La esposa que el mafioso no debía amar

Capítulo 29 — La voz de un muerto

Capítulo 29 — La voz de un muerto

—No abras esa puerta.

La advertencia de Valentina salió en un susurro, pero Dante la escuchó perfectamente.

Él seguía apuntando hacia la entrada, con el cuerpo rígido y la mirada clavada en la cerradura.

—¿Quién te ha enviado ese mensaje? —preguntó.

—No lo sé.

—Enséñamelo.

Valentina le mostró la pantalla.

Dante examinó la fotografía. El hombre que aparecía de espaldas llevaba un abrigo negro. En el reflejo del cristal se distinguía el rostro de Augusto Rinaldi.

—Ese viejo desgraciado… —murmuró.

—¿Crees que es él quien está hablando?

—No lo sé.

Desde el otro lado, la voz volvió a sonar.

—Dante, hijo. Abre la puerta.

El arma tembló ligeramente en la mano de Dante.

Valentina lo notó.

Nunca lo había visto así.

Dante Moretti, el hombre que parecía capaz de mirar a la muerte a los ojos sin pestañear, acababa de escuchar la voz de su padre muerto.

—Dante —susurró ella.

Él no respondió.

—Mírame.

Dante giró lentamente la cabeza.

—No es él —dijo Valentina—. No puede ser él.

—Lo sé.

Pero su voz no parecía convencida.

—Mi padre está muerto —continuó—. Yo vi su cuerpo.

Isabella se acercó a la ventana, manteniéndose lejos de las cortinas.

—Entonces alguien ha conseguido una grabación de su voz.

—¿Una grabación? —preguntó Valentina.

—La Hermandad llevaba años recopilando información de sus miembros. Conversaciones, llamadas, reuniones. Si tienen suficientes grabaciones, pueden imitar la voz de una persona.

Dante apretó la mandíbula.

—¿Y para qué hacer esto?

Isabella miró la puerta.

—Para que abramos.

Tres golpes volvieron a resonar.

—Dante, sé que estás ahí. No tienes por qué seguir protegiendo a esa mujer.

Valentina sintió que la rabia desplazaba al miedo.

—¿Esa mujer? —murmuró—. Si ese imbécil pretende que abra la puerta insultándome, va a tener que esforzarse más.

Dante la miró de reojo.

En cualquier otra circunstancia, aquella respuesta le habría arrancado una sonrisa.

Pero no aquella noche.

—Aléjate de la entrada —ordenó.

Valentina levantó una ceja.

—¿No habíamos quedado en que dejarías de darme órdenes?

—Valentina, por favor. Esta vez no estoy intentando controlarte. Estoy intentando que no te disparen.

Ella sostuvo su mirada.

Después retrocedió, sin apartarse demasiado.

—Bien. Pero si alguien entra, no pienso quedarme escondida en una habitación mientras ustedes deciden mi destino.

Dante asintió.

—Lo sé.

La voz del exterior volvió a escucharse.

—Isabella, sé que estás ahí. Dile a tu hija que pregunte por el niño.

La madre de Valentina se llevó una mano a la boca.

—No…

Valentina se volvió hacia ella.

—¿Qué niño?

Isabella negó con la cabeza.

—No le hagas caso.

—Mamá, acabas de decirme que tuviste un hijo con Adriano. Ahora este hombre habla de un niño. Necesito saber qué está pasando.

—No es el momento.

Valentina cerró los ojos, agotada.

—Por favor, no vuelvas a decirme eso.

Isabella la miró.

Y esta vez, en lugar de esconderse detrás de otra excusa, decidió hablar.

—Cuando nació tu hermano, alguien cambió las etiquetas de las cunas del hospital. Durante varias horas creí que mi hijo estaba muerto, pero después una enfermera me dijo que había visto a un hombre sacar a un bebé por una puerta de servicio.

—¿Y nunca supiste quién era?

—No. La enfermera desapareció dos días después.

Dante miró hacia la puerta.

—¿Por qué no me lo habías contado?

Isabella lo miró con tristeza.

—Porque tu padre me aseguró que el niño había muerto. Y porque, si alguien descubría que seguía buscándolo, tú también habrías estado en peligro.

—¿Yo? —preguntó Valentina.

—Sí, mi amor. Tú.

La voz del exterior interrumpió la conversación.

—Se acabó el tiempo, Isabella.




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