Capítulo 23 — La mentira de mi padre
El disparo todavía resonaba en los oídos de Valentina cuando Dante la empujó detrás de la mesa.
—¡No te muevas! —ordenó.
—¡Gabriel está ahí fuera!
—¡Y tú estarás muerta si sales ahora!
Valentina quiso responder, pero otro disparo atravesó el silencio de la casa.
Elena se agachó junto a Gabriel. Él la protegió con su cuerpo mientras Dante se acercaba a una de las ventanas, con el arma preparada.
—Hay dos hombres junto al vehículo —murmuró Dante—. Uno está herido.
—¿Los conoces? —preguntó Valentina.
—No.
—¿Son de la Hermandad?
—No lo sé.
—¡Pues averígualo!
Dante giró la cabeza hacia ella.
—¿Quieres darme órdenes mientras alguien intenta dispararnos?
—¡Quiero saber por qué cada vez que mi familia intenta hablar, alguien termina disparando!
Por un instante, sus miradas se encontraron.
Dante habría querido contestarle algo. Sin embargo, el sonido de pasos en el exterior lo obligó a concentrarse.
Se escuchó una voz masculina.
—¡Moretti! ¡Tenemos que hablar!
Dante apretó la mandíbula.
—Qué conveniente —murmuró—. Siempre quieren hablar después de disparar.
Gabriel se incorporó lentamente.
—No salgas.
Dante lo miró.
—¿Ahora me das consejos?
—Ese hombre no viene por ti.
—¿Y cómo lo sabes?
Gabriel miró a Valentina.
—Porque viene por ella.
El corazón de Valentina se aceleró.
—¿Quién es?
Gabriel no respondió.
Y aquella falta de respuesta terminó de agotar la paciencia de la joven.
—¡Basta! ¡Estoy harta de que todos sepan quién viene a matarme menos yo!
Se levantó.
Dante la sujetó inmediatamente por la cintura y la devolvió al suelo.
—¡¿Qué haces?!
—¡Suéltame!
—¡Cuando dejes de comportarte como si fueras inmortal!
Valentina intentó apartarse, pero él no la soltó hasta asegurarse de que estaba protegida.
Sus rostros quedaron muy cerca.
—No vuelvas a hacer eso —murmuró Dante.
—¿Qué cosa?
—Poner tu vida en peligro para demostrar que eres valiente.
Valentina lo miró con rabia.
—No necesito demostrarte nada.
—Entonces deja de obligarme a imaginar lo que pasaría si te ocurriera algo.
Las palabras quedaron suspendidas entre ambos.
Dante pareció darse cuenta de lo que había dicho.
Valentina también.
Por un segundo, olvidaron los disparos.
Después, una voz interrumpió aquel momento.
—¡Gabriel Russo! ¡Sabemos que estás ahí!
Gabriel cerró los ojos.
Valentina lo miró.
—¿Quién es ese hombre?
Su padre adoptivo tragó saliva.
—Alguien a quien debí haber enfrentado hace muchos años.
—¿Quién?
Gabriel levantó la mirada.
—Matteo Vieri.
Dante se quedó inmóvil.
—Eso es imposible.
—No —respondió Gabriel—. Es exactamente lo que temía.
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Cinco minutos después, los disparos cesaron.
Dante recibió una llamada de uno de sus hombres. Habían conseguido interceptar a los atacantes que quedaban junto al vehículo, pero Matteo había desaparecido.
Como siempre, había llegado, había dejado un mensaje y se había marchado antes de que alguien pudiera alcanzarlo.
Dante guardó el teléfono.
—Tenemos que salir de aquí.
Valentina se puso de pie.
—No me voy hasta que Gabriel me explique esa fotografía.
Nadie respondió.
Ella sacó su teléfono y volvió a abrir la imagen.
Isabella aparecía junto a Gabriel.
Ambos eran jóvenes.
No se estaban abrazando, pero había una familiaridad en la forma en que ella lo miraba que Valentina nunca había visto en las fotografías de sus padres.
En la esquina inferior aparecía una fecha.
Doce de noviembre de 2000.
Tres años antes de su nacimiento.