Capítulo 5
Lo que dice la tableta
Lo primero que Diana siente es el sabor a metal en la boca.
Lo segundo es la luz. Demasiada, y por todas partes, sobre los párpados, en las paredes, en los cristales que le devuelven su reflejo. Es como despertar dentro de una bombilla.
Abre los ojos despacio. El techo es blanco, con un marco de molduras que no reconoce. Hay una sábana de lino. Hay una manta color crema. Y hay un tubito transparente que sale del dorso de su mano y sube hasta una bolsa colgada de un soporte.
Intenta incorporarse pero el cuarto da una vuelta completa y regresa a su sitio con retraso.
—No se levante todavía.
La voz viene de su derecha es baja y tranquila. Diana gira la cabeza con una lentitud que parece pertenecer a otra persona.
En un sillón junto a la cama, con las piernas cruzadas y las manos sobre los reposabrazos, hay un hombre con lentes de cadenita. Lleva la chaqueta doblada sobre el respaldo y la camisa blanca con las mangas dobladas hasta el antebrazo. Tiene los ojos hundidos de quien no ha dormido.
Diana lo mira durante unos segundos.
—Señor Montenegro —dice, y la voz le sale como papel de lija.
—Señorita Scott.
—¿Por qué hay tantas luces encendidas?
—No me gusta la oscuridad.
Es una respuesta tan sencilla, tan sin adornos, que Diana tarda un instante en notar que hay algo raro en ella. Pero no le queda energía para investigarlo.
—A mí tampoco —murmura.
—Lo sé.
Ella frunce el ceño. Él se ajusta los lentes.
—Lo dijo anoche, en sus sueños pidió que no apagaran la luz.
—Ah. —Diana se pasa la lengua por los labios—. ¿Dónde estoy?
—Hotel Imperial, habitación 1208.
—¿Cuánto tiempo…?
—Son casi las cinco de la mañana. Usted perdió el conocimiento a las diez y media de la noche.
—¿Y usted…?
—Estuve aquí.
—¿Todo el tiempo?
—Seis horas, y unos minutos.
—¿Contándolo todo?
—Contándolo todo.
Diana lo mira con la expresión de quien no sabe si reír o echarse a llorar. Pero al final decide que no tiene fuerzas para ninguna de las dos.
Se mira el cuerpo bajo la manta con una alarma sorda que le crece en el estómago, lleva puesto el vestido verde entero, con la cremallera subida. Los zapatos están en el suelo, alineados, los pendientes de su madre siguen en sus orejas.
—Su ropa está como cuando la subieron —dice Iván, que ha seguido su mirada con una precisión incómoda—. El doctor Johnson la atendió, y puede confirmarlo. Yo no me levanté de esté sillón salvo para apagar luces que hacía falta apagar y encender las que sí.
—No he preguntado eso.
—Iba a hacerlo.
Tiene razón, y a Diana le irrita que la tenga.
—¿Quién es el doctor Johnson?
—Un médico. Lo llamé en cuanto vi lo que le echaron en la copa, le puso una vía para ayudarla a eliminar lo que le dieron.
—¿Lo que me dieron?
El silencio dura demasiado.
—¿Dónde está Sebastián? —pregunta ella, y por primera vez en la noche su voz tiembla.
—Se fue.
—¿Cómo que se fue?
—Hace unas seis horas.
Diana intenta incorporarse otra vez. Esta vez lo consigue a medias, apoyada en los codos, con una arcada que le sube por la garganta. Iván se levanta de golpe, con una velocidad que ella no esperaba, y le acerca un vaso de agua. No la toca. Sostiene el vaso en el aire, a una distancia exacta, y espera.
Ella bebe a sorbos pero le tiemblan las manos.
—No lo entiendo —dice al fin.
—Lo sé.
—Sebastián no me dejaría aquí.
—Señorita Scott.
—Estábamos cenando con usted, y yo me sentí mal, y él dijo… —Se interrumpe—. Dijo que estaba aquí.
—Dijo muchas cosas.
Hay algo tan plano en su tono que a Diana se le acelera el pulso.
—¿Qué está tratando de decirme?
Iván se agacha junto a la mesita de noche y recoge una tableta de pantalla negra. La mantiene entre las manos un momento, como si pesara. Luego se la tiende.
—Su prometido la vendió esta noche —dice—. Y quiero que lo vea con sus propios ojos antes de que yo se lo explique.
El primer archivo es un audio.
La imagen es una pantalla negra con una barra de reproducción. De los altavoces sale primero un goteo de agua, una puerta, el eco de unos tacones sobre mármol. Después, una voz que Diana conoce desde los dieciséis años.
—No sabemos qué quiere con ella.
Y otra, que conoce desde hace seis.
—Sabemos exactamente qué quiere. Él quiere a Diana. Tú quieres el contrato. Tú decides.
Diana aprieta la tableta con las dos manos.
—Es mi prometida.
—Es tu pasaporte.
El segundo archivo es un video del restaurante.
Una cámara alta desde un rincón. La mesa del fondo. Tres personas. Diana se ve a sí misma levantar la copa con una sonrisa. Ve a Carmen a su lado deslizar la mano sobre el borde de la copa mientras mira hacia otra parte, ve un instante de brillo, el frasquito, un goteo, ve cómo su propio cuerpo se inclina hacia delante un minuto después.
El tercer archivo es el pasillo.
Sebastián dejándola en la cama con cuidado. Sebastián peinándole el pelo con un dedo y diciendo algo que ella no oyó.
Carmen.
"Con un poco de suerte, la mata sin dolor"
Sebastián, en el pasillo, firmando un contrato sobre la espalda de Carmen.
Diana deja de respirar.
No es un grito lo que sale de ella. Es un sonido pequeño, sin forma. Algo que se quiebra por dentro sin hacer ruido.
—Apáguelo —dice.
Iván lo apaga.
—No… —Se lleva una mano a la boca—. Esto es un montaje.
—No lo es.
—Seis años.
—Lo sé.
—Carmen es…
—Lo sé.
—No me lo diga como si ya lo supiera.
—Lo sé desde hace tiempo —admite Iván, tras una pausa—. No esta noche. Antes.
Diana alza la cara y lo mira. Tiene los ojos rojos, la mirada de alguien que acaba de ver desplomarse su casa por dentro.
—¿Desde cuándo?