La esposa que el mafioso no debía amar

Capítulo 28 — El amor que enterraron vivo

Capítulo 28 — El amor que enterraron vivo

—No.

Valentina negó con la cabeza antes de que su madre pudiera decir algo más.

—No, mamá. No puedes aparecer después de veintitrés años y decirme que el hombre que murió intentando salvarme era alguien a quien amabas. No puedes hacer eso.

Isabella tenía los ojos llenos de lágrimas.

—Lo sé.

—¡No lo sabes! —exclamó Valentina—. Tú no sabes lo que ha sido vivir sin ti. No sabes cuántas veces me pregunté si había hecho algo malo, si no me querías, si te habías marchado porque yo no era suficiente.

—Mi niña…

—¡No me llames así!

El grito resonó en la habitación.

Valentina se llevó una mano a la boca, sorprendida por su propia reacción. Quería abrazar a su madre. Quería preguntarle dónde había estado, si había pensado en ella durante sus cumpleaños, si alguna vez había llorado al recordar su rostro.

Pero también quería sacudirla.

Quería que comprendiera que una madre no podía desaparecer durante tantos años y esperar que su hija siguiera siendo la niña que había dejado atrás.

Isabella bajó la cabeza.

—Tienes derecho a odiarme.

Valentina soltó una risa temblorosa.

—Lo peor es que no te odio.

Las lágrimas comenzaron a recorrerle las mejillas.

—Y eso me da más rabia todavía.

Isabella se cubrió la boca con una mano.

Durante un instante, ninguna de las dos se movió.

Hasta que Valentina dio un paso adelante y la abrazó.

No fue un abrazo tranquilo.

Fue desesperado, doloroso, lleno de años perdidos y preguntas que ninguna de las dos sabía cómo responder.

Isabella la estrechó contra su pecho, acariciándole el cabello mientras lloraba en silencio.

—Perdóname —susurró una y otra vez—. Perdóname, mi amor.

Valentina cerró los ojos.

Por unos segundos volvió a sentirse pequeña.

Pero ya no era una niña.

Y, cuando se separó, tenía una pregunta que necesitaba hacer.

—¿Por qué no volviste?

Isabella la miró.

—Porque alguien me hizo creer que, si me acercaba a ti, morirías.

—¿Quién?

La expresión de Isabella cambió.

Miró a Dante.

Después, la puerta.

—No podemos hablar aquí.

Dante guardó la cinta en su chaqueta.

—Entonces iremos a un lugar seguro.

Isabella negó inmediatamente.

—No a una propiedad Moretti.

Él endureció la mandíbula.

—Señora De Luca, con todo respeto, no está en posición de elegir dónde podemos protegerla.

—Y tú sigues creyendo que proteger a alguien te da derecho a decidir por esa persona.

Dante se quedó callado.

Valentina lo miró de reojo.

Aquella frase le resultaba demasiado familiar.

—Tiene razón —dijo ella.

Dante giró la cabeza hacia su esposa.

—¿También tú?

—Especialmente yo.

Isabella observó a su hija y, por primera vez desde que había entrado, apareció una pequeña sonrisa en su rostro.

—Definitivamente eres mi hija.

—Eso parece —murmuró Valentina—. Aunque todavía no sé si debo alegrarme.

La sonrisa de Isabella desapareció poco a poco.

—Hay algo que debes saber antes de que salgamos de aquí.

Se acercó a la mesa y tomó la fotografía de Massimo con la recién nacida.

—La noche en que naciste, tres hombres llegaron al hospital.

Valentina volvió a ponerse seria.

—¿Quiénes?

—Massimo Moretti, Gabriel Russo y Adriano.

—¿Gabriel estaba allí?

—Sí.

Valentina sintió una punzada en el pecho.

Su padre de crianza también había formado parte de aquella historia desde el principio.

—¿Y Alessandro?

Isabella cerró los ojos.

—Tu padre llegó después.

—¿Por qué?

—Porque estaba intentando mantenerte con vida.

—Todos dicen que estaban intentando mantenerme con vida. Entonces, ¿quién quería matarme?

Isabella tardó demasiado en responder.

—Tu abuelo.

Valentina sintió un escalofrío.

—¿Augusto?

—Sí.




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