La Esposa Que No Quería

06. La prometida

Dante

A las siete y cuarenta de la noche, Evelyn todavía no lleva el anillo.

Está sobre una pequeña mesa en una de las salas privadas del hotel, dentro de la misma caja que Vittorio me enseñó semanas atrás, mientras cuatro personas discuten sobre fotografías, horarios y la cantidad exacta de información que recibirá la prensa.

Yo llevo escuchando aproximadamente ocho minutos.

Ya son siete de más.

—No habrá preguntas —digo.

El responsable de prensa de Russo Group levanta la mirada.

—Señor Moretti, sería conveniente permitir al menos...

—No.

—Dante.

Vittorio pronuncia mi nombre con advertencia.

Lo ignoro.

—Publican el comunicado, hacemos las fotografías y entramos al salón. No necesito que un periodista le pregunte a Evelyn delante de doscientas personas cómo se siente al comprometerse un mes después de terminar una relación de dos años.

Silencio.

Vittorio deja de discutir.

—Está bien.

El hombre anota algo.

—Sin preguntas.

Asiento.

No debería necesitar decirlo.

La noticia de la ruptura con Daniel no llegó a la prensa, principalmente porque Vittorio tiene suficiente influencia para conseguir que ciertas historias no avancen. Sin embargo, dentro de nuestro círculo demasiada gente sabe que Evelyn llevaba dos años con él.

Y demasiada gente sabe hacer cuentas.

No pienso convertirla en entretenimiento.

La puerta se abre.

Isabella entra primero.

—Antes de que digas algo, no fui yo quien tardó.

—No iba a decir nada.

—Claro.

Se aparta.

Y Evelyn entra detrás de ella.

La conversación se detiene.

No porque alguien lo ordene.

Simplemente ocurre.

Lleva un vestido negro.

No es particularmente llamativo hasta que la miro bien. Entonces descubro que tiene la espalda prácticamente descubierta y una abertura lateral que aparece cuando camina. El cabello cae suelto sobre sus hombros y lleva unos pendientes que reflejan la luz cada vez que mueve la cabeza.

Parece joven.

La idea aparece antes que cualquier otra.

Veintitrés.

Mierda.

Isabella me observa.

—¿Qué?

—Nada.

—Tienes esa cara.

—Esta es mi cara.

Evelyn llega hasta nosotros.

—¿Qué cara?

—La de siempre —respondo.

Isabella resopla.

—Cobarde.

—Puedes irte.

—No.

Evelyn mira la caja.

Su expresión cambia apenas.

Solo un segundo.

Después vuelve a ser la misma mujer que discutió conmigo cláusulas contractuales sin pestañear.

—¿Terminamos con la logística? —pregunta.

—Sí.

—¿Prensa?

—Fotografías. Sin preguntas.

Me mira.

—¿Eso estaba previsto?

—Ahora sí.

Entiende inmediatamente.

No me agradece.

Me alegra.

No quiero gratitud por algo que debería ser evidente.

Vittorio se acerca.

—Es hora.

Evelyn asiente.

Toma la caja.

—¿No vas a ponérselo? —pregunta Isabella.

La miro.

Ella levanta las manos.

—Era una pregunta.

Evelyn abre la caja.

—Puedo hacerlo.

Eso me molesta por algún motivo.

—Dámelo.

Levanta la vista.

—¿Qué?

Extiendo la mano.

—El anillo.

—Sé ponerme un anillo, Dante.

—Estoy seguro.

—Entonces...

—Hay fotógrafos esperando para registrar un compromiso. Si sales con el anillo puesto, parecerá que hicimos esto en un estacionamiento.




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