La esposa que el mafioso no debía amar

Capítulo 14 — La hija que nunca debió recordar

Valentina llevaba más de una hora sentada en el borde de la cama.

La fotografía seguía sobre sus piernas.

La mujer del aeropuerto.

La pulsera.

La frase.

Dile a Dante que su padre no fue el único que traicionó a los De Luca.

No podía dejar de leerla.

Una y otra vez.

Como si las palabras fueran a cambiar.

Pero no cambiaban.

Dante estaba de pie junto a la ventana.

—No voy a obligarte a creerme —dijo finalmente—. Pero necesito que entiendas algo.

Valentina no levantó la mirada.

—¿Qué?

—No sabemos si esa mujer es Isabella.

—Pero tú lo dijiste.

—Dije que podría ser ella.

—Para mí no es lo mismo.

Dante se acercó lentamente.

—Lo sé.

Valentina dejó la fotografía sobre la cama.

—¿Sabes qué es lo peor?

—Dímelo.

—Que ya no sé quién soy.

Dante permaneció en silencio.

—Toda mi vida tuve respuestas para las cosas más simples —continuó ella—. Mi nombre era Valentina Russo. Mi padre era Gabriel. Mi madre había muerto cuando yo era pequeña. Tenía una vida normal.

Soltó una pequeña risa amarga.

—Y de repente descubro que mi nombre no es el que creía, que mi padre no es mi padre, que mi madre podría estar viva y que mi familia pertenecía a una organización que prácticamente fue borrada de la historia.

Dante la observó.

—Sigues siendo Valentina.

Ella negó.

—No sé qué significa eso ahora.

—Significa que eres la misma mujer que conocí.

—Tú nunca conociste a la verdadera Valentina.

Dante frunció el ceño.

—¿Qué quieres decir?

Ella levantó la mirada.

—Tú conocías a Valentina De Luca antes de que yo siquiera supiera que existía.

Dante se quedó inmóvil.

—Me observaste.

—Para protegerte.

—¿Durante cuánto tiempo?

Dante no respondió inmediatamente.

Y esa pausa la hirió.

—¿Cuánto tiempo, Dante?

—Desde que eras adolescente.

Valentina sintió un vacío en el pecho.

—Entonces cada vez que pensaba que alguien me cuidaba...

—Era yo.

—Cada vez que alguien aparecía cuando estaba en peligro...

—Probablemente.

—Cada vez que mi padre decía que algunas cosas no podía explicármelas...

Dante bajó la mirada.

—Sí.

Valentina se levantó.

—¿Y ahora quieres que confíe en ti?

—No.

Ella se quedó sorprendida.

—¿No?

—Quiero que tengas razones para decidir si confías en mí.

Valentina lo miró fijamente.

Por primera vez, no encontró arrogancia en sus ojos.

Solo cansancio.

—No sé si puedo hacerlo.

—Entonces no lo hagas todavía.

Dante se acercó a la puerta.

Antes de salir, Valentina habló.

—Dante.

Él se detuvo.

—¿Sí?

—Si descubro que tú también me mentiste...

Dante giró lentamente.

—¿Qué harás?

Valentina sostuvo su mirada.

—No volverás a tenerme cerca.

Dante asintió.

—Lo entiendo.

Y salió.

---

A la mañana siguiente, Valentina despertó con una sensación extraña.

Había soñado con lluvia.

Una casa.

Una mujer corriendo.

Un bebé llorando.

Y una voz.

—No mires atrás.

Valentina abrió los ojos de golpe.

Respiraba agitadamente.

Se llevó una mano al pecho.

No era un sueño normal.

Había algo diferente.

Recordaba una puerta.

Una puerta roja.

Y unas manos manchadas de sangre.

Se levantó.




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