrada, Sasha introdujo un código en la cerradura electrónica. La puerta se abrió con un clic metálico.

El interior era amplio y elegante, pero tenía un aire abandonado. Polvo flotando en los rayos de luz, muebles cubiertos con sábanas blancas, una escalera de caracol que subía a la planta superior. Y allí, en la pared del vestíbulo, colgaba un gran retrato al óleo.

Era él.

Alexis se quedó paralizado. El hombre del cuadro tenía su rostro, pero su mirada era distinta. Más fría. Más segura. Vestía un traje oscuro y llevaba un reloj de oro en la muñeca.

—Ese cuadro me lo regalaste tú —dijo Sasha, notando su expresión—. Para nuestro primer aniversario. Dijiste que querías que siempre me acordara de ti.

—No me reconozco —respondió Alexis, con la voz temblorosa—. Ese hombre... no soy yo.

—¿Y quién eres, entonces?

Él la miró, y en sus ojos había una pregunta que no se atrevía a formular.

—No lo sé —admitió—. Pero creo que aquí hay respuestas.

Empezaron a recorrer la mansión. Sasha abría puertas y Alexis se detenía frente a objetos, esperando que su memoria reaccionara. En la biblioteca, pasó los dedos por los lomos de los libros. En el comedor, miró los candelabros de plata. En la cocina, abrió el frigorífico y encontró una botella de vino caducada.

—Aquí no hay nada —dijo, frustrado—. Es como si todo hubiera sido limpiado.

—No todo —intervino Sasha, desde el pasillo—. Ven.

Lo llevó hasta una pequeña habitación al final del corredor. Era un despacho. El escritorio estaba vacío, pero Sasha se agachó y levantó una alfombra, revelando una trampilla en el suelo.

—La descubrí hace meses —dijo—. Estaba buscando documentos de tu trabajo. Nunca te pregunté qué había aquí dentro.

Alexis se arrodilló y levantó la trampilla. Bajo ella, una escalera de madera descendía hacia un sótano oscuro y polvoriento.

—Bajo primero yo —dijo Sasha.

—No —respondió él, deteniéndola—. Si alguien puso trampas, es mejor que vaya yo.

Sasha lo miró con sorpresa. Había una firmeza en su voz que no había escuchado antes.

—¿Recuerdas algo? —preguntó.

—No —dijo él—. Pero sé que esto es peligroso. No sé cómo, pero lo sé.

Bajaron juntos, aunque Alexis iba adelante. La escalera crujía bajo su peso. Al final, una bombilla desnuda colgaba del techo. Sasha tiró de la cuerda y una luz tenue iluminó la habitación.

Era un pequeño refugio. Había una cama de campaña, una mesa con documentos, un teléfono antiguo y, contra la pared, un panel de corcho lleno de fotografías y mapas.

Alexis se acercó al panel. Su corazón latía con fuerza.

Las fotos mostraban a hombres y mujeres en trajes formales, reuniones en restaurantes lujosos, autos blindados. En una de ellas, reconoció al hombre del cuadro: él mismo, estrechando la mano de un anciano de cabello blanco.

—Ese es Godoy —dijo Sasha, señalando al anciano—. El líder del consorcio del sur.

—¿Por qué tengo una foto con él?

Sasha no respondió. En su lugar, tomó uno de los documentos sobre la mesa.

—Esto es un registro de transferencias bancarias —dijo, leyendo rápidamente—. Grandes sumas de dinero. Todas a cuentas en el extranjero.

Alexis tomó otro papel. Era un mapa de la ciudad con puntos marcados en rojo. Puertos, almacenes, oficinas. En el margen, una nota escrita a mano: *"Operación Retorno. Todo listo para el 15 de agosto."*

—¿Qué es la Operación Retorno? —preguntó Alexis.

—No lo sé —admitió Sasha—. Pero algo me dice que es la razón por la que te dispararon.

De repente, un ruido llegó desde arriba. Puertas abriéndose. Pasos. Voces.

Sasha y Alexis se miraron, el pánico reflejado en sus ojos.

—Han llegado —susurró ella—. Nos encontraron.

—Apaga la luz —ordenó Alexis.

Sasha obedeció, y la oscuridad los envolvió. Se quedaron inmóviles, conteniendo la respiración. Los pasos resonaban en el piso de madera, acercándose al despacho. Algo se movió sobre la trampilla, y Alexis sintió el peso de una presencia justo encima de ellos.




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