Verónica
Deslicé las manos por mi vestido, alisando cualquier arruga que pudiera haber quedado en la tela, aunque, como era de esperarse, todo lucía perfecto. Me miré una última vez en el espejo, comprobé que no hubiera ni un solo cabello fuera de lugar y acomodé ligeramente mi peinado antes de sonreír satisfecha. Después me di la vuelta y salí de la habitación, bajando las escaleras con cuidado de no estropear los tacones que había elegido para la ocasión.
Hoy mi esposo regresaba de un viaje de negocios y estaba tan emocionada por tenerlo de vuelta que llevaba toda la tarde preparando su recibimiento.
Lo había extrañado muchísimo y quería que encontrara todo tal como le gustaba, aunque, de cierta manera, aquello no terminaba siendo una sorpresa. Antoni conocía perfectamente mis costumbres y sabía que siempre lo recibía de aquella manera.
Mi esposo, Antoni Strorne, era uno de los empresarios más importantes del país, aunque, si le preguntaban, seguramente diría que también del mundo entero. Tenía una opinión bastante elevada de sí mismo y no se molestaba en ocultarlo. Era un hombre acostumbrado a conseguir lo que quería, a tomar decisiones y a esperar que los demás las respetaran.
Puede que mi marido tuviera un ego enorme, pero no podía culparlo por completo. Le gustaba que las cosas salieran perfectas, desde sus empresas hasta nuestro hogar y todo aquello que lo rodeaba. Yo procuraba que nuestra casa fuera un lugar al que siempre quisiera regresar, un espacio donde pudiera olvidarse de sus responsabilidades y disfrutar de la familia que habíamos construido.
Escuché el sonido de la puerta principal y enseguida levanté la cabeza. Su figura imponente apareció en la entrada, todavía con el abrigo puesto y el maletín en una mano. Una sonrisa se dibujó en mis labios mientras sentía esa emoción que siempre me provocaba verlo después de varios días separados.
—Hola, cariño.
Me acerqué para recibirlo con un beso suave en los labios, disfrutando de su cercanía antes de apartarme ligeramente.
—Querida —respondió con una sonrisa.
Me encargué de quitarle el abrigo y colgarlo en el ropero, después tomé el maletín de sus manos para dejarlo a un lado. Antoni caminó hacia la sala con la tranquilidad de quien estaba acostumbrado a encontrar todo dispuesto a su gusto y se dejó caer en uno de los muebles, extendiendo los brazos sobre el respaldo mientras aflojaba ligeramente el cuello de su camisa.
—¿Los niños? —preguntó, recorriendo la habitación con la mirada.
—Están con tus padres. Fueron al cine y después seguramente querrán quedarse un rato con ellos.
Asintió mientras yo caminaba hacia el minibar. El sonido de mis tacones acompañó mis pasos hasta que llegué a las botellas y tomé su whisky favorito. Serví una cantidad moderada en un vaso de cristal y regresé a su lado para entregárselo.
—Gracias, querida.
—¿Cómo estuvo el viaje? —pregunté mientras me acomodaba cerca de él.
Antoni llevó el vaso a sus labios y bebió un sorbo antes de dejarlo sobre la mesa. Su mirada recorrió mi figura detenidamente, haciendo que mis mejillas se calentaran un poco.
—Eso quiere decir que tenemos unas horas a solas —comentó, tomando mi mano para acercarme—. Y pienso aprovecharlas con mi amada esposa.
No pude evitar sonreír ante sus palabras. Me gustaba sentir que todavía podía despertar ese interés en él, que después de tantos años de matrimonio seguía encontrándome atractiva. Antoni se puso de pie sin soltarme y me condujo hacia las escaleras, apresurando el paso como si no quisiera perder ni un minuto de nuestro tiempo juntos.
Una vez en nuestra habitación, me rodeó con sus brazos y comenzó a besarme. Sus manos recorrieron mi cintura y mi espalda mientras yo correspondía a sus caricias, dejando que la cercanía entre ambos ocupara toda mi atención. No tardamos en deshacernos de la ropa y terminar sobre la cama, donde sus ojos recorrieron mi cuerpo con una intensidad que consiguió hacerme sonrojar.
—Eres jodidamente perfecta —murmuró, inclinándose para besarme de nuevo.
—Tú también lo eres —respondí, acariciando su rostro.
—Claro que lo soy.
Sonrió con esa arrogancia tan característica suya antes de acomodarse sobre mí. Solté una pequeña risa y cerré los ojos cuando sus labios volvieron a buscar los míos, aferrándome a sus antebrazos mientras nos dejábamos llevar por el deseo que habíamos estado acumulando durante su ausencia.
—Antoni... —susurré entre besos, sintiendo cómo aumentaba la intensidad de sus caricias.
Él respondió con un beso más profundo y yo me aferré a sus hombros, perdiéndome en aquel momento hasta que ambos alcanzamos el clímax. Durante unos instantes permanecimos abrazados, recuperando el aliento y disfrutando de la tranquilidad que siguió a nuestra intimidad.
Mi esposo fue el primero en levantarse. Se incorporó de la cama y caminó desnudo hacia el baño, sin preocuparse por cubrirse, mientras yo me acomodaba entre las sábanas. Poco después escuché el sonido de la ducha y aproveché para descansar unos minutos antes de darme un baño.
Cuando el agua dejó de correr, Antoni salió del baño y tomó una toalla. Yo me levanté enseguida, recogí una sábana para cubrirme y corrí hacia el cuarto de baño, donde me duché rápidamente. Me gustaba mantener todo en orden y no dejar que el cansancio se apoderara de mí, especialmente cuando todavía tenía cosas pendientes por hacer.
Al salir, descubrí que mi esposo ya no estaba en la habitación. Me puse un vestido más cómodo, arreglé un poco mi cabello y bajé las escaleras para buscarlo. Lo encontré en la sala, sentado en el mismo lugar de antes, terminando su bebida mientras mantenía los ojos fijos en la pantalla de su teléfono.
Me acerqué para darle un beso en la mejilla antes de dirigirme a la cocina.