La esposa que el Ceo no devolvió

El sí

Capítulo 6

El sí

La primera reacción de Diana es reír.

Es una risa seca, y corta, de las que se escapan por pura defensa. Se tapa la boca con la mano libre y la risa se convierte en tos, y la tos en una arcada, y media hora de caos que termina con ella arrodillada ante el inodoro del baño de mármol, vaciando lo poco que le queda en el estómago.

Iván espera fuera junto a la puerta. No entra ni pregunta.

Diana se enjuaga la boca, se mira en el espejo y se arrepiente enseguida, hay un cepillo de dientes nuevo, todavía en su envoltorio, junto al lavabo y una pasta de menta suave, de la marca que ella compra.

—¿También esto estaba preparado? —pregunta a través de la puerta.

—Es un hotel.

—Los hoteles tienen cepillos de cerdas duras.

—Este es de cerdas suaves.

—Eso lo noto.

—Lo compró Ortega, esta madrugada.

—¿Ortega sabe cuál es mi marca de pasta?

—Ortega sabe todo lo que yo le pido que averigüe.

Diana cierra los ojos un segundo. No sabe si esa respuesta es un consuelo o una advertencia, cuando abre la puerta él le ofrece un vaso de agua y una toalla húmeda, y luego se aparta con la elegancia de quien sabe cuándo no estorbar.

—Doctor Johnson —dice Diana, secándose la cara—. ¿Le ha dicho que la gente no debería proponer matrimonio a una persona que acaba de vomitar?

—No hemos hablado de eso antes —responde una voz tranquila desde el pasillo.

El doctor Johnson está en la puerta con su maletín, el pelo gris impecable y las manos cruzadas. Entra, le toma el pulso, le examina los ojos y le retira la vía con una destreza que a Diana le recuerda la de un mesero retirando un plato.

—Estará bien —dice al fin—. Tendrá náuseas durante unas horas, un poco de debilidad, sed y nada más. Beba agua, coma algo suave y duerma.

—¿Y él? —Diana señala con la barbilla a Iván.

—El señor tiene que dormir más que usted. —Johnson recoge su maletín—. Pero no me hará caso.

—No tengo sueño —dice Iván.

—Tiene la cara de un hombre que lleva treinta y siete horas despierto.

—Treinta y ocho.

Johnson suspira.

—Le dejaré la factura en recepción y con intereses.

Luego se va. La puerta se cierra con un clic. Diana se queda de pie en medio de una habitación demasiado grande, con un vestido arrugado, la rabia fría de quien ha perdido seis años y una cena, y la sensación de haber dicho "sí" a algo que todavía no se le ha ofrecido.

El desayuno llega a las ocho, en un carrito con campana de plata. Tostadas, té, una fruta que Diana no identifica y un cuenco de avena con miel. Todo suave, todo sin picante, como si alguien hubiera leído un manual sobre ella.

—Gracias —dice Diana mirando la bandeja con sospecha.

—Coma.

—No tengo hambre.

—Coma.

—¿Siempre da órdenes?

—Solo cuando tengo razón.

—Eso no es una respuesta.

—Es una respuesta exacta.

Diana bebe un sorbo de té para no pelear, y se sorprende porque está en su punto exacto, ni muy caliente, ni muy cargado. Le han puesto una gota de leche, justo como a ella le gusta.

Se sienta en el borde del sofá con la taza entre las manos. Iván ocupa la silla de enfrente, a dos metros de distancia, con una taza de café negro que aún no ha tocado.

Diana saca el teléfono. Y tiene otro mensaje de Carmen.

"Amiga, ¿estás viva? Sebastián dice que te encontraste mal y que descansas. ¡Qué susto!"

Y otro de Sebastián, de las siete y cuarto.

"Voy a pasar a verte en un rato. No te levantes".

—Va a venir —dice con la voz hueca.

—No va a encontrarla.

—¿Cómo?

—No voy a dejar que usted vuelva a esa casa, ni hoy ni mañana.

—Es mi casa.

—Será suya otra vez. Pero no hoy. —Iván se ajusta los lentes—. Si contesta, sabrán que está despierta. Si no, creerán que sigue bajo el efecto de lo que le dieron, así que por favor, no responda a ninguno de los dos.

—¿Por qué haría eso?

—Porque mientras ellos crean que usted duerme, no tienen miedo.

Diana apaga la pantalla. La mano le tiembla, y se la aprieta contra la rodilla hasta que deja de hacerlo. Se queda mirando la taza.

—Voy a llamar a la policía —dice.

—Puede hacerlo.

—¿Puedo?

—Tiene derecho. Y yo la acompañaré. Pero quiero que antes escuche lo que me dijo mi abogado a las tres de la madrugada.

—¿Su abogado ya sabe…?

—Mi abogado siempre sabe. —Iván deja el café intacto sobre la mesa—. Una denuncia por la sustancia lo manda a prisión unos meses, si el juez es severo. Con abogados caros, quizá ni eso, mientras tanto, los directivos que lo respaldan tienen tiempo de vaciar lo que queda de Scott y de borrar los papeles. Sebastián saldría con una condena menor y una historia de víctima. Usted quedaría con una empresa muerta.

—¿Y si no denuncio?

—Entonces mi abogado conserva las pruebas con cadena de custodia, selladas, fuera del alcance de nadie. Si algo le ocurre a usted o a la empresa, llegan a la fiscalía antes de que acabe el día. Y entretanto usted puede demostrar lo que robaron. Con eso, no será una condena de meses.

Diana lo mira con los ojos entornados.

—Es decir, quiere que espere.

—Quiero que decida. Puede hacerlo ahora y yo la llevaré a la comisaría. O puede esperar y destruirlo entero. La decisión es suya.

Hay un silencio largo. Fuera, una gaviota pasa sobre la cristalera.

—Espero —dice Diana, al fin—. Pero lo hago por mí, no porque usted lo diga.

—Es la única razón válida.

Ella sostiene su mirada unos segundos.

Después, sin querer, asiente, y la rabia se le asienta en el pecho como una piedra que ha encontrado su sitio.

—Bien. —Respira—. Hablemos de su propuesta.

—Hablemos.

—Primero, es una locura.

—Es una solución.

—Segundo, usted no me conoce.

Iván no dice nada.

—Tercero —continúa Diana, con una voz que no reconoce, firme y seca—, quiero saber por qué. Si va a ofrecerme un matrimonio con un desconocido, necesito una razón mejor que "mi apellido".




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.