
Me despierto cuando el automóvil se detiene.
Durante unos segundos no recuerdo dónde estoy.
Después veo a Dante a mi lado.
Mi vestido.
El anillo.
Ah.
Estoy casada.
Qué extraño pensamiento para tener medio dormida.
—Llegamos —dice.
—Lo noté.
Busco mis zapatos.
—Déjalos.
—Tengo que caminar.
Dante abre su puerta.
—Existen soluciones.
No comprendo hasta que rodea el automóvil y abre la mía.
—No.
—¿Qué?
—No me cargues.
—No dije que fuera a hacerlo.
—Lo estabas pensando.
—Estaba pensando que puedes caminar descalza.
Lo miro.
—Te odio un poco.
—Eso parece manejable.
Tomo los zapatos y bajo.
La casa Moretti ya no me resulta completamente desconocida.
Parte de mis cosas llegó ayer.
Isabella está quedándose con una amiga esta noche, lo cual sospecho que fue deliberado.
No era necesario.
No habrá noche de bodas.
Eso quedó implícito desde el principio.
Subimos.
Dante se detiene frente a mi dormitorio.
—¿Necesitas algo?
—Probablemente una grúa para quitarme este vestido.
Me mira.
Yo también.
—No era una invitación.
—Lo supuse.
—Bien.
—Puedo llamar a alguien del personal.
Miro el reloj.
Casi la una.
—No voy a despertar a nadie.
—Entonces tendrás que resolverlo.
—Gracias por la ayuda.
—Siempre.
Estoy a punto de entrar cuando recuerdo que todavía no hemos hablado realmente de cómo funcionará esto ahora.
—Dante.
Se detiene.
—¿Qué?
—Deberíamos hablar.
Mira mi vestido.
—¿Ahora?
—Antes de empezar a convivir sin saber qué espera el otro.
Eso parece convencerlo.
Entramos a mi habitación.
Es extraño verlo aquí.
Demasiado grande.
Demasiado oscuro dentro de un espacio que ya tiene mis libros, mis perfumes y una manta rosa que Isabella colocó sobre una silla diciendo que su hermano necesitaba «exposición terapéutica al color».
Dante se sienta en un sillón.
Yo permanezco de pie.
—Ya hablamos de parte —dice.
—Quiero confirmar que nada cambió porque ahora existe un certificado.
—No cambió.
—Habitaciones separadas.
—Sí.
—Mi trabajo.
—Ya lo discutimos.
—Quiero escucharlo ahora.
Su expresión se vuelve seria.
—Vas a seguir trabajando.
—Con el mismo horario.
—Evelyn.
—¿Qué?
—No voy a pedirte que renuncies.
—Ni reducir mis responsabilidades.
—No.
—Ni trabajar desde casa porque soy tu esposa.
—No.
Lo observo.
—¿Ni cuando tengamos eventos?
—Si existe una obligación importante, coordinamos. No voy a utilizar un matrimonio que yo también acepté por conveniencia para destruir una carrera que construiste antes de mí.
La respuesta es más completa de lo que esperaba.
—Bien.
—¿Algo más?
—Mi dinero.
—Es tuyo.
—Mis cuentas.
—Tuyas.
—No quiero una asignación.
Dante frunce el ceño.
—No iba a darte una asignación.
—Bien.
—Tendrás acceso a cuentas de la casa porque vives aquí. Eso no reemplaza tu dinero.
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Editado: 28.08.2026