Capítulo 3
La cena en el hotel
Diana se prueba el tercer vestido y decide que ninguno es ella.
El primero la hace parecer una novia de museo. El segundo una viuda elegante. Y el tercero, verde esmeralda, es el único que no la asusta, pero tiene un escote que su madre llamaría "ambicioso".
Se mira en el espejo del vestidor con los brazos cruzados.
—Está preciosa, señorita —dice Ana desde la puerta, con la cremallera de otro vestido colgada del brazo.
—Parezco una mesa de postres.
—Una mesa de postres muy bien puesta.
Diana se ríe y la risa le afloja los hombros, Ana se acerca y le sube la cremallera del verde con dedos rápidos y seguros. Por un instante, sus manos se quedan quietas sobre la espalda de Diana.
—Que le vaya bien esta noche —dice.
—¿Por qué suena a despedida?
—Es el cansancio. —Ana retira las manos—. Esta casa cansa a cualquiera.
Luego se va con la prisa de quien ha hablado de más. Diana se queda mirando su reflejo y tocándose el cuello desnudo. Piensa que esta noche si todo sale bien, no tendrá que volver a contar canapés para olvidar que su familia se hunde. También piensa también que está nerviosa por una razón que no es la nómina, pero no sabe cuál es.
Desde la puerta del vestidor a medio pasillo, Ana se detiene con la mano en la pared. Ha oído algo esta tarde, tras la puerta del estudio, entre la señorita Carmen y el señor Sebastián. Una palabra que no entendió, sorpresa, se ha dicho tres veces que no es asunto suyo, y se lo vuelve a decir ahora, ahora ya son cuatro, y el número no la tranquiliza.
—No me mires así —dice Carmen en el asiento trasero del coche, alisándose el vestido plateado—. No voy a hablar de negocios. Solo voy a comer.
—Montenegro pidió a la persona más importante de la vida de Sebastián —señala Diana.
—Y yo soy tu persona más importante después de él. —Carmen le aprieta la mano con una calidez que parece auténtica—. Además, no quiero quedarme sola en esa casa me da pena, lú entiendes ¿Verdad?
Diana entiende, es lo que mejor sabe hacer.
Sebastián que va al volante no dice nada. Se pasa la lengua por los labios cada tres semáforos y mira el reloj dos veces por calle.
Diana lo atribuye a los nervios.
—Tranquilo —le dice, rozándole el brazo—. Sonrío, me veo guapa y digo que adoro el mar.
—Eso —responde él, sin apartar los ojos de la carretera—. Justo eso.
—Y si me preguntan por el mar, ¿qué digo?
—Que lo adoras.
—Pero ¿por qué lo adoro?
—Porque es azul.
—Muy profundo.
—Es lo que quieren oír.
Diana suelta una risita nerviosa y por el espejo retrovisor cree ver que Carmen le sostiene la mirada a Sebastián un segundo de más pero en ese momento el coche gira, la luz cambia y la imagen se pierde.
El hotel Imperial es lo bastante antiguo para ser elegante y lo bastante caro para no pedir disculpas por ello. Tiene un vestíbulo con una escalera de mármol, lámparas de cristal que tintinean con el aire acondicionado y un restaurante en la planta baja donde las mesas están tan separadas que parecen islas.
La del fondo junto a la cristalera es la suya, tiene una lámpara de más y un mantel color marfil oscuro, nada blanco. Diana no repara en ello.
Su ojo de pintora sí, pensará más tarde que era el mantel perfecto para un vestido verde.
Hay un hombre sentado allí.
Diana lo ve antes de que él los vea a ellos, está de espaldas parcialmente, vestido de oscuro, con una postura de quien nunca ha tenido que pedir que le hagan sitio. Cuando se levanta, lo hace sin prisa y la altura la sorprende, es más alto de lo que sugerían las fotografías de las revistas que vio una vez en la peluquería.
Se gira.
Tiene el pelo negro, la piel clara, los rasgos finos y asiáticos de la rama de su padre y una montura fina de lentes con una cadenita plateada que le cae a ambos lados del rostro.
Es el tipo de hombre al que no se le calcula la edad a primera vista, parece mayor de lo que es y más joven de lo que debería, tiene los ojos de un negro profundo, de esos en los que no se ve el fondo, fijos en ella.
No en Sebastián. No en Carmen. Solo en ella.
—Señor Montenegro —dice Sebastián, adelantándose con la mano extendida—. Es un placer volver a verlo, le presento a mi prometida Diana Scott. Y a Carmen, una amiga de la familia.
—Señorita Scott —dice Iván.
Su voz es baja y serena, y a Diana le recorre algo por la nuca que decide ignorar.
—Encantada. Espero que el viaje no haya sido pesado.
—Trabajo en el piso cincuenta y dos del edificio de enfrente, solo crucé una calle.
Luego hay un silencio.
Diana siente que sonríe, y que la sonrisa se le escapa de las manos.
—Entonces fue un viaje ligero.
—Mucho—Una pausa mínima—. Dudo que haya sido tan cansado como su semana.
—¿Mi semana?
—Una nómina, una fiesta de sesenta personas y una bandeja de canapés. Debe de haber sido agotador.
Diana abre la boca, la cierra y mira a Sebastián.
—¿Se lo contaste tú?
—Yo… sí, comenté que andábamos ajetreados. —Sebastián ríe, con la risa de un hombre que no recuerda haberlo mencionado.
Iván los invita a sentarse con un gesto, Carmen lo hace con una sonrisa de estrella, y Diana se fija en que él no le dedica a Carmen ni una milésima de la atención que le dedica a ella. No es cortesía ni coqueteo, es otra cosa, y se siente más peligrosa, como un hombre que se obliga a no mirar el sol.
La conversación es agradable, hasta ridícula de lo agradable, Sebastián habla de márgenes, Iván formula preguntas cortas y exactas que dejan a Sebastián tragando saliva. El mesero reparte las cartas, y Diana lee la suya con la desconfianza de quien ha aprendido a la fuerza que la palabra "un toque" en un menú puede significar cualquier cosa.
—Le recomiendo el pescado —dice Iván sin levantar la vista de la suya—. No lleva ningún picante.