Valentina llevaba varios minutos mirando la misma pared.
No había conseguido dormir.
La frase de Alessandro seguía dando vueltas en su cabeza.
Gabriel había escondido una carta durante veintitrés años.
Una carta de Isabella.
Una carta que debía entregarle cuando cumpliera veinticuatro.
Pero había algo que la confundía todavía más.
La llamada que Dante había recibido.
No confíes en Gabriel.
Valentina cerró los ojos.
—No puede ser...
Gabriel podía haberle mentido sobre su identidad.
Podía haber ocultado información.
Pero no podía aceptar que todo el cariño que le había dado durante su infancia hubiera sido una actuación.
Recordó sus cumpleaños.
Sus primeros días de colegio.
Las veces que él se sentaba junto a su cama cuando tenía pesadillas.
El día que aprendió a montar bicicleta.
La primera vez que tuvo el corazón roto.
Gabriel siempre había estado allí.
Entonces alguien llamó a la puerta.
—Valentina.
Era Dante.
—Pasa.
Dante entró.
Ella lo miró.
—¿Hablaste con mi madre?
Dante no intentó mentir.
—Sí.
Valentina se levantó inmediatamente.
—¿Qué te dijo?
—Que no confíes en Gabriel.
Ella apretó los labios.
—¿Eso fue todo?
—No.
—¿Qué más?
Dante dudó.
—Dijo que Gabriel no fue quien la traicionó.
Valentina soltó el aire lentamente.
—Entonces alguien está intentando hacerme creer que mi padre es culpable.
—Es posible.
—¿Y por qué?
—Porque quieren que dudes de todos.
Valentina caminó hacia la ventana.
—Ya lo consiguieron.
Dante se acercó.
—Valentina...
—No sé en quién confiar.
—Puedes empezar por ti misma.
Ella lo miró.
—Eso suena bonito.
—No intento que suene bonito.
—¿Entonces qué intentas?
Dante sostuvo su mirada.
—Recordarte que, aunque todos tengan secretos, tú puedes decidir qué hacer con la verdad cuando la encuentres.
Valentina guardó silencio.
—Tengo miedo —admitió.
Dante no respondió inmediatamente.
—¿De qué?
—De descubrir que mi vida entera fue una mentira.
Dante se acercó un poco más.
—No todo fue mentira.
—¿Cómo lo sabes?
—Porque hay algo que nadie pudo fingir.
—¿Qué?
—El amor que te dieron.
Valentina bajó la mirada.
—¿Y cómo sabes que Gabriel me amaba?
Dante respondió sin dudar.
—Porque lo vi.
Ella levantó la cabeza.
—¿Qué?
—Lo vi muchas veces.
—¿Cuándo?
—Cuando eras niña.
Valentina se quedó inmóvil.
—¿Me vigilabas incluso entonces?
—Sí.
—Eso sigue sin gustarme.
—Lo sé.
—¿Y viste a Gabriel conmigo?
Dante asintió.
—Una vez lo vi quedarse despierto toda la noche porque tenías fiebre.
Los ojos de Valentina se llenaron de lágrimas.
—¿Por qué nunca me dijiste nada?
—Porque tu seguridad era más importante que mi comodidad.
Valentina se limpió una lágrima.
—No sé si odiarte o agradecerte.
Dante dejó escapar una sonrisa casi imperceptible.
—Puedes hacer ambas cosas.
Ella soltó una pequeña risa entre lágrimas.
Fue la primera vez que ambos sonrieron en varios días.
Pero el momento terminó cuando el teléfono de Dante vibró.
Leyó el mensaje.
Su expresión cambió.
—¿Qué pasó?
—Encontraron la casa donde estaba Gabriel.