
Mi marido está actuando extraño.
Más extraño de lo habitual.
Empieza un miércoles con comida.
Estoy en mi despacho a las ocho y veinte de la noche, revisando un informe que debería haber terminado dos horas atrás, cuando Sophie aparece en la puerta.
—Tu marido mandó esto.
Levanto la cabeza.
—¿Qué?
Ella señala una bolsa sobre su escritorio.
—Comida.
Parpadeo.
—¿Dante?
—A menos que tengas otro marido.
—No.
—Entonces Dante.
Me levanto.
Dentro hay comida tailandesa.
No cualquier cosa.
Pad thai del restaurante que Isabella y yo pedimos siempre en casa.
También hay agua.
Y café.
Solo.
Sin leche.
Miro el vaso.
Después el reloj.
Después a Sophie.
—¿Qué?
—Nada.
—Estás haciendo una cara.
—¿Qué cara?
—Una de esas.
—No sé de qué hablas.
Sonríe.
—Tu marido te envió cena.
—Sí.
—A tu oficina.
—Estoy viendo lo mismo que tú.
—Qué romántico.
—No.
La palabra sale demasiado rápido.
Sophie levanta las manos.
—No dije nada.
—Lo dijiste.
—Voy a dejarte con tu crisis.
Se marcha.
Miro la bolsa otra vez.
Hay un mensaje.
DANTE: Come.
Pongo los ojos en blanco.
YO: Gracias por la orden.
La respuesta llega casi inmediatamente.
DANTE: De nada.
Sonrío.
No debería.
YO: ¿Cómo sabías qué pedir?
Pausa.
DANTE: Presto atención.
Me quedo mirando esas dos palabras.
Algo se mueve dentro de mí.
Pequeño.
Incómodo.
Lo ignoro.
Como.
• • •
Después viene el café.
No una vez.
Varias.
El lunes siguiente bajo a la cocina y encuentro una taza preparada junto a mi bolso.
Dante está leyendo el teléfono.
—¿Esto es mío?
—No. Es para un fantasma.
—Preguntaba porque nunca haces café.
—Sé utilizar una máquina.
—Estoy sorprendida.
Lo pruebo.
Café con leche.
Exactamente como lo tomo por la mañana.
—¿Qué quieres?
Levanta la vista.
—¿Qué?
—Algo quieres.
—¿Por hacer café?
—Tú no haces café.
—Ahora sí.
Lo observo.
No parece estar bromeando.
—Gracias.
—De nada.
Al día siguiente ocurre otra vez.
El miércoles también.
El jueves no.
Y por alguna razón noto la ausencia.
Eso me molesta más que la presencia.
• • •
Después aparecen los mensajes.
No constantes.
Dante no se transforma de pronto en una persona que envía veinte mensajes al día.
Sigue siendo Dante.
Pero ahora pregunta.
¿Terminó la reunión?
¿Cómo salió?
¿Vas a llegar a cenar?
¿Necesitas que David te busque?
Al principio respondo lo mínimo.
Después empiezo a contestar más.
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Editado: 19.09.2026