La Esposa Que No Quería

11. Vidas separadas

Evelyn

Casarme con Dante no cambia mi vida tanto como esperaba.

Al menos no durante el primer mes.

Sigo despertándome a las seis y media. Sigo llegando a Russo Group antes de las ocho la mayoría de los días. Sigo teniendo doce personas a cargo, un padre que cree que mi agenda es una sugerencia y un equipo que ha aprendido que aparecer en mi oficina a las cinco de la tarde con una urgencia que conocían desde el mediodía puede ser peligroso.

La diferencia es que ahora salgo de una casa que parece demasiado grande para tres personas y regreso a ella con un apellido nuevo en los documentos legales.

Moretti.

Todavía no lo utilizo profesionalmente.

Cuando Recursos Humanos pregunta si quiero modificar mi correo electrónico, mi tarjeta y la placa de mi despacho, respondo que no.

Soy Evelyn Russo en Russo Group.

No por rechazo a Dante.

Porque ese nombre estaba sobre mi puerta antes de que él apareciera en mi vida.

Dante no hace ningún comentario cuando se entera.

Mi padre sí.

—Legalmente eres Moretti.

—Legalmente también sigo siendo Russo.

—No dije que no.

—Entonces estamos de acuerdo.

Mi padre me observa durante unos segundos.

—Cada vez discutes más.

—Cada vez dices más cosas discutibles.

Amelia, sentada al otro extremo de la mesa, tose para esconder una risa.

Mi padre la mira.

—¿Algo?

—Nada.

—Exactamente.

Cuando sale de la sala, Amelia gira hacia mí.

—Me das miedo.

—Bien.

—Antes no le hablabas así.

Cierro mi computadora.

—Antes tampoco había decidido casarme sin preguntarme.

—Punto válido.

Seguimos trabajando.

Eso es lo que mejor sé hacer.

Mi vida social tampoco desaparece.

La primera vez que aviso que voy a salir a cenar con mis amigas, lo hago más por cortesía que porque crea necesitar permiso.

Estamos en la cocina.

Dante lee algo en su teléfono.

Isabella intenta convencer a Luca de acompañarnos.

—No —dice él por cuarta vez.

—¿Por qué?

—Porque tengo dignidad.

—No parece.

—También tengo trabajo.

—Es viernes.

—Los criminales no descansan los viernes.

Dante levanta la mirada.

—Isabella.

—¿Qué?

—No digas criminales tan alto.

Ella señala a Luca.

—Él empezó.

—Yo no dije nada.

Estoy sirviéndome agua cuando decido mencionarlo.

—Esta noche voy a cenar con Amelia, Brooke y Rachel.

Dante continúa mirando la pantalla.

—Bien.

Espero.

Nada.

—Después probablemente vayamos a algún bar.

Ahora sí levanta la vista.

—¿Con seguridad?

—Luca dijo que Daniel va conmigo.

Luca frunce el ceño.

—¿Daniel?

Me quedo quieta.

—David.

Maldito cerebro.

Hace semanas que no digo ese nombre en voz alta y aun así aparece cuando menos lo necesito.

Luca no reacciona.

Isabella tampoco.

Dante sí.

Solo una tensión mínima en la mandíbula.

—David —corrijo—. Uno de los hombres de seguridad.

—Sí —dice Luca—. Ya está organizado.

Dante vuelve al teléfono.

—Bien.

Eso es todo.

No pregunta dónde.

No pregunta quién más estará.

No me dice a qué hora volver.

Exactamente como acordamos.

Debería sentir alivio.

Lo siento.

También algo parecido a incomodidad, aunque no consigo identificar por qué.

Probablemente porque sigo esperando que convivir con un marido se sienta diferente de convivir con un hermano muy grande, muy serio y ocasionalmente armado.




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