La esposa que el mafioso no debía amar

Capítulo 27 — La sangre que mancha las promesas

Capítulo 27 — La sangre que mancha las promesas

—Repítelo.

La voz de Valentina salió tan baja que Dante tuvo que contener la respiración para escucharla.

Él permanecía frente a ella, con las manos abiertas y el rostro tenso.

—Valentina…

—Te he dicho que lo repitas.

Dante tragó saliva.

—Mi padre mató al hombre que te sostuvo en brazos aquella noche.

Ella lo miró fijamente.

—¿Y tú lo sabías?

—No.

—¿Nunca te lo contó?

—No de esa manera.

Valentina soltó una risa breve, sin humor.

—Qué conveniente. En esta familia todos saben algo, todos esconden algo y, cuando los descubro, resulta que hay una explicación.

—No voy a pedirte que me creas.

—Bien. Porque no te creo.

Las palabras golpearon a Dante con más fuerza de la que esperaba.

Valentina se apartó de él y caminó hacia la puerta de la habitación. Necesitaba aire. Necesitaba dejar de mirar el rostro del hombre con el que dormía cada noche, el hombre que la había abrazado mientras lloraba por su madre, el mismo que acababa de revelarle que su padre había asesinado a la persona que pudo haberla salvado.

O que quizá la había salvado.

Ya no sabía qué creer.

—Tenemos que salir de aquí —dijo Dante—. No sabemos si Augusto sigue cerca ni quién envió esos mensajes.

—Vete tú.

—No voy a dejarte sola.

Valentina se volvió.

—¿Y quién te ha dicho que quiero que me acompañes?

Dante no contestó inmediatamente.

—Nadie.

—Entonces deja de decidir por mí.

—Tienes razón.

Aquella respuesta la desarmó durante un segundo.

Esperaba una discusión, una orden, quizá incluso que él le recordara que estaban casados. Sin embargo, Dante bajó la mirada y guardó el arma.

—No voy a obligarte a ir conmigo —dijo—. Pero si decides quedarte, al menos déjame asegurarme de que el edificio está despejado.

Valentina apretó el bolso contra su cuerpo.

—Haz lo que tengas que hacer.

Dante asintió y salió al pasillo.

Cuando se quedó sola, ella apoyó una mano contra la pared.

No lloró.

Todavía no.

Había llegado a un punto en el que las lágrimas parecían insuficientes para todo lo que estaba descubriendo.

Sacó la fotografía de Isabella con la recién nacida y la contempló.

—¿Qué me hiciste, mamá? —susurró—. ¿Qué pasó realmente aquella noche?

No esperaba una respuesta.

Pero, por primera vez, se preguntó si su madre había guardado silencio para protegerla o porque también había participado en una mentira demasiado grande para confesarla.

---

Dante encontró a sus hombres junto a la salida principal.

—¿Alguna señal de Augusto?

—Ninguna, señor. El vehículo que estaba estacionado frente al edificio desapareció.

Dante miró la calle a través de una ventana rota.

—Quiero saber quién lo ayudó a entrar y salir.

—¿Y la señora?

—Está conmigo.

Su hombre vaciló.

—Señor Moretti, con todo respeto, quizá sería mejor trasladarla a una de las propiedades privadas. Si Augusto ha reaparecido, los enemigos de la familia podrían…

—No vuelvas a hablar de ella como si fuera un paquete que debemos trasladar.

El hombre bajó la cabeza.

—Disculpe.

Dante respiró hondo.

Estaba acostumbrado a dar órdenes y a que nadie las cuestionara. Sin embargo, Valentina le había enseñado que proteger a alguien no significaba decidir cada aspecto de su vida.

El problema era que él no sabía cómo protegerla de una verdad que ni siquiera comprendía.

Su teléfono vibró.

Un mensaje de un número desconocido.

«Tu padre no te contó toda la historia, Dante.»

A continuación, recibió una fotografía.

Era antigua. La imagen mostraba a Massimo Moretti frente a una casa, con una niña recién nacida entre los brazos.

Dante amplió la imagen.

En el fondo aparecía un segundo hombre.

El rostro estaba parcialmente oculto por una sombra, pero llevaba un anillo con el símbolo de la Hermandad.

Debajo de la fotografía había una frase:

«El hombre que murió aquella noche no era quien tú crees.»




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