La esposa que el mafioso no debía amar

Capítulo 26 — El hombre que llevaba mi sangre

Capítulo 26 — El hombre que llevaba mi sangre

—Hola, Valentina.

La voz del hombre era tranquila. Demasiado tranquila para alguien que acababa de encontrarse con una mujer cuya existencia llevaba años escondiendo.

Valentina no respondió.

Tenía los ojos clavados en la cicatriz de su cuello.

La fotografía de 2008 seguía en su mano.

El hombre de la imagen.

El hombre que había sostenido a una niña de cinco años.

El hombre que todos creían muerto.

Augusto Rinaldi.

—No te acerques —dijo Dante.

Augusto sonrió.

—Sigues dando órdenes como tu padre.

—Y tú sigues apareciendo donde nadie te ha invitado.

—Supongo que algunas costumbres nunca cambian.

Dante se colocó delante de Valentina.

Ella lo apartó ligeramente del brazo.

—No te pongas delante de mí.

Él giró la cabeza.

—Valentina, no es el momento.

—Precisamente por eso quiero verlo.

Augusto soltó una carcajada.

—Me gusta. Tiene carácter.

Valentina lo miró con desprecio.

—No necesito gustarte.

La sonrisa del hombre se ensanchó.

—Isabella también decía eso.

El nombre de su madre hizo que Valentina sintiera una punzada en el pecho.

—No pronuncies su nombre como si la conocieras.

Augusto ladeó la cabeza.

—La conocí desde que era una niña.

—Entonces también sabes lo que le pasó.

—Sé mucho más de lo que imaginas.

Valentina levantó la fotografía.

—¿Por qué me tenías en brazos?

Por primera vez, la sonrisa de Augusto desapareció.

Sus ojos se detuvieron en la imagen.

—¿Dónde encontraste eso?

—En esta habitación.

—Esa fotografía no debería estar aquí.

—Pero está.

Valentina dio un paso hacia él.

—Quiero saber por qué apareces en mi infancia. Quiero saber por qué todos dijeron que estabas muerto. Quiero saber por qué mi madre tuvo que esconderme.

Augusto la observó durante unos segundos.

—Porque tu madre cometió el error de creer que podía escapar de su familia.

—¿Qué familia? ¿Los De Luca o los Rinaldi?

Él sonrió sin alegría.

—Por fin empiezas a hacer las preguntas correctas.

—Y tú vas a responderlas.

Augusto miró a Dante.

—¿Le has contado quién eres tú en esta historia?

Dante endureció la mandíbula.

—No juegues conmigo.

—No estoy jugando, muchacho.

Augusto volvió a mirar a Valentina.

—Tu esposo sabe que tu matrimonio nunca fue una coincidencia.

Valentina sintió que el estómago se le encogía.

—Ya lo sé.

—¿De verdad?

Augusto inclinó ligeramente la cabeza.

—¿Sabes por qué Massimo eligió a Dante para protegerte? ¿Sabes por qué su hijo recibió aquella fotografía cuando apenas tenía dieciséis años? ¿Sabes por qué tu padre biológico aceptó entregarte a los Moretti?

Valentina miró a Dante.

Él no apartó la mirada, pero tampoco habló.

Augusto sonrió.

—No te ha contado nada.

—Cállate —ordenó Dante.

—¿Por qué? ¿Porque tengo razón?

Valentina levantó la voz.

—¡Basta!

Ambos hombres guardaron silencio.

Ella respiró profundamente.

—No me importa lo que ustedes hayan decidido entre ustedes. No me importa si mi apellido es Russo, De Luca o Rinaldi. Quiero saber quién soy y por qué todos parecen tener derecho a decidir qué debo conocer.

Augusto la miró con una expresión extraña.

Durante un instante, pareció genuinamente sorprendido.

Después metió una mano en el bolsillo de su abrigo y sacó una fotografía más pequeña.

—Entonces mira esto.

Se la entregó.

Valentina la tomó con cuidado.

Era una fotografía de Isabella, sentada en una cama de hospital, con una recién nacida entre los brazos.

Ella.

No había dudas.

En la parte posterior, alguien había escrito:




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