La esposa que el Ceo no devolvió

La habitación 1208

Capítulo 4

La habitación 1208

La primera sensación es de movimiento, Diana no sabe si camina o la llevan. Hay un brazo bajo el suyo, otro alrededor de su cintura, y el suelo se inclina a ratos como si fuera la cubierta de un barco. Las lámparas del pasillo pasan una a una sobre su cabeza, cada una más borrosa que la anterior.

—Un poco más —dice la voz de Carmen—. Ya casi.

—Quiero ir a casa —murmura Diana. Le cuesta moverse la lengua.

—Y vamos a ir, cielo. Solo necesitas descansar un rato.

—Sebastián…

—Aquí estoy, amor.

Lo oye respirar a su lado, rápido y poco profundo. Siente la mano de él en su brazo, apretando y entiende de manera difusa que no la sostiene, la sujeta.

El ascensor huele a perfume caro y a metal, hay un espejo y Diana ve en él tres figuras, una de ellas inclinada, con el pelo suelto y la mirada perdida, y tarda varios segundos en reconocerse. Es curioso lo que hace la mente cuando se apaga, se pone a ordenar, piensa que el vestido verde le queda bien, piensa que debería haber pedido el postre, piensa que las mujeres de los espejos de los ascensores nunca tienen buena cara.

Ding.

El pasillo del duodécimo piso está en silencio. Una alfombra beige amortigua los pasos. Se detienen frente a una puerta con unos números dorados.

1208.

Sebastián saca una tarjeta del bolsillo y la desliza por la cerradura luego se escucha un clic y se ve una luz verde.

La habitación es enorme, de una sobriedad cara, un salón con ventanales hacia el puerto, una cama grande a la derecha, una lámpara de pie encendida en una esquina. Todo está ordenado como si nadie hubiera vivido jamás allí.

Sebastián tumba a Diana sobre la cama con más cuidado del que ella esperaría. Le coloca un cojín bajo la cabeza. Durante un segundo le acomoda un mechón detrás de la oreja, es un gesto que ha hecho mil veces.

—Descansa, Diana —dice, y su voz se quiebra en la última sílaba—. Solo un rato. Solo un rato.

Ella intenta hablar pero de su boca solo sale un sonido ahogado, los ojos se le cierran a medias y los reabre. La luz del techo se multiplica, ve la figura de Sebastián alejarse hacia la puerta y siente, con una claridad desconcertante, un único pensamiento limpio entre la niebla, no te vayas.

—Vamos —dice Carmen desde la puerta.

—Un segundo.

—Sebastián, ya está hecho.

—Se va a asustar cuando despierte y no esté nadie.

—Ya no está sola. —Carmen cruza los brazos—. Él viene en camino.

—¿Y si le hace algo?

—Entonces tendrás tu contrato y el consuelo de que fue rápido —dice ella con el tono de quien comenta un menú—. Con un poco de suerte, la mata sin dolor.

Sebastián se vuelve hacia ella, pálido.

—¡Carmen!

—Cállate y camina.

Lo agarra del brazo y tira de él hacia el pasillo, el mira atrás una vez más, a la cama, al bulto de seda verde sobre el edredón blanco. Sus labios se mueven sin voz. Quizá sea una disculpa, o quizá sea un número.

La puerta se cierra con un golpe suave.

En el pasillo, Ortega los espera junto al ascensor con un sobre de papel marfil.

—El señor Montenegro agradece su colaboración —dice con una inclinación de cabeza—. Aquí está el contrato. Solo falta su firma.

Sebastián lo abre con dedos torpes, cuarenta y siete páginas, membrete dorado, cláusulas, anexos. Los números son tan buenos que le tiemblan las manos. Capital fresco. Años de margen. La salvación.

Carmen le ofrece su pluma. Él firma sobre la espalda de ella, con prisa, antes de arrepentirse. Después le entrega los papeles a Ortega, que los guarda con una amabilidad pero sin expresión.

—Que tengan buena noche —dice.

—¿Y ahora? —pregunta Carmen, con la voz muy ligera—. ¿Esperamos?

—El señor Montenegro no pidió que esperaran —responde Ortega—. Pidió que se fueran.

Las puertas del ascensor se cierran sobre los dos y sobre las cámaras que están en la esquina del techo y registranron los hechos desde el primer momento.

En el vestíbulo, Carmen camina tan deprisa que los tacones suenan como una ráfaga. Sebastián la sigue con la cara de quien acaba de aprobar un examen que no quería haber presentado.

—Tengo que volver —dice, parándose en seco junto a la fuente de mármol.

—No tienes que volver.

—Le dejé el bolso y el teléfono, si despierta y no encuentra…

—Sebastián. —Carmen se vuelve y lo toma de las solapas con las dos manos—. Mírame. Hiciste lo correcto. Firmaste el contrato de tu vida. ¿Sabes cuánta gente mataría por estar en tu lugar esta noche?

—Diana no es un lugar.

—Diana es una escalera. Y tú llevas seis años subiéndola. —Le alisa la chaqueta con un gesto casi maternal—. Respira. Esto se arregla mañana con un ramo de flores y una cara bonita. Siempre te perdona.

—¿Y si esta vez no?

—Siempre te perdona —repite Carmen—. Es lo que mejor sabe hacer.

Sebastián abre la boca para contestar y no encuentra nada. Afuera el valet les trae el coche deportivo rojo. Carmen se sube de primera sin esperar. Sebastián se queda un segundo mirando la puerta giratoria del hotel, como quien se despide de algo que cree que podrá recuperar.

Su teléfono vibra. Es un mensaje del banco, operación pendiente de verificación. Lo desliza con el dedo sin leerlo, porque lleva meses recibiendo ese tipo de mensajes y los ha aprendido a ignorar.

—¿Vienes? —pregunta Carmen, desde la ventanilla.

Sebastián sube. En la radio suena una canción alegre y ninguno de los dos la apaga, no saben que acaban de salir de cuadro. Y que las mismas cámaras que los vieron entrar los han seguido hasta la puerta, que en este mismo instante, en la suite contigua, un hombre al que ninguno de los dos ha comprendido todavía descruza los brazos y cuenta, uno por uno, los pasos que lo separan de una puerta.

Carmen, por su parte, ya está pensando en qué comprará con el primer cheque del contrato. Hay un bolso que vio en el escaparate de una boutique de la calle Mayor, es de cocodrilo, cuesta lo que cuesta un coche pequeño y a su juicio, le favorece el tono de piel. Lo anota mentalmente, con alegría, y se mira las uñas al pasar por el semáforo.




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