
A las nueve y diecisiete de la mañana tengo a doce personas esperando que decida si debemos recomendar una inversión de cuarenta y ocho millones de dólares y a Daniel enviándome una fotografía de un croissant de chocolate.
La contradicción resume bastante bien mi vida.
Mantengo la mirada sobre la pantalla de la sala de reuniones mientras Sophie termina de exponer las proyecciones del tercer trimestre. Llevo casi dos años trabajando en Russo Group y seis meses dirigiendo este equipo; aun así, todavía existe una parte de mí que siente que todos pueden darse cuenta de que soy la hija de Vittorio Russo antes de recordar que también soy la mujer que preparó el análisis que tenemos delante.
Por eso trabajo más.
No porque mi padre me lo exija.
Probablemente estaría encantado si trabajara menos. Lo hago porque conozco los comentarios que acompañaron mi primer día en esta empresa.
La hija del dueño.
La niña Russo.
Veintiún años y una oficina que seguramente no merecía.
Entré como analista junior cuando terminé la universidad. Rechacé el despacho que mi padre quiso darme, acepté un cubículo y pasé los primeros meses haciendo trabajos que probablemente podría haber delegado solo para asegurarme de que nadie pudiera decir que estaba aquí por mi apellido.
Dos años después tengo un buen puesto, doce personas a mi cargo y demasiados correos sin responder.
Mi teléfono vuelve a vibrar.
DANIEL: Lo compré para ti.
No puedo evitar sonreír.
Lo pongo boca abajo antes de que alguien lo note.
—¿Evelyn?
Levanto la mirada.
Todos me observan.
—No me convence la proyección de crecimiento —digo—. Estamos usando el escenario optimista como base cuando debería ser nuestra mejor posibilidad. Quiero que recalculen con un doce por ciento menos y vuelvan a correr el modelo de riesgo.
Sophie asiente.
—¿Para cuándo?
Miro el reloj.
—Mañana a las tres.
Alguien intenta ocultar una mueca.
—Sé que me odian —añado—. Pueden hacerlo después de entregármelo.
Eso provoca algunas sonrisas y la tensión baja.
Cierro la carpeta.
—Buen trabajo. Revisamos nuevamente mañana.
Las sillas comienzan a moverse y las conversaciones reaparecen mientras guardamos nuestras cosas. Espero hasta que todos salen para mirar el teléfono.
Además de Daniel, hay un mensaje de mi padre.
PAPÁ: Ven a mi oficina a las 11.
Sin saludo.
Sin explicación.
Muy él.
Respondo con un pulgar arriba y abro la fotografía que Daniel me mandó.
Croissant, café y una nota escrita sobre una servilleta.
Cena. 8. No trabajes hasta las 10.
Sonrío.
YO: No prometo nada.
La respuesta llega inmediatamente.
DANIEL: Entonces voy a buscarte y te saco del edificio.
YO: Eso sería secuestro.
DANIEL: Tu padre probablemente me felicitaría.
Eso es posible.
Mi padre adora a Daniel.
O, al menos, nunca se ha opuesto a nuestra relación, que viniendo de Vittorio Russo es prácticamente una bendición papal.
Daniel y yo nos conocimos en la universidad. Primero compartimos amigos, después una materia optativa y finalmente una cantidad absurda de cafés hasta que dejó de tener sentido fingir que éramos solo amigos. Llevamos dos años juntos.
No vivimos juntos.
Todavía.
Pero tengo un cajón en su apartamento y él tiene demasiadas cosas en el mío para seguir llamándolas olvidos accidentales.
Nunca hablamos seriamente de matrimonio, aunque ambos sabemos hacia dónde vamos. O eso creo. A los veintitrés no tengo prisa. Quiero seguir creciendo en la empresa, viajar, tener una casa algún día, quizá hijos bastante después.
Con Daniel puedo imaginar todo eso sin sentir que tengo que decidirlo mañana.
A las diez cincuenta y ocho entro al ascensor para subir al último piso.
Mi padre ocupa prácticamente una esquina completa del edificio. Su asistente me deja pasar sin anunciarme.
—Está esperándote.
—Eso nunca es una buena señal.
Ella sonríe con compasión.
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Editado: 28.08.2026