La Esposa Que No Quería

05. Treinta días

Evelyn

Los primeros siete días después de Daniel son los peores.

No porque llore constantemente.

Sería más sencillo si lo hiciera.

El problema son las costumbres.

A las ocho de la mañana quiero escribirle para preguntarle si ya llegó.

A las doce miro automáticamente hacia el ascensor cuando sé que suele bajar por café.

El jueves compro dos bebidas antes de recordar que ya no necesito la segunda.

La tiro.

Después me enfado conmigo misma por desperdiciar café.

El dolor tiene formas ridículas.

Me refugio en el trabajo porque los números no traicionan a nadie.

Si un modelo está mal, existe una razón.

Si una proyección falla, puedo revisar variables.

Las personas son mucho menos ordenadas.

Durante la segunda semana dejo de revisar accidentalmente si Daniel está conectado.

Durante la tercera puedo escuchar su nombre en una reunión sin que se me cierre el estómago.

No hablamos.

Recursos Humanos reorganiza discretamente algunas líneas de reporte después de que mi padre se entera de lo ocurrido. Me enfado cuando lo descubro, pero no pido que lo reviertan.

No necesito demostrar fortaleza obligándome a compartir reuniones con mi exnovio.

Isabella Moretti aparece en mi vida el día doce.

Me escribe primero.

ISABELLA: Hola. Soy la hermana del hombre al que probablemente quieres asesinar.

Miro el mensaje durante diez segundos.

YO: Tendrás que ser más específica.

La respuesta tarda tres segundos.

ISABELLA: Me caes bien.

Nos vemos dos días después para tomar café.

Descubro que tiene veintiocho años, habla demasiado y parece disfrutar profundamente irritando a Dante.

—Quiero dejar algo claro —me dice mientras revuelve su café—. No necesito que seamos mejores amigas porque vas a casarte con mi hermano.

—Gracias a Dios.

Sonríe.

—Pero vas a vivir con nosotros y prefiero saber si eres una psicópata antes.

—Todavía no descartes nada.

—Excelente.

La conversación resulta sorprendentemente fácil.

No hablamos demasiado del matrimonio.

Le agradezco eso.

Dante aparece de formas mucho menos directas.

El día nueve participa en una videollamada sobre Patterson y se limita a asuntos laborales.

El día dieciséis coincidimos en una cena familiar y me pregunta cómo salió una presentación.

El día veinte aparece en Russo Group para reunirse con mi padre y me encuentra discutiendo con un director dos veces mayor que yo.

No interviene.

Eso me gusta.

Después, cuando el hombre se marcha, Dante se acerca.

—Pensé que ibas a lanzarle la carpeta.

—Lo consideré.

—¿Por qué no lo hiciste?

—Recursos Humanos.

—Sobrevalorados.

Lo miro.

Está completamente serio.

—No puedo saber cuándo bromeas.

—Eso mejora mis bromas.

—No.

Sigue caminando.

Yo sonrío después de que se va.

Me molesta.

No la sonrisa.

Que él la haya provocado.

El día veintitrés Daniel me espera en el estacionamiento.

Me detengo a varios metros.

—No deberías estar aquí.

—Solo quiero cinco minutos.

—Ya tuviste cinco.

—Necesito saber si realmente vas a hacerlo.

Sé a qué se refiere.

—Sí.

Su cara cambia.

—Evie.

—No me llames así.

Le duele.

A mí también.

—No puedes casarte con él por lo que hice.

—No voy a casarme con Dante por ti.

—Entonces di que no.

—Lo hice.

—Vuelve a hacerlo.

Respiro.




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