La Esposa Que No Quería

19. Una noche afuera

Evelyn

Dante intenta no preguntar adónde voy el sábado.

Dura aproximadamente cuarenta segundos.

Estoy desayunando con Isabella cuando entra en la cocina.

Lleva ropa deportiva.

Eso es suficientemente extraño como para que lo mire dos veces.

—¿Corres?

—Sí.

—Nunca te vi.

—Porque no me sigues por la casa.

—Gracias por la imagen perturbadora.

Isabella bebe café.

—Evie sale esta noche.

Dante se sirve agua.

—Lo sé.

Lo miro.

—No te dije.

—Isabella habla.

—Traición —murmuro.

—No fue secreto.

Dante bebe.

Se queda.

No pregunta.

Yo tampoco lo ayudo.

Finalmente:

—¿Cena?

Sonrío.

—Sí.

—¿Con quién?

Isabella empieza a mirar su teléfono con demasiado interés.

—Amelia, Brooke, Rachel y algunos amigos.

—¿Qué amigos?

—Personas.

—Muy específico.

—No sabía que necesitabas currículums.

Su mandíbula se tensa.

—No los necesito.

—Perfecto.

Vuelvo a desayunar.

Cinco segundos.

—¿Calloway?

Levanto la mirada.

—No está invitado.

Algo cambia.

—Bien.

—Dios.

—¿Qué?

—Nada.

Dante frunce el ceño.

—Esa palabra es mía.

—Ahora es comunitaria.

Isabella ríe.

Dante mira mi ropa.

Todavía llevo pijama.

—¿Dónde van?

—No sé.

—¿Cómo no sabes?

—Porque Brooke organizó.

—Entonces pregúntale.

—No.

—Evelyn.

—Dante.

Silencio.

—David va contigo.

—Sí.

—Bien.

Se marcha.

Isabella espera hasta que desaparece.

Después me mira.

—Eso fue fascinante.

—No empieces.

—Está celoso.

—Está confundido.

—Eso es una forma optimista de describirlo.

—Isabella.

—No estoy haciendo de Celestina.

—Bien.

—Solo tengo ojos.

Yo también.

Ese es el problema.

La cena empieza a las nueve.

El bar llega después.

Llevo un vestido negro corto, botas altas y una chaqueta de cuero que Isabella insistió en prestarme porque, según ella, «un Moretti tiene que aportar algo útil al matrimonio».

No pienso en Dante mientras me arreglo.

Otra mentira.

Pienso en su cara si me viera.

Eso me irrita.

No debería importarme.

Nos encontramos en un restaurante de Soho.

Somos siete.

Dos parejas, Amelia, Brooke y yo.

Rachel llega después.

Cenamos.

Bebemos vino.

Me río más de lo que esperaba.

Por primera vez en semanas no siento que mi vida esté organizada alrededor de un contrato, un marido o una posición nueva.

Simplemente soy Evelyn.

Después vamos a un club.

Y ahí aparece Nate.

No está solo.

Viene con otros tres hombres y dos mujeres.

Nos ve prácticamente al mismo tiempo que yo.

Sonríe.

—Esto parece una conspiración.




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