Valentina permaneció inmóvil.
Volvió a leer la frase.
«Tu madre no murió hace veintitrés años.»
Sus dedos temblaban.
Luego bajó la mirada hacia la segunda línea.
«Murió esta noche.»
—No...
Dante le quitó la fotografía lentamente.
—Valentina.
—No.
Ella intentó apartarlo para salir del pasadizo.
—Tengo que encontrarla.
Dante la sujetó por los hombros.
—¡Valentina!
—¡Suéltame!
—Escúchame.
—¡Es mi madre!
—Lo sé.
—¡Acabas de decirme que desapareció!
—Y eso no significa que esté muerta.
Valentina se detuvo.
—Entonces ¿por qué esta fotografía?
Dante miró nuevamente el papel.
—Porque alguien quiere que pensemos que murió.
—¿Quién?
—No lo sé.
—Siempre dices eso.
La mirada de Dante cambió.
—Porque esta vez realmente no lo sé.
Un ruido volvió a escucharse afuera.
Ambos guardaron silencio.
Dante sacó su arma.
Valentina sintió un escalofrío.
—¿Matteo?
—Probablemente.
—¿Y mi madre?
Dante negó.
—No sabemos dónde está.
Valentina sintió que las lágrimas regresaban.
—La encontré y la perdí en menos de diez minutos.
Dante bajó el arma.
—La vamos a encontrar.
—¿Cómo?
—Siguiendo las pistas que dejó.
Valentina lo miró.
—¿Y si no dejó ninguna?
Dante levantó la fotografía.
—Entonces alguien cometió un error.
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Salieron de la casa por una puerta trasera.
Apenas llegaron al automóvil, Valentina se giró.
—¿Dónde está Matteo?
—Escapó.
—¿Lo dejaste escapar?
—No.
Dante abrió la puerta del vehículo.
—Alguien disparó desde afuera. Tuve que sacarte de allí.
Valentina subió.
Dante rodeó el automóvil.
Cuando encendió el motor, ella vio la sangre en su camisa.
—Estás herido.
—No es grave.
—Déjame ver.
—Valentina...
—Déjame verlo.
Dante estacionó unos metros más adelante.
Ella tomó un pequeño botiquín del compartimento.
—Quítate la camisa.
Dante la miró.
—¿Estás segura?
—No hagas que me arrepienta.
Él obedeció.
La herida estaba en el costado.
Una bala había rozado la piel.
Valentina limpió la sangre con cuidado.
—Te pudo haber matado.
—He tenido peores.
—Eso no me tranquiliza.
Dante la observó mientras ella intentaba mantener las manos firmes.
—Estás temblando.
—Estoy preocupada.
—¿Por mí?
Valentina levantó la mirada.
—No te emociones.
Dante sonrió ligeramente.
Ella volvió a concentrarse en la herida.
—No entiendo cómo puedes sonreír ahora.
—Porque llevas diez minutos preocupándote por mí.
—Estoy curando una herida.
—Es diferente.
—¿Diferente cómo?
—No sé.
Dante se quedó mirándola.
—Pero me gusta.
Valentina apartó la mirada.
—Cállate.
Él obedeció.
Pero la pequeña sonrisa permaneció.
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Cuando regresaron a la mansión, Alessandro estaba esperándolos.
En cuanto vio la sangre en Dante, se levantó.
—¿Qué ocurrió?
—Matteo estuvo allí —respondió Dante.
Alessandro palideció.