Valentina no podía apartar la mirada de Alessandro.
—No.
La palabra salió apenas como un susurro.
—No puede ser él.
Alessandro no respondió.
Dante permanecía a unos pasos, observándola.
—¿Cómo se llama? —preguntó Valentina.
Alessandro bajó la mirada.
—Gabriel Russo.
El nombre cayó sobre ella como un golpe.
Gabriel.
Su padre.
El hombre que la había llevado al colegio durante años.
El que le preparaba el desayuno cuando era niña.
El que se quedaba despierto cuando tenía fiebre.
El hombre al que había abrazado cada cumpleaños.
—Él no...
Valentina negó varias veces.
—Él no pudo hacerle eso a mi familia.
—Valentina —dijo Alessandro—, hay cosas que todavía no sabemos.
Ella levantó la mirada.
—Pero acabas de decir que su nombre está en la lista.
—Sí.
—Entonces dime qué hizo.
Alessandro tomó aire.
—No sabemos si participó voluntariamente.
—¿Cómo que no?
Dante intervino.
—Hay una diferencia entre estar en una lista y haber ejecutado una orden.
Valentina lo miró.
—¿Estás defendiendo a mi padre?
—Estoy intentando descubrir la verdad.
—¿Por qué?
Dante sostuvo su mirada.
—Porque si Gabriel realmente estuvo involucrado, necesito saber por qué.
Valentina se secó las lágrimas.
—Yo también.
Alessandro abrió la caja de madera nuevamente.
Sacó un pequeño cuaderno.
—Esto lo encontré hace cuatro años.
Valentina lo tomó.
—¿Qué es?
—Los registros de tu familia.
Pasó algunas páginas.
Nombres.
Fechas.
Lugares.
Transacciones.
Hasta llegar a una página marcada.
Allí estaba:
Gabriel Russo.
Debajo había una fecha.
12 de agosto de 2003.
El día de su nacimiento.
Valentina sintió que el estómago se le revolvía.
—¿Qué hizo ese día?
Alessandro señaló una línea.
—Recibió una cantidad de dinero.
Valentina levantó la mirada.
—¿Cuánto?
—Suficiente para desaparecer durante tres días.
Ella cerró el cuaderno.
—No.
Dante se acercó.
—Tenemos que encontrarlo.
—¿Para interrogarlo?
—Para preguntarle la verdad.
—¿Y si intenta escapar?
—No lo hará.
Valentina soltó una risa amarga.
—¿Cómo puedes estar tan seguro?
Dante la miró.
—Porque si quisiera desaparecer, no habría dejado esta fotografía.
Sacó una imagen del bolsillo.
Era una fotografía de Gabriel.
Pero había algo extraño.
En el fondo aparecía un automóvil.
Valentina lo reconoció.
—Ese automóvil...
Dante asintió.
—Pertenecía a mi padre.
Valentina abrió los ojos.
—Entonces Gabriel conocía a tu padre.
—Sí.
Alessandro se acercó.
—Mucho antes de aquella noche.
Valentina sintió que le faltaba el aire.
—Entonces todos se conocían.
Dante la observó.
—Y alguien ha pasado veintitrés años asegurándose de que tú nunca descubrieras cómo.
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Horas después, Valentina regresó a la mansión con Dante.
No habló durante todo el camino.
Al llegar, subió directamente a su habitación.
Abrió el armario.
Sacó una caja vieja.
Dentro había fotografías de su infancia.
Las extendió sobre la cama.
Gabriel aparecía en todas.