
Descubro que un diamante puede pesar muchísimo más de lo que indican los quilates.
Durante la primera semana de compromiso lo noto constantemente.
Cuando escribo.
Cuando tomo café.
Cuando conduzco.
Cuando me lavo las manos.
Cuando alguien mira mi dedo antes de mirarme a la cara.
El lunes después del anuncio encuentro seis arreglos florales en mi despacho.
—Hay otros cuatro abajo —me informa Sophie.
La miro.
—¿Por qué?
—Felicitaciones.
—¿Diez?
—Eres una Russo comprometida con un Moretti. Creo que esperan una fusión bancaria o el nacimiento de una monarquía.
Me río.
—Reparte las flores.
—¿Todas?
Miro la enorme composición blanca que ocupa media mesa.
—Déjame una antes de que mi madre descubra que regalé las suyas.
—Excelente estrategia.
Sophie empieza a sacar tarjetas.
—Hay una de los Moretti.
Me detengo.
—¿Dante?
—Dice Familia Moretti.
—Entonces probablemente no.
—Qué románticos son ustedes.
—No tienes idea.
Ella sonríe.
Todo el edificio parece saber ya que voy a casarme.
Lo que nadie sabe es que esta mañana discutí durante veinte minutos con mi abogado porque la versión final del acuerdo llegó a las siete y todavía quiero revisar una cláusula.
A las diez tengo reunión con mi equipo.
A las doce almuerzo con un proveedor.
A las tres debo revisar Patterson.
La boda puede esperar.
Eso se convierte en mi forma de atravesar el mes.
Trabajo.
Después boda.
Nunca al revés.
Mi madre protesta porque falto a dos pruebas de menú.
Voy a la del vestido porque aparentemente casarse sin uno sería problemático.
Isabella me acompaña.
Y ahí descubro que tener una futura cuñada puede ser bastante útil.
—Ese no —dice cuando salgo con el tercer vestido.
La asesora se queda horrorizada.
—¿Qué tiene?
—Parece que va a canonizarla.
Me miro en el espejo.
—Un poco.
—Muchísimo.
—La ceremonia es religiosa.
—No necesitas parecer una mártir para entrar a una iglesia.
La asesora parpadea.
Yo me río.
—Siguiente.
El cuarto tampoco.
El quinto me hace detenerme.
Es elegante sin hacerme parecer otra persona. La silueta es limpia, ajustada hasta la cintura y después cae de forma suave. La espalda queda parcialmente descubierta.
Isabella me observa a través del espejo.
—Ese.
—Sí.
No siento la emoción que probablemente debería.
No imagino a Dante esperándome.
No pienso en amor.
Solo sé que me gusta cómo me veo.
Y por ahora eso alcanza.
—¿Te molesta? —pregunta Isabella.
La miro.
—¿Qué?
—No estar emocionada.
La pregunta me sorprende.
—¿Debería?
—No.
Se acerca.
—Solo quiero que sepas que nadie en mi casa espera que finjas conmigo.
Algo dentro de mi pecho se afloja.
—Gracias.
—Con Dante sí. Quiero que lo tortures un poco.
Me río.
—Eso parece más fácil.
—Muchísimo.
Conozco realmente a Luca una tarde en la que Dante llega tarde.
Tenemos que revisar cuestiones de seguridad relacionadas con la boda y, por alguna razón que nadie consigue explicarme satisfactoriamente, eso requiere que me siente en una sala de la residencia Moretti durante una hora.
Es la primera vez que entro en la casa donde voy a vivir.
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Editado: 28.08.2026