La Esposa Que No Quería

15. La mañana siguiente

Evelyn

No entiendo por qué Dante actúa extraño.

Eso es lo primero que pienso mientras el ascensor baja hacia el vestíbulo.

No estoy enfadada.

Debería estarlo, quizá.

Al menos eso parece esperar él.

Pero no lo estoy.

Ver a Bianca en la casa fue incómodo.

Eso sí.

No porque piense que Dante me pertenece.

No me pertenece.

Tampoco porque verla con una mano sobre él haya despertado una revelación repentina.

No ocurrió.

Simplemente no esperaba encontrar a la amante de mi marido en el salón después de una cena de trabajo.

Hay situaciones para las que nadie te prepara.

Esa es una.

Pero Dante no rompió ninguna regla.

Él fue transparente desde el principio.

No prometió fidelidad.

No fingió sentimientos.

Y, después de Daniel, esa honestidad sigue teniendo un valor extraño para mí.

Prefiero saber exactamente qué lugar ocupo.

Incluso si ese lugar todavía no se parece demasiado al de una esposa real.

La junta sale bien.

Muy bien.

Estoy compitiendo oficialmente por la dirección de Estrategia y esta presentación forma parte de la evaluación.

Tres directores externos.

Dos miembros del comité.

Mi padre no participa.

Eso fue condición mía.

Durante noventa minutos explico una estrategia de expansión, respondo preguntas y defiendo dos escenarios que sé que van a cuestionar.

Cuando salgo, Amelia está esperando.

—¿Y?

—No sé.

—Mentira.

—Bien.

—¿Bien de supervivencia o bien de voy a gobernar el mundo?

Sonrío.

—Tal vez lo segundo.

Me abraza.

—Sabía.

—Todavía no gané.

—Detalles.

Regreso a mi despacho.

Hay un mensaje.

DANTE: ¿Terminó?

Me quedo mirando la pantalla.

No recuerdo haberle dicho a qué hora terminaba.

YO: Sí.

La respuesta llega.

DANTE: ¿Cómo salió?

YO: Bien.

Pausa.

DANTE: Eso dices cuando no quieres dar detalles.

Sonrío.

YO: Salió muy bien.

DANTE: Mejor.

No sé por qué esa conversación diminuta consigue alegrarme más que debería.

Guardo el teléfono.

Vuelvo a trabajar.

Cuando regreso a casa esa noche, Dante está cenando con Isabella y Luca.

Me detengo en la puerta del comedor.

—¿Por qué Luca vive aquí ahora?

Él levanta la cabeza.

—Alguien tiene que impedir que tu marido tome malas decisiones.

Dante lo mira.

—¿Quieres conservar tu empleo?

—Muchísimo.

Isabella señala una silla.

—Siéntate.

—Ya cené.

—No importa.

Me siento.

Dante me mira.

—¿Entonces?

—¿Qué?

—La junta.

Isabella se gira.

—¿Era hoy?

—Sí.

—¡No dijiste nada!

—Porque te ibas a poner así.

—¿Así cómo?

—Así.

Luca sonríe.

—Argumento sólido.

—Salió bien —digo—. Muy bien.

Isabella aplaude una vez.

—Sabía.

—Todo el mundo parece saber cosas antes que yo últimamente.

La frase sale sin pensar.

Silencio.

No era por el matrimonio.

No completamente.




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