Valentina sabía que estaba cometiendo una locura.
Lo sabía desde el momento en que cerró la puerta de la mansión.
También sabía que Dante probablemente estaba detrás de ella.
No lo había visto.
No había escuchado ningún automóvil.
Pero lo conocía lo suficiente para saber que no iba a quedarse sentado mientras ella iba sola a una casa donde alguien había prometido revelarle un secreto.
Aun así, no quería que la siguiera.
Por primera vez en su vida necesitaba tomar una decisión sin que alguien decidiera por ella.
El automóvil avanzaba por las calles oscuras.
La dirección que había recibido no dejaba de aparecer en la pantalla de su teléfono.
23:47.
Faltaban trece minutos para medianoche.
Valentina apretó las manos sobre el volante.
—Solo quiero respuestas.
Pero en el fondo sabía que no era cierto.
Quería algo más.
Quería que alguien le dijera que su infancia había sido real.
Que Gabriel la había amado.
Que Isabella no la había abandonado.
Que Dante no había estado protegiéndola solamente porque era la heredera de una familia poderosa.
Quería una verdad que no doliera.
Y empezaba a sospechar que esa verdad no existía.
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La casa estaba completamente a oscuras.
Valentina estacionó frente a ella.
Durante unos segundos no se movió.
Era la misma casa donde había crecido.
La fachada parecía más pequeña que en sus recuerdos.
Bajó del automóvil.
El viento movió su cabello.
Miró hacia las ventanas.
Ninguna luz.
Sacó el teléfono.
Nada.
—Perfecto...
Se acercó a la puerta.
Estaba abierta.
Valentina tragó saliva.
Entró.
El olor del lugar la golpeó inmediatamente.
Polvo.
Madera vieja.
Y algo más.
Un perfume.
Un perfume que conocía.
Cerró los ojos.
—Mamá...
No sabía por qué había pensado eso.
Simplemente lo sintió.
Avanzó por el pasillo.
Cada rincón le traía un recuerdo.
El sofá donde veía películas.
La mesa donde hacía sus tareas.
La escalera donde Gabriel le enseñó a subir sin miedo cuando era pequeña.
Entonces escuchó un ruido.
Clac.
Valentina se giró.
Nada.
—¿Hola?
Silencio.
Continuó.
Llegó a su antigua habitación.
La puerta estaba entreabierta.
Entró.
Todo seguía igual.
Excepto por una cosa.
En la pared había una fotografía que jamás había visto.
Valentina se acercó.
Era una imagen de Isabella sosteniendo a un bebé.
Ella.
Pero Isabella no estaba sola.
A su lado estaba Gabriel.
Y también...
Dante.
Valentina dio un paso atrás.
—No...
En la fotografía, Dante debía tener unos dieciséis años.
Y estaba mirando al bebé.
En la parte inferior había una fecha.
12 de agosto de 2003.
El día en que nació.
Valentina tocó la fotografía.
—¿Qué hacías aquí?
Una voz respondió detrás de ella.
—Lo mismo que hago desde entonces.
Valentina se giró rápidamente.
La mujer estaba allí.
Abrigo negro.
Cabello oscuro.
La pulsera.
Valentina dejó de respirar.
La mujer dio un paso hacia la luz.
Y esta vez pudo verle el rostro.
Valentina sintió que las piernas casi le fallaban.
—Mamá...
Isabella tenía lágrimas en los ojos.