Alexis miraba por la ventana sin ver realmente el paisaje. Sus dedos jugueteaban con los bordes de los documentos que habían rescatado del sótano.
—¿Cuánto falta? —preguntó, con la voz ronca por el cansancio.
—Una hora más —respondió Sasha—. Llegaremos a la estación de San Pedro. Allí nos espera mi amiga.
Alexis asintió sin apartar la mirada de los campos. Algo en aquella imagen le resultaba familiar. Los surcos en la tierra, los árboles alineados junto a la carretera... como si hubiera visto aquel lugar antes.
De repente, una mujer se sentó frente a ellos.
Era alta, de cabello oscuro recogido en un moño perfecto, vestida con un traje sastre impecable. Sus ojos verdes y afilados se fijaron en Alexis con una intensidad que le heló la sangre.
—Hace tiempo que no nos vemos, Alexis —dijo, con una sonrisa fría—. Te noto diferente.
Sasha se tensó al instante. Su mano buscó la de Alexis bajo el asiento.
—Valeria —dijo Sasha, con la voz cortante—. ¿Qué haces aquí?
—¿No me presentas a tu acompañante? —respondió Valeria, ignorando la pregunta—. Oh, espera, ya nos conocemos. ¿Verdad, Alexis?
El dolor de cabeza regresó con violencia. Alexis apretó los dientes mientras imágenes borrosas se arremolinaban en su mente. Un vestido blanco, una iglesia vacía, una mano enguantada firmando un documento.
—No... no te recuerdo —logró decir.
Valeria rió, pero era una risa sin alegría.
—Qué curioso. Tu prometida, y no me recuerdas. —Se inclinó hacia adelante, apoyando los codos en la mesa del vagón—. ¿De verdad no recuerdas nada? ¿Ni siquiera la noche en que planeábamos nuestra boda?
—Valeria, basta —intervino Sasha, levantándose—. No sabes nada de lo que ha pasado.
—¿Ah, no? —Valeria sacó un teléfono del bolsillo y deslizó la pantalla—. ¿Y esto? ¿Tampoco lo sabes?
Sasha miró la pantalla y palideció. Era un video. Alexis reconocía la escena: él mismo, de pie junto a un coche negro, hablando con un hombre de traje gris. La misma imagen que había visto en sus dolores de cabeza.
—Eso fue una semana antes de tu accidente —dijo Valeria, dirigiendo sus palabras a Alexis—. Estabas negociando tu salida del consorcio. Pero no por razones éticas, ¿verdad? No, querido. Lo hiciste porque habías desviado fondos y querías escapar antes de que te descubrieran.
—¡Mientes! —exclamó Sasha.
—¿Miento? —Valeria guardó el teléfono y cruzó las piernas—. Pregúntale a tu novio o esposo, si recuerda la cuenta en Suiza. Pregúntale si recuerda el nombre de su cómplice.
Alexis sintió que el suelo se abría bajo sus pies. Su mirada se encontró con la de Valeria, y por un instante, vio algo en sus ojos que no esperaba: miedo. Miedo de que él recordara.
—Valeria —dijo, con una calma que no sentía—. ¿Por qué estás aquí?
Ella parpadeó, sorprendida por la pregunta directa.
—Quiero ayudarte.
—No —dijo Alexis—. Quieres que no recuerde. Quieres que yo sea el hombre del video, el que desvió fondos, el que huyó. Porque si recuerdo algo más, algo que te incrimina a ti, entonces todo cambia.
El silencio se hizo pesado. Valeria apretó la mandíbula y sus dedos tamborilearon sobre la mesa.
—Eres más listo de lo que aparentas, Alexis —dijo finalmente—. Pero no lo suficiente. Si supieras la verdad, no estarías sentado ahí, con ella, fingiendo que eres la víctima.
—Entonces dímela —respondió él—. Si tanto quieres ayudarme, dímelo todo.
Valeria se levantó. Su rostro había perdido la máscara de serenidad. Ahora era pura furia contenida.
—No es tan sencillo —dijo—. Pero te daré un consejo: deja de investigar. Vete lejos. Olvida quién eres. Es lo mejor que puedes hacer.
—¿O qué? —preguntó Sasha, con los dientes apretados.
—O acabarás como tu hermano.
El rostro de Sasha se descompuso.
—¿Mi hermano? ¿Qué sabes de mi hermano?
Valeria sonrió con crueldad.
—Sé que la última vez que alguien lo vio, estaba investigando el mismo caso que tú. Y sé que desapareció sin dejar rastro.
Sasha dio un paso al frente, pero Alexis la detuvo, tomándola del brazo.
—No —susurró—. No te dejes provocar. Es lo que quiere.
Valeria los observó con desprecio.
—Hagan lo que quieran. Pero recuerden esto: yo fui quien encontró a Alexis aquella noche. Yo llamé a la ambulancia. Yo salvé su vida. —Se ajustó el chaleco y dio media vuelta—. Y puedo ser quien la quite si es necesario.
Caminó hacia la salida del vagón, pero antes de desaparecer, se volvió.
—Una última cosa, Alexis. Esa placa que encontraron... la del coche oficial. —Sonrió—. Investiga a quién pertenece. Te sorprenderá.
Y entonces se fue.
El tren siguió avanzando, pero el aire en el vagón se había vuelto irrespirable. Alexis soltó el brazo de Sasha y se dejó caer en el asiento.