La esposa que el Ceo no devolvió

El hombre de la torre

Capítulo 2

El hombre de la torre

La torre Montenegro tiene cincuenta y dos pisos y un solo hombre en el último. Iván Montenegro está de pie junto al ventanal, con las manos a la espalda. Abajo, Puerto Alcázar se extiende como un tablero, los muelles, los barcos de pesca, las grúas, y el brillo del agua.

Desde allí arriba todo parece un negocio.

Salvo una cosa. Pero esa no está a la vista.

—Señor, el señor Paz está en recepción —anuncia la señorita Ortega desde la puerta—. ¿Lo hago pasar?

—Hágalo esperar siete minutos.

—¿Por qué siete, señor?

—Seis parece apuro. Y ocho parece desprecio.

Ortega, que lleva tres años con él, desde el día en que se sentó en ese despacho, no pregunta más. Anota el número en su tableta.

—¿Algo más antes de que entre?

—Que nadie le ofrezca café.

—¿Por alguna razón?

—Si le ofrecen café, se sentirá bienvenido. Quiero que se sienta afortunado. Es distinto.

Ortega asiente con la cara de quien ha aprendido a no buscarle explicación a las frases de su jefe y a archivarlas por si acaso.

Se retira.

Iván se ajusta los lentes con el dedo medio. Son de montura fina, con una cadena plateada que le cae a ambos lados del rostro. Es un gesto automático, casi un tic cada vez que se concentra, los lentes se tocan. Quienes lo conocen poco creen que es elegancia. Quienes lo conocen más saben que es el único momento en que está nervioso.

Hoy los toca cuatro veces antes de que termine el primer minuto.

La pantalla de su escritorio se enciende con una videollamada. Aparece un hombre de sonrisa ancha, camisa arremangada y un fondo de oficina caótica a medio mudar.

—¿Hoy es el gran día? —dice Oliver Black, sin saludo.

—Hoy es una reunión.

—Hoy es el gran día —repite Oliver, encantado—. Tienes la cara que pones cuando algo importa. La de dentista.

—No tengo cara de dentista.

—Tienes cara de que te van a hacer una endodoncia a ti y a la otra persona. ¿Es nervioso o estás ocupado? Porque cuando estás ocupado, no hay quien te saque una sonrisa. Y cuando estás nervioso, tampoco. Pero es otra forma de no sonreír.

—¿Llamabas por algo?

—Por saber si sobrevivirás. Y por recordarte que mañana cierro la ronda de inversión en el extranjero y necesito que contestes tus mensajes.

—Contesto.

—Cuando quieres. Eso no es contestar, Iván, es hacer una donación.

Iván no responde. Oliver ladea la cabeza, y su sonrisa, por un segundo, se hace más suave.

—¿Seguro que es hoy cuando empieza lo tuyo?

—Lo mío empezó hace mucho.

—Qué frase tan poco tranquilizadora. —Oliver levanta una mano—. Suerte con tu instrumento.

—No es mi instrumento. Es una pieza.

—Qué cálido eres, de verdad.

La pantalla se apaga. Iván mira el reloj. Seis minutos.

El teléfono vibra antes de que pueda guardarlo. En la pantalla aparece una foto de una mujer rubia riéndose con un sombrero enorme de playa. Es el único contacto al que ha puesto fotografía, y no por voluntad propia.

—Madre.

—¡Mi niño! —La voz de Ivanna Montenegro llena el despacho como si hubiera entrado con una orquesta—. ¿Estás comiendo? ¿Dormiste? Tienes voz de que no dormiste.

—Tengo la voz que tengo.

—Es la voz de un hombre que come mal. ¿Sabes quién me preguntó por ti ayer? La señora Valdivia, la de las orquídeas. Dice que sus dos hijas están solteras y que son encantadoras, y que una toca el arpa.

—No quiero un arpa.

—No es el arpa, Iván, es la persona. El arpa es un detalle.

—Madre, tengo una reunión en cinco minutos.

—Siempre tienes una reunión en cinco minutos. Y siempre me dices lo mismo, y mira dónde estás, veinticuatro años, una torre de cincuenta y dos pisos y ninguna esposa que te riña por no comer. —Una pausa breve, que en ella equivale a tomar aire—. Tu tío David dice que ya va siendo hora de que sientes cabeza. Dice que un hombre solo en una empresa tan grande es un riesgo. Dice que la junta lo comenta.

La mano de Iván se detiene sobre el escritorio.

—¿Eso dice mi tío?

—Con mucho cariño, ya sabes cómo es. Todo con cariño.

—Sé exactamente cómo es.

—No uses ese tono. Solo quiero verte feliz mi vida. Y si no quieres a la del arpa, hay otras.

Tengo una lista.

—¿Tienes una lista?

—Tengo tres listas. Una por apellido, una por fortuna y una por sonrisa.

Iván cierra los ojos un instante.

—Madre —dice—. Dame un mes.

—¿Un mes para qué?

—Para que no tengas que usar ninguna de las listas.

Hay un silencio tan largo que Iván comprueba si se ha cortado la llamada. Después, la voz de su madre sube dos octavas.

—¡Iván Montenegro! ¿Estás saliendo con alguien? ¿Quién es? ¿Cómo se llama? ¿Es de buena familia? ¿Toca algún instrumento?

—Tengo una reunión.

—¡Dime al menos si come!

—Como todas las personas.

—¡Eso no es una respuesta!

—Es una respuesta exacta. Adiós, madre.

Cuelga con una delicadeza casi culpable. Se queda un momento mirando el teléfono. No le ha mentido, en un mes su madre no necesitará ninguna lista.

Ni que lo de su tío David le ha angustiado más de lo que ha dejado ver.

"Un hombre solo en una empresa tan grande es un riesgo".

Tiene gracia, lo dice quien lleva años esperando que ese hombre solo cometa un error. Iván se ajusta los lentes una vez más y anota mentalmente la frase, junto a las otras que guarda de su tío, en el cajón donde nada se olvida.

Se sienta, abre una carpeta que no necesita y repasa por última vez lo que sabe de Sebastián Paz, que es todo. Hijo de una costurera y un chofer. Becado en una secundaria de ricos. Brillante a los diecisiete, mediocre a los veinte. Un chico al que humillaron tanto que decidió que la humillación era un idioma y que él también podía hablarlo.

Casi le da pena. Casi.

Después cierra la carpeta y espera el séptimo minuto.




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