Capítulo 1
La dueña que sirve las bebidas
Diana Scott lleva veintitrés minutos contando canapés para no pensar en lo que de verdad le preocupa.
Hay cuarenta y dos en la bandeja de plata. Cuarenta y uno desde que un hombre de cuello almidonado se llevó el de salmón. Cuarenta desde que una mujer con perlas del tamaño de una nuez dejó una servilleta usada en el hueco del de camarón, sin mirarla, como quien deja una propina.
—Mesera, más champaña en la terraza —dice alguien a su espalda.
Diana no se da por aludida. Es la dueña de la mansión donde está parada. Pero la bandeja la sostiene ella, y en esta fiesta eso parece pesar más que el apellido.
—¿Mesera? —insiste la voz.
Se gira con su mejor sonrisa.
—Enseguida. Aunque el champaña está justo donde usted lo pidió, en la terraza.
El hombre parpadea, confundido por una respuesta que no es un "sí, señor", toma un canapé y se marcha. Treinta y nueve.
Desde el salón llega la risa de Carmen, ligera y cara, como un perfume que se derrama Carmen luce un vestido rojo que Diana reconoce porque lo pagó ella, aunque nadie, empezando por Carmen, parece recordarlo, la reunión de esta noche iba a ser "algo pequeño, entre amigas". Ahora son sesenta personas.
A las siete de la noche, cuando el servicio resultó insuficiente, Carmen apareció en el estudio de Diana con las manos entrelazadas y esa voz que usa para pedir favores que no son favores.
—Cielo, ¿me ayudas un ratito? Tú conoces la casa mejor que nadie.
Diana había dicho que sí. Siempre dice que sí. Es su talento más antiguo y, según su madre, su único defecto grave, ahora se abre paso entre trajes de lino y vestidos de diseñador hasta la mesa de los aperitivos, donde Carmen está rodeada de amigas, y gesticula con la copa en alto.
—Y esta es mi cocina —dice, señalando con la barbilla la puerta de servicio—. La remodelé el año pasado. Hay que tener buen ojo para el mármol.
Diana se detiene con la bandeja a medio camino. La cocina la remodeló su padre hace diez años, y el mármol lo eligió su madre.
—¿Es tu casa, Carmen? —pregunta una de las amigas.
—Prácticamente —contesta ella, y su mirada se desliza hacia Diana con una dulzura de almíbar—. Ay, aquí está Diana. Chicas, ella es Diana. Es como de la familia.
—¿Es tu prima? —pregunta otra.
—Algo así. Es muy servicial.
Diana sonríe. Es una sonrisa muy educada, de las que se ensayan frente a un espejo en la adolescencia. Debajo de la sonrisa se está formulando una frase, y la frase es:
Soy la dueña de esta casa.
Pero la frase tarda como siempre un segundo más de lo necesario en abrirse paso hasta la boca. Para entonces ya hay otra conversación.
Una de las amigas rubia y de uñas larguísimas, se inclina hacia otra y habla en ese murmullo que pretende ser discreto y llega hasta la cocina.
—Qué buena asistente de servicio tiene Carmen. ¿De qué agencia es?
—No sé, pero yo me llevaría a una así. Mira cómo sonríe. Parece que no se cansa nunca.
Diana, a tres pasos, ofrece la bandeja con una sonrisa todavía más amplia, la rubia agarra un canapé sin mirarla. Treinta y ocho.
Lo peor no es que no la reconozcan, lo peor es que ella misma, en ese instante, duda de qué responder.
—Pruebe este —dice un hombre, tendiéndole algo desde su propio plato—. Es de la casa, dígame si está bien de sal.
Diana lo toma por cortesía y se lo mete en la boca, pasan tres segundos de normalidad.
Después, el mundo se vuelve rojo.
—¿Está… —tose—, está picante?
—Habanero —dice el hombre, divertido.
A Diana se le llenan los ojos de lágrimas. Le arde la lengua, el paladar, y una región de la garganta que ignoraba tener. El grupo estalla en carcajadas.
—Ay, pobrecita —dice Carmen, dándole palmaditas en el hombro—. Es tan sensible, llora hasta con la salsa de tomate.
Diana se disculpa con una mano en la boca y huye hacia la cocina, con la bandeja y lo que le queda de dignidad, la cocina huele a mantequilla y a cansancio.
Ana, la empleada que lleva trabajando en la casa desde que Diana tenía dieciséis años, está de pie junto al fregadero. Le tiende un vaso de leche fría sin preguntar nada, que es exactamente lo que Diana necesita.
—Gracias —susurra ella, bebiendo con ansia.
—No debería dejar que la traten así, señorita.
Lo dice bajito, mirando el grifo, no a Diana. Es una de esas frases que se sueltan como quien deja una moneda en un charco para ver si alguien la recoge.
—Es solo una fiesta Ana. Carmen está contenta.
—Sí —dice Ana—. Eso se nota.
Tiene una expresión extraña, mezcla de pena y de prudencia, y durante un instante parece a punto de decir algo más. Después alguien llama desde el comedor, y Ana se seca las manos en el delantal y sale.
Diana se queda sola con su lengua en llamas y la sensación de haber perdido una conversación sin saber de qué trataba.
Sus uñas, bajo la luz de la cocina, conservan un resto de azul cobalto de la última vez que pintó, hace ya semanas. Sebastián dice que la pintura es un pasatiempo precioso y caro, y que los pasatiempos están bien cuando la vida está resuelta. Y la vida, por ahora, la resuelve él, se mira los dedos un segundo más de lo debido y luego los cierra en un puño.
La biblioteca de su padre es el único rincón de la casa que no ha cambiado de olor. Huele a cuero, a papel y a tabaco viejo. Diana cierra la puerta, apoya la espalda contra la madera y respira.
El teléfono vibra en su bolsillo.
Gustavo Ferrer — Gerencia General.
Frunce el ceño. Ferrer nunca llama a las diez de la noche. Ferrer, en seis años, nunca ha llamado.
—¿Gustavo? ¿Todo bien?
—Señorita Diana, disculpe la hora. —Su voz suena como si hablara desde el fondo de un pozo—. Quería avisarle personalmente antes de que se enterara por otros medios, tenemos un problema con la nómina del viernes.