Valentina no dijo nada.
Durante varios segundos, solo pudo mirar a Dante.
—¿Estás diciendo que el padre de mi madre podría estar vivo?
Dante negó lentamente.
—Estoy diciendo que no podemos asumir que murió.
—Eso no es lo mismo.
—Lo sé.
Valentina caminó hacia la mesa y se sentó.
Tenía las manos frías.
Demasiado frías.
—Toda mi vida pensé que mis abuelos habían muerto antes de que yo naciera.
—Eso fue lo que te hicieron creer.
—¿Y ahora resulta que quizá uno de ellos sigue vivo?
—Sí.
Valentina soltó una pequeña risa sin humor.
—Mi familia parece una colección de fantasmas.
Dante no sonrió.
—Y algunos fantasmas dejan mensajes.
Ella levantó la mirada.
—¿Qué quieres decir?
Dante tomó el teléfono.
—El mensaje dice que alguien enterró a Isabella hace veintitrés años.
—Pero Isabella no murió aquella noche.
—Eso creemos.
—Yo la vi.
—Sí.
—Hablé con ella.
—Sí.
—Entonces, ¿cómo puede alguien haberla enterrado?
Dante la observó.
—Tal vez enterraron a otra persona.
Valentina se quedó inmóvil.
—O alguien hizo creer que la enterró.
Dante asintió.
—Exactamente.
Ella recordó las palabras de Isabella.
«No confíes en los Moretti. Especialmente en Vittorio.»
Y entonces recordó otra cosa.
La expresión que había tenido su madre cuando mencionó ese nombre.
No había sido solamente miedo.
Había sido reconocimiento.
Como si detrás de Vittorio existiera una historia mucho más grande.
—Tenemos que volver a la casa de mi infancia —dijo Valentina.
Dante frunció el ceño.
—No.
—¿Por qué?
—Porque alguien nos está observando.
—Precisamente por eso.
—Valentina…
—Si dejaron una pista allí, tenemos que encontrarla antes que ellos.
Dante se quedó mirándola.
—No vas a ir sola.
—No pensaba hacerlo.
—Entonces iremos juntos.
Ella arqueó una ceja.
—¿Eso fue una orden?
—No.
Dante se acercó.
—Fue una promesa.
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A las seis de la mañana salieron.
Alessandro quiso acompañarlos.
Dante se negó.
—Quédate aquí.
—No voy a permitir que mi hija vaya a ese lugar sin mí.
—Y yo no voy a permitir que tres personas entren a una casa que posiblemente esté vigilada.
Alessandro lo miró con dureza.
—No olvides quién soy.
Dante sostuvo su mirada.
—No lo olvido.
—Entonces no me des órdenes.
Valentina se interpuso.
—Los dos pueden dejar de competir por quién manda sobre mi vida.
Ambos se callaron.
Ella tomó su bolso.
—Voy a ir.
Alessandro suspiró.
—Ten cuidado.
—Lo tendré.
—Y si ves algo extraño…
—Te llamaré.
Alessandro la abrazó.
Fue un abrazo breve.
Pero Valentina se quedó quieta unos segundos.
Por primera vez, no supo si estaba abrazando a su padre.
O al hombre que había elegido convertirse en su padre.
Quizá las dos cosas podían ser ciertas.
Cuando se separó, Alessandro le sostuvo el rostro entre las manos.
—Pase lo que pase, yo sí te amé.
Valentina sintió un nudo en la garganta.
—Lo sé.
Y esa vez lo dijo sinceramente.
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La casa de su infancia parecía más pequeña que antes.
Valentina permaneció frente a la puerta.
—Aquí crecí.
Dante miró alrededor.