Capítulo 24 — El abuelo que vino a buscarme
—Repítelo.
La voz de Valentina salió tan baja que apenas pareció un susurro.
Alessandro no respondió.
Seguía mirando la fotografía que ella sostenía entre los dedos. Su rostro había perdido todo el color y, por primera vez desde que Valentina lo conocía, parecía un hombre completamente indefenso.
—Alessandro —intervino Dante—. Te está hablando.
Él levantó la mirada.
—Es mi padre.
Valentina soltó una risa nerviosa.
—No, espera. Vamos a organizar esto porque ya no sé si estoy viviendo una novela o si alguien decidió volverme loca.
Dejó la fotografía sobre la mesa.
—Hace un momento nos dijiste que tu padre había muerto. Ahora reconoces a ese hombre en una fotografía reciente. ¿Qué se supone que debo entender?
Alessandro se pasó ambas manos por el rostro.
—Que durante veintisiete años creí que estaba muerto.
—¿Y quién te lo dijo?
—Vi su cuerpo.
Elena se llevó una mano a la boca.
Gabriel cerró los ojos.
Dante, en cambio, permaneció atento a cada palabra.
—¿Estás seguro de que era él? —preguntó.
Alessandro asintió.
—Reconocí su rostro. Reconocí sus manos. Tenía una cicatriz en el cuello que se hizo cuando yo era pequeño. Lo enterramos en una propiedad de la familia.
—¿Quiénes lo enterraron? —preguntó Valentina.
—Mi madre, mis hermanos y yo.
—¿Y nunca comprobaste que realmente estuviera muerto?
Alessandro la miró.
—Tenía nueve años, Valentina.
Ella se quedó callada.
La respuesta la golpeó de una manera que no esperaba.
Nueve años.
A esa edad, ella todavía necesitaba que alguien revisara debajo de su cama cuando soñaba con monstruos.
Alessandro había sido apenas un niño.
—Lo siento —murmuró.
Él negó con la cabeza.
—No tienes que disculparte.
Valentina bajó la mirada hacia la fotografía.
—¿Cómo se llamaba?
—Augusto Rinaldi.
El nombre pareció cambiar el ambiente de la habitación.
Elena se sentó lentamente.
—Augusto…
Lo pronunció como si llevara años intentando olvidar aquel nombre.
—Si él está vivo, entonces Lorenzo…
Gabriel la interrumpió.
—No saques conclusiones todavía.
—¡Lorenzo era su hermano! Si Augusto fingió su muerte, pudo haber hecho lo mismo con él.
—O alguien está utilizando sus rostros para confundirnos —replicó Dante—. Hasta que comprobemos que ese hombre es realmente Augusto, no podemos dar nada por sentado.
Valentina miró a su esposo.
—¿Y cómo vamos a comprobarlo?
—Encontrándolo.
—¿Y si él nos encuentra primero?
Dante no contestó inmediatamente.
Después se volvió hacia sus hombres, que acababan de entrar en la casa.
—Quiero una copia de todas las fotografías que recibió Valentina. Averigüen de dónde salieron y quién las envió. Revisen también las cámaras de seguridad de la zona. Nadie entra ni sale de esta propiedad sin que yo lo sepa.
Uno de los hombres asintió y se marchó.
Valentina cruzó los brazos.
—¿Y yo qué hago mientras ustedes investigan mi vida?
Dante la miró.
—Vienes conmigo.
—¿Adónde?
—A casa.
Ella frunció el ceño.
—¿A nuestra casa?
—Sí.
—¿Y por qué?
—Porque aquí hay demasiadas personas que podrían estar siguiendo nuestros movimientos.
Valentina miró a Gabriel.
Una parte de ella quería quedarse y exigirle todas las respuestas que todavía le debía.
Pero estaba agotada.
No solamente físicamente.
Sentía que su propia historia se había convertido en una habitación llena de puertas cerradas y que cada vez que abría una encontraba otras tres.
—Está bien —aceptó finalmente—. Pero no he terminado de hablar con nadie.
Dante asintió.
—Lo sé.
—Y no vas a decidir qué puedo investigar.
—Lo sé.
—Y si descubro que me estás ocultando algo…