Capítulo 25 — La promesa de un Moretti
La llave seguía en el suelo.
Valentina no se agachó a recogerla.
Tampoco apartó la mirada de Dante.
—Repítelo.
Él permaneció frente a ella, con las manos a los costados y una expresión que Valentina no había visto antes. No era la frialdad que utilizaba para intimidar a sus enemigos. Tampoco era aquella seguridad arrogante con la que acostumbraba a resolver cualquier problema.
Era miedo.
Dante Moretti tenía miedo de lo que iba a decirle.
—Mi padre me hizo prometer que nunca te revelaría la identidad del hombre que te sostuvo en brazos el día que naciste.
Valentina sintió que algo se le cerraba en la garganta.
—¿Y tú aceptaste?
—Sí.
—¿Sin preguntar por qué?
—Pregunté.
—¿Y qué te dijo?
Dante desvió la mirada hacia la ventana.
—Que si alguna vez llegabas a conocer su identidad, tu vida dejaría de pertenecerte.
Valentina soltó una risa incrédula.
—Qué conveniente. Otro hombre decidiendo qué puedo saber sobre mi propia vida.
—Tenía dieciséis años, Valentina.
—¿Y?
—Era un adolescente. Mi padre acababa de decirme que había personas dispuestas a matar por un secreto que yo ni siquiera comprendía.
Ella apretó los labios.
Por un instante, intentó imaginar a Dante con dieciséis años. Un muchacho que vivía dentro de una familia poderosa, rodeado de adultos que hablaban en voz baja y escondían cadáveres detrás de puertas cerradas.
Un muchacho al que su padre había obligado a cargar con una promesa imposible.
Pero comprenderlo no significaba perdonarlo.
—¿Cuándo descubriste quién era ese hombre?
Dante guardó silencio.
Valentina sintió que el estómago se le revolvía.
—Dante.
—Hace años.
Ella retrocedió.
—¿Hace años?
—Sí.
—¿Antes de nuestro matrimonio?
—Sí.
Valentina se llevó una mano a la boca.
Durante un segundo no pudo hablar.
Después, la rabia llegó.
—¿Me conocías?
—Sabía quién eras.
—¡No es lo mismo! ¿Me habías visto antes de que aceptara casarme contigo?
—Sí.
—¿Dónde?
Dante cerró los ojos brevemente.
—En una fotografía.
—¿Qué fotografía?
—Una fotografía tuya de cuando eras pequeña.
Valentina lo miró como si no lo reconociera.
—¿Dónde la encontraste?
—En los documentos de mi padre.
—¿Y qué decía?
Dante respiró profundamente.
—Que debía asegurarme de que nadie te utilizara para llegar hasta Alessandro.
Ella negó lentamente con la cabeza.
—No puedo creerlo.
—Valentina…
—No. Quiero entender algo. ¿Cuándo me propusiste el contrato matrimonial, ya sabías que yo era la hija de Alessandro De Luca?
Dante no contestó.
Y su silencio fue suficiente.
Valentina sintió que los ojos le ardían.
—Me elegiste.
—Sí.
—De todas las personas que podías elegir, me elegiste a mí porque sabías quién era.
—No fue exactamente así.
—¿Ah, no? Entonces explícame cómo fue, porque desde donde estoy parece que toda mi vida ha sido una decisión tomada por hombres que creen saber qué es mejor para mí.
Dante dio un paso hacia ella.
—Cuando te propuse el contrato, necesitaba mantenerte cerca para protegerte.
—¿Protegerme de quién?
—De personas que estaban buscando a los De Luca.
—¿Y nunca se te ocurrió preguntarme si quería esa protección?
Dante se quedó callado.
Valentina soltó una risa amarga.
—Claro que no.
Se agachó, recogió la llave y la apretó dentro del puño.
—Sal de mi habitación.
Dante no se movió.
—Por favor.
Aquella palabra, pronunciada con la voz quebrada, consiguió que él retrocediera.
—Voy a estar en mi despacho —dijo—. Si necesitas algo…
—No quiero necesitarte.
Dante recibió aquellas palabras sin defenderse.
Después salió y cerró la puerta con cuidado.
Valentina se quedó sola.
Y, por primera vez desde que se había casado con Dante Moretti, deseó que el contrato tuviera una cláusula que le permitiera abandonar aquel matrimonio sin tener que mirar atrás.
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Dante llegó a su despacho y cerró la puerta.
Permaneció unos segundos con la mano apoyada en el picaporte.
Había enfrentado a hombres armados, había sobrevivido a traiciones y había aprendido a reconocer una mentira antes de que terminara de pronunciarse.