La Esposa Que No Quería

18. Una cita

Dante

Me entero por Isabella.

Naturalmente.

No porque Evelyn me lo cuente.

Eso ya debería ser suficiente para que no me importe.

Estoy terminando de cenar cuando mi hermana entra en el comedor mirando el teléfono.

—Nate Calloway invitó a salir a Evie.

Mi tenedor se detiene.

Luca, sentado a mi derecha, deja lentamente su vaso.

—Isabella.

Ella levanta la vista.

—¿Qué?

—¿Por qué sabes eso?

—Porque me lo contó.

—¿Cuándo?

—Hoy.

—¿Por qué?

—Porque somos amigas, Dante. Es un concepto.

La miro.

—¿Qué respondió?

Isabella sonríe.

No me gusta.

—¿Te interesa?

—No.

—Entonces no importa.

—Isabella.

—Le dijo que no.

Algo en mi pecho se relaja.

Inmediatamente me enfado por haberlo notado.

—Bien.

Luca tose.

—¿Qué?

—Nada.

—Los dos están haciendo caras.

Isabella se sienta.

—La parte interesante es que Calloway sabe perfectamente que está casada.

La irritación vuelve.

—¿Qué significa eso?

—Que sabe cómo empezó el matrimonio.

—No sabe nada.

—Dante, medio círculo financiero sabe que fue una alianza.

—Eso no significa que mi esposa esté disponible.

Silencio.

Luca mira su plato.

Isabella me observa con una satisfacción peligrosa.

—Ah.

—No.

—No dije nada.

—Lo estás pensando.

—Muchísimo.

Me levanto.

—¿Dónde está Evelyn?

—Arriba.

—¿En su dormitorio?

—¿Dónde más?

No respondo.

Salgo.

Luca murmura algo que no alcanzo a escuchar.

Mejor.

Golpeo la puerta de Evelyn.

—Pasa.

Entro.

Está sentada frente a su escritorio con el cabello recogido y unos lentes que no sabía que utilizaba.

Me detengo.

—¿Desde cuándo usas lentes?

Evelyn levanta la cabeza.

—Hola, Dante.

—Hola.

—Desde la universidad.

—Nunca te vi con ellos.

—Porque generalmente uso lentes de contacto.

—Ah.

Me mira.

—¿Viniste a hacer un inventario de mis problemas visuales?

—No.

Me saco las manos de los bolsillos.

—Calloway te invitó a salir.

Su expresión cambia lentamente.

No a culpa.

A comprensión.

—Isabella.

—¿Qué respondió?

—¿A Nate?

—Sí.

—No.

Otra vez esa satisfacción absurda.

—Bien.

Evelyn se quita los lentes.

—¿Eso era todo?

—¿Por qué te invitó?

Parpadea.

—Porque quería salir conmigo, supongo.

—Sabe que estás casada.

—Sí.

—Entonces ¿por qué considera apropiado invitarte?

—Tendrías que preguntarle.

—Podría.

—Dante.

El tono es advertencia.

—¿Qué?

—No.

—No dije nada.

—Tienes esa cara.

—Esta es mi cara.

—Ya no funciona.

Me acerco.




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