La esposa que el mafioso no debía amar

Capítulo 30 — La mujer que todos llamaban tía

Capítulo 30 — La mujer que todos llamaban tía

—No puede ser Elena.

Dante pronunció aquellas palabras con tanta firmeza que, por un instante, pareció intentar convencerse a sí mismo.

Isabella seguía mirando la fotografía.

—No quería creerlo cuando descubrí la verdad.

—Elena es hermana de Isabella —dijo Valentina, confundida—. Es mi tía. ¿Cómo puede ser también la madre de ese hombre?

Isabella levantó los ojos.

—Porque Elena no siempre fue la mujer que tú conoces.

Dante dejó la fotografía sobre la mesa.

—Quiero una explicación. Ahora.

Su voz había recuperado aquella frialdad que utilizaba cuando estaba a punto de perder el control.

Isabella se sentó lentamente.

—Hace veintiséis años, Elena desapareció durante varios meses. Tuvo problemas con nuestra familia, especialmente con Augusto. Ella quería abandonar la Hermandad, pero había descubierto información que podía destruir a los Rinaldi.

—¿Qué información? —preguntó Valentina.

—Que la organización había dejado de ser un pacto entre familias. Augusto y otros miembros habían comenzado a utilizarla para controlar empresas, comprar voluntades y eliminar a quienes se interponían en su camino.

Dante apretó la mandíbula.

—Eso ya lo sabemos.

—No. Saben una parte. Elena descubrió que algunos miembros utilizaban a sus propios hijos como garantía para mantener los acuerdos. Si una familia intentaba abandonar la organización, sus hijos se convertían en rehenes.

Valentina sintió un escalofrío.

—¿Por eso querían llevarme cuando era bebé?

Isabella asintió.

—Tú eras importante por tu linaje. Pero no eras la única niña en peligro.

Dante volvió a mirar la fotografía.

—¿Y qué tiene que ver mi padre con Elena?

Isabella tardó unos segundos en contestar.

—Massimo se enamoró de ella.

Dante se quedó inmóvil.

—¿Mi padre estaba enamorado de Elena?

—Sí.

—¿Y nunca me lo contó?

—Massimo vivió toda su vida escondiendo las cosas que más le importaban.

Dante soltó una risa amarga.

—Parece que eso es lo único que heredé de él.

Valentina lo miró, pero no dijo nada.

Sabía que Dante estaba intentando procesar demasiadas revelaciones al mismo tiempo. Ella también lo estaba haciendo, y ni siquiera podía ordenar sus propios pensamientos.

—¿Gabriel Adriano es hijo de Elena y Massimo? —preguntó.

Isabella bajó la mirada.

—Eso es lo que indican las pruebas que encontré.

—¿Y por qué lo separaron de su madre?

—Porque Augusto descubrió la relación. Elena estaba embarazada cuando intentó abandonar la Hermandad. Massimo quería protegerla, pero no fue capaz de enfrentarse abiertamente a su padre.

Dante se apartó de la mesa.

—No. Mi padre jamás habría permitido que le quitaran un hijo.

Isabella lo miró con tristeza.

—Tu padre permitió muchas cosas que después pasó el resto de su vida intentando reparar.

Aquellas palabras le dolieron más de lo que Dante quiso admitir.

—¿Qué ocurrió con el bebé?

—Elena creyó que había muerto. Massimo le dijo que el niño no había sobrevivido al parto.

Dante cerró los ojos.

—¿Y tú sabías que estaba vivo?

—Lo sospeché años después. Encontré documentos falsificados y una fotografía. Pero nunca conseguí confirmar dónde estaba.

Valentina se levantó y comenzó a caminar por la habitación.

—Entonces hay dos niños desaparecidos, dos padres que mintieron y una familia que ha pasado décadas escondiendo documentos. ¿Hay algo más que debamos saber esta noche?

Nadie respondió.

Valentina se detuvo y miró a su madre.

—No me digas que todavía hay otra cosa.

Isabella apretó las manos sobre sus rodillas.

—Hay algo más.

Valentina dejó caer la cabeza hacia atrás.

—Por supuesto que sí.

Dante casi sonrió, pero la expresión de su rostro cambió cuando Isabella continuó.

—La noche en que Adriano murió, Elena estaba con él.

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Valentina se sentó de nuevo.

—¿Qué?

—Elena y Adriano habían descubierto que Augusto planeaba utilizar a los dos bebés para consolidar su poder. Tú serías la heredera visible de los Rinaldi, mientras que el hijo de Elena sería utilizado para controlar a los Moretti desde dentro.

Dante frunció el ceño.

—¿Cómo iban a hacerlo?

—Falsificando los registros. Haciendo que los niños crecieran creyendo que pertenecían a familias distintas. Separándolos de quienes conocían la verdad.

Valentina sintió que el estómago se le revolvía.

—¿Y Adriano intentó impedirlo?

—Sí. Quería sacar a todos los niños del alcance de la Hermandad.

—¿Por eso murió?

Isabella cerró los ojos.




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