La Esposa Olvidada del Magnate Griego

Capítulo 9

El coche de Lisa era un viejo Volkswagen blanco, con el interior lleno de mapas doblados y carpetas amarillentas que apestaban a naftalina y tiempo olvidado. Mientras la carretera se extendía frente a ellos, Alexis observaba los documentos apilados en el asiento trasero, sintiendo que cada uno contenía un pedazo de su pasado, aunque no pudiera recordarlo. El sol se colaba por las ventanillas sucias, dibujando sombras alargadas sobre los asientos de tela desgastada.

—¿Cuánto falta? —preguntó Alexis, con la voz ronca por el silencio que habían guardado durante los últimos veinte minutos.

—Menos de una hora —respondió Sasha, sin apartar la mirada de la carretera. Sus dedos golpeaban el volante con un ritmo nervioso, como si estuviera contando los segundos que los separaban de algo inevitable.

—No me has dicho quién es Lisa —insistió él, girando el cuerpo para verla mejor—. Solo dijiste que era una amiga de hace años, pero en tu tono hay algo más. Como si fuera una testigo de un crimen que no sé que cometí.

Sasha apretó los labios. El silencio se alargó tanto que Alexis creyó que no iba a responder.

—Lisa fue mi compañera de piso cuando estudiábamos en la universidad. —Hizo una pausa, como si las palabras pesaran más que los kilómetros que recorrían—. También trabajó para el consorcio durante un tiempo. Como secretaria de Godoy. Ella sabe cosas que yo no sé, cosas que tú mismo le contaste antes del accidente.

—¿Cosas como qué?

—Cosas sobre el dinero, sobre las amenazas, sobre por qué tu ex esposa Valeria sigue apareciendo como un fantasma en tu vida. —Sasha negó con la cabeza—. No puedo contarte todo, Alexis. No es mi historia. Pero ella quería verte, y yo creo que es momento de que escuches lo que tenga que decir.

Alexis se reclinó en el asiento, sintiendo que el dolor de cabeza que lo había acompañado durante días se intensificaba. Era un zumbido constante, como una radio mal sintonizada que solo emitía estática y fragmentos de conversaciones que no lograba descifrar.

Llegaron a una casa pequeña al borde de un lago. Era modesta pero acogedora, con un porche de madera y una chimenea de la que salía humo en espirales perezosos. El agua del lago reflejaba el cielo grisáceo, y el viento mecía los juncos con un susurro que parecía un lamento. Tomás, un hombre mayor de barba cana y ojos astutos, los hizo pasar sin preguntar nada, como si los estuviera esperando desde hacía horas.

—Siéntense —dijo, señalando el sofá de felpa descolorida—. Voy a preparar té. No es mucho, pero calienta el alma.

Sasha no se sentó. Caminaba de un lado a otro, nerviosa, con las manos en los bolsillos de su chaqueta de cuero, mientras Alexis se dejaba caer en el sofá con un suspiro. El dolor de cabeza se había convertido en un zumbido constante, como una radio mal sintonizada que emitía voces distorsionadas.

Lisa apareció unos minutos después, con tres tazas humeantes en una bandeja de madera. Era una mujer de cabello gris recogido en un moño bajo, arrugas profundas alrededor de los ojos y una mirada que parecía haber visto demasiado. Se sentó frente a ellos en un sillón de mimbre y los miró con atención. Sus ojos grises parecían pesar cada palabra antes de pronunciarla, como si cada sílaba fuera una moneda que no podía permitirse perder.

—Sasha me contó lo que pasó —dijo, dirigiendo su mirada a Alexis con una intensidad que lo hizo sentirse desnudo—. Pero creo que necesitas saber la historia completa. La que ella no te ha contado. La que tú mismo me confiaste cuando aún confiabas en alguien.

—Lisa —interrumpió Sasha, con un tono de advertencia que cortó el aire como un cuchillo—. No es momento. Todavía no está listo.

—Tiene que saberlo —respondió Lisa con firmeza, sin apartar los ojos de Alexis—. No podemos mentirle. No podemos seguir protegiéndolo de sí mismo. Eso es precisamente lo que ellos quieren: que siga a oscuras, que no sepa quién es realmente, qué hizo y qué le hicieron.

Alexis se inclinó hacia adelante, sintiendo que el corazón le latía con fuerza contra las costillas, como un pájaro atrapado en una jaula. El té humeaba en sus manos, pero no sintió el calor.

—Cuéntamelo —dijo, con la voz firme a pesar del temblor interior—. Todo. Desde el principio. No me importa si es feo, si duele o si me hace odiarme a mí mismo. Necesito saber quién soy.

Lisa respiró hondo y comenzó, con una voz pausada que parecía sacar las palabras de un cofre sellado durante años.

—Hace años, Sasha trabajaba como asistente para usted. Usted era un hombre poderoso, Alexis. Tenía dinero, influencia y una reputación que infundía respeto y miedo a partes iguales. Pero también tenía deudas, no económicas, sino morales. Usted se casó con ella por un contrato, un acuerdo frío y calculado. Usted le pagaba las deudas de su familia: la clínica de su madre, los estudios de su hermano, la hipoteca de la casa de sus abuelos. —Lisa hizo una pausa y tomó un sorbo de té, como si necesitara humedecer la garganta para continuar—. Usted hizo eso, Alexis. Y ahora mi amiga lleva en el vientre sus hijos, y usted fue tan malo con ella al principio que ella lloraba en el baño de la oficina cuando nadie la veía.

—¿Yo? —preguntó Alexis, confundido, sintiendo que las palabras de Lisa golpeaban su pecho como piedras—. ¿Yo fui capaz de eso? ¿De tratarla como un objeto?




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