La Esposa Olvidada del Magnate Griego

Capítulo 10

Alexis se frotó las sienes con las palmas de las manos, como si intentara exprimir los recuerdos de su cráneo. Las imágenes comenzaban a aclararse, como una fotografía que revela sus detalles lentamente bajo el líquido revelador. Vio fragmentos: una boda pequeña en un juzgado, un anillo de plata que no recordaba haber comprado, una sonrisa de Sasha que ahora le parecía familiar y ajena al mismo tiempo.

—No recuerdo nada de eso —susurró, con la voz rota—. Ni la boda, ni el contrato, ni el daño que le hice. Solo siento un vacío en el pecho cuando la miro, como si algo estuviera esperando a ser llenado.

El silencio se hizo pesado, cargado de años no dichos. Alexis miró sus propias manos, como si esperara que los recuerdos brotaran de ellas, que las líneas de sus palmas contaran la historia que su mente había borrado.

—Pero el accidente —dijo finalmente, alzando la vista hacia ellas—. ¿Qué pasó realmente? No la versión oficial, no la que salió en los periódicos. La verdad. La que ustedes dos saben y no se han atrevido a decirme.

Lisa y Sasha intercambiaron una mirada larga y cargada de significado. Fue Sasha quien habló, con la voz tan baja que Alexis tuvo que inclinarse para escucharla.

—La noche que te pasó lo del accidente, habías quedado conmigo. Íbamos a viajar juntos para celebrar lo del bebé. Habías alquilado una cabaña en la montaña, lejos de todo, lejos de Godoy, de Valeria, de los abogados y de las amenazas. Pero antes de irnos, me dijiste que tenías pruebas contra el consorcio. Documentos que demostraban que el dinero desviado iba a cuentas de Godoy y sus socios. Dijiste que estabas a punto de entregárselo a la fiscalía. Pero alguien te traicionó. Y ha ocurrido todo esto, Alexis. El accidente no fue casualidad. Te buscaron, te embistieron y te dejaron por muerto en la cuneta.

—¿Valeria? —preguntó Alexis, con el nombre saliendo de sus labios como un veneno.

—No lo sé —admitió Sasha, con lágrimas asomando a sus ojos—. Pero ella apareció justo después de que te encontraran. Fue quien llamó a la ambulancia, quien se aseguró de que llegaras al hospital. Luego desapareció. No volvimos a verla hasta hace unas semanas, cuando empezó a rondar tu oficina y a dejarte mensajes en el contestador. Como si supiera que habías despertado. Como si estuviera esperando el momento exacto para reaparecer.

—¿Y por qué no me lo dijiste antes? —preguntó Alexis, con la voz temblorosa de ira contenida—. ¿Por qué me dejaste creer que era un accidente de tráfico, algo estúpido, algo que podría haberle pasado a cualquiera?

—Porque no sabía cómo decírtelo —respondió Sasha, secándose las lágrimas con el dorso de la mano—. Porque cuando despertaste y no recordabas nada, pensé que era lo mejor. Que si no recordabas, no tendrías que cargar con el miedo, con la culpa, con la paranoia. Pero ellos no se detuvieron, Alexis. Siguieron presionando, siguieron amenazando, y ahora estamos aquí, en casa de Lisa, porque ya no sé a quién más recurrir.

Lisa asintió lentamente, con la mirada fija en Alexis.

—Ella te protegió como pudo —dijo—. Pero la protección tiene un precio, y el precio es la verdad. Ahora que sabes esto, tienes que decidir si quieres seguir huyendo o si quieres enfrentarte a ellos. Pero si eliges enfrentarlos, tienes que saber que no estarás solo. Sasha está contigo. Y yo, aunque no soy más que una vieja amiga, también lo estaré.

Alexis miró a Sasha, y por primera vez desde que despertó en el hospital, sintió que algo encajaba. La forma en que ella lo miraba, con esos ojos cansados pero llenos de una luz inquebrantable, era la misma con que lo miraba ahora. Pero también había miedo en su mirada, un miedo que no era solo por él, sino por el niño que crecía en su vientre.

—Y el accidente —insistió él, con la voz firme ahora—. ¿Cómo ocurrió realmente? ¿Quién estaba detrás del volante? ¿Quién me dejó tirado en la carretera como un perro?

—No lo sabemos —respondió Sasha, con un suspiro que parecía pesar más que todas las palabras que habían dicho—. Pero cuando te encontraron, tenías la placa que viste en el bolsillo. Esa placa metálica con el número grabado, como si te la hubieran dejado a propósito. Como advertencia. Como un mensaje de que sabían quién eras y de que no iban a detenerse hasta terminar el trabajo.

Alexis cerró los ojos y sintió el frío de la placa en su memoria, el peso del metal contra su pecho, el eco de una voz que no recordaba pero que sabía que había escuchado antes.

—Entonces no fue un accidente —dijo, abriendo los ojos con una determinación nueva—. Fue un intento de asesinato. Y yo, sin saberlo, he estado caminando entre ellos todo este tiempo.

—Sí —confirmó Lisa, con la voz grave—. Y ahora que lo sabes, la pregunta es: ¿qué vas a hacer con esa verdad?




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