La Esposa Que No Quería

16. Nunca más Bianca

Dante

Bianca me escribe el martes a las diez y catorce de la noche.

No es la primera vez desde que vino a casa.

Tampoco es la primera que ignoro.

Estoy sentado en mi despacho con un informe abierto delante de mí y el teléfono a un costado.

La pantalla se ilumina, su nombre aparece y desaparece unos segundos después sin que toque nada.

BIANCA: ¿Estás ocupado?

Sí.

Podría responder eso.

Sería cierto.

Tengo una reunión temprano, tres asuntos que resolver y un problema con los Bellini que lleva dos días ocupando demasiado de mi tiempo.

Pero también sé que, hace un mes, habría encontrado una hora.

No porque estuviera particularmente interesado en verla. Porque así funcionaba nuestra relación.

Yo llamaba cuando quería.

Ella hacía lo mismo.

Si ambos estábamos disponibles, nos encontrábamos.

Sencillo.

Durante años consideré esa simplicidad una virtud.

Ahora miro el mensaje y no siento ninguna necesidad de contestar.

Lo dejo.

Cinco minutos después llega otro.

BIANCA: Hace tiempo que no sé nada de ti.

Eso debería obligarme a decir algo.

No lo hace.

La última vez que la vi fue en esta casa, la misma noche en que Evelyn regresó de una cena de trabajo, nos encontró juntos y se marchó a dormir como si la escena no mereciera siquiera alterar su rutina.

No pasó nada con Bianca esa noche.

Eso no importa.

La intención estaba.

La invité.

Mi esposa la vio.

Y desde entonces cada vez que pienso en volver a verla recuerdo la misma imagen: Evelyn agotada, de pie en el vestíbulo, mirándonos durante dos segundos antes de decir que tenía una junta a las ocho.

No estaba herida.

No estaba celosa.

No estaba furiosa.

Simplemente no le importó lo suficiente.

Aprieto la mandíbula.

Mierda.

El problema no es Bianca.

Eso ya lo sé.

El problema es que no quiero verla.

Y todavía no estoy dispuesto a pensar demasiado en la razón.

Guardo el teléfono en un cajón.

Vuelvo al informe.

A los pocos minutos escucho una risa en el pasillo.

Evelyn.

Levanto la mirada automáticamente.

Después vuelvo a bajarla.

Continúo leyendo.

Otra risa.

Esta vez Luca responde algo.

Miro la hora.

Diez y veintisiete.

¿Qué demonios hace Luca aquí?

Me pongo de pie.

No porque me interese.

Necesito agua.

Hay un bar dentro de mi despacho.

Lo ignoro.

Los encuentro en la cocina.

Evelyn está sentada sobre una de las banquetas con una computadora abierta delante.

Luca ocupa otra. Isabella está apoyada contra la encimera comiendo uvas.

Los tres me miran cuando entro.

—¿Qué? —pregunto.

—Nada —dice Isabella.

Esa palabra empieza a irritarme.

Voy hacia el refrigerador.

—¿Por qué están despiertos?

Evelyn parpadea.

—Son las diez y media, Dante.

—Trabajas mañana.

—Tú también.

—Yo no necesito dormir ocho horas.

Luca murmura:

—Eso explica tu personalidad.

Lo miro.

—¿Quieres irte?

—No.

—Entonces cállate.

Evelyn sonríe.

—Estamos revisando mi presentación.

Eso consigue que mi atención cambie.

—¿La de Estrategia?

—Sí.

El proceso final es dentro de una semana.

Sé la fecha.

No debería.




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