La Esposa Que No Quería

12. ¿No vas a preguntar?

Dante

Debería haber aprendido la primera vez.

No lo hago.

La culpa es parcialmente de Bianca.

—No te muevas.

—Bianca.

—Un segundo.

Siento su boca en mi cuello.

La aparto cuando comprendo qué está haciendo.

—No.

Ella sonríe.

—¿Qué?

—Marcas no.

—¿Desde cuándo?

No respondo inmediatamente.

Desde que mi esposa empezó a verlas.

Eso sería absurdo.

—Desde ahora.

Bianca me observa con interés.

—¿Tu esposa se quejó?

—No.

—Entonces ¿por qué importa?

Buena pregunta.

Me levanto.

—Tengo una reunión temprano.

Bianca se apoya sobre las almohadas.

—Son las once.

—Precisamente.

—Antes nunca te preocupaba la hora.

—Ahora sí.

Otra mirada.

No me gusta.

Tomo la camisa.

—¿Está funcionando el matrimonio?

—Define funcionando.

—¿Duermes con ella?

La miro.

—Eso no es asunto tuyo.

Bianca sonríe.

—Entonces no.

Abrocho la camisa.

—Buenas noches.

—Dante.

Me detengo junto a la puerta.

—¿Sí?

—Estás diferente.

—No.

—Claro.

Salgo.

Regreso a casa pasada la medianoche.

Evelyn está en la cocina.

Otra vez.

No sé por qué siempre aparece cuando menos conveniente resulta.

Lleva un pantalón de pijama a cuadros y una sudadera enorme.

Está comiendo algo directamente de un recipiente mientras mira su teléfono.

Levanta la cabeza.

—Hola.

—Hola.

Su mirada baja.

No al cuello primero.

A mi camisa.

Después al cuello.

La marca es más evidente que la anterior.

Lo sé porque la vi en el espejo del ascensor.

Espero.

Ella vuelve al teléfono.

—Hay pasta si tienes hambre.

Eso es todo.

—¿Ya cenaste?

—Hace horas.

—Entonces ¿qué comes?

—Pastel.

—En un recipiente.

—La vajilla no modifica el sabor.

Me acerco.

—¿Isabella?

—Durmiendo.

—¿Luca?

—No vive aquí.

—Lo sé.

—Preguntaste como si pudiera aparecer del armario.

No respondo.

Evelyn toma otra cucharada.

La marca sigue ahí.

Imposible no verla.

—¿No vas a preguntar?

La frase sale antes de que pueda detenerla.

Ella levanta la cabeza.

—¿Qué?

Mierda.

—Nada.

Sus ojos van directamente a mi cuello.

Entiende.

—¿Por eso?

—Solo pregunté.

—¿Quieres que pregunte?

—No.

—Entonces estamos bien.

Vuelve al pastel.

La irritación aparece inmediatamente.

—¿No te causa curiosidad?

Ahora sí deja el teléfono.

—Sé dónde estuviste.

—No sabes.

—No necesito un informe geolocalizado, Dante.

—Podría haber estado en una reunión.

Mira mi cuello.




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