
Cometo el error un martes.
Isabella dirá después que intentó advertirme.
Eso es mentira.
No estaba allí.
Luca dirá que cualquier hombre razonable habría entendido que cincuenta rosas eran excesivas.
Eso también es discutible.
El problema empieza cuando escucho a dos hombres hablar en una reunión.
Uno menciona que olvidó su aniversario y tuvo que enviar flores.
El otro dice que las flores siempre funcionan.
Información útil.
Directa.
Mucho más sencilla que «presta atención».
Así que cuando salgo, llamo a una floristería.
—Quiero rosas.
—Por supuesto, señor. ¿Cuántas?
No sé.
Una docena parece poco.
Veinticuatro, arbitrario.
—Cincuenta.
Silencio.
—¿Cincuenta rosas?
—Eso dije.
—¿Rojas?
Pienso.
Rojas significa algo.
No sé exactamente cuánto.
—Sí.
—¿Alguna tarjeta?
Otra pausa.
—Dante.
—¿Perdón?
—Ponga Dante.
—¿Solo su nombre?
—Sí.
La mujer parece confundida.
No me importa.
Hasta que las flores llegan.
• • •
Evelyn me llama a las tres y doce.
No escribe.
Llama.
Eso debería ser una advertencia.
—¿Qué?
—Dante.
—Sí.
—¿Me enviaste flores?
—Sí.
Silencio.
—¿Cincuenta?
—Aproximadamente.
—No son aproximadamente. Sophie las contó.
¿Por qué demonios las contó?
—Entonces cincuenta.
—¿Por qué?
—Porque son flores.
—Sé qué son.
—Entonces no entiendo la pregunta.
Escucho un suspiro.
—Mi despacho parece el escenario de una propuesta matrimonial.
—Ya estamos casados.
—Precisamente.
No parece encantada.
Eso no estaba previsto.
—¿No te gustan?
Otra pausa.
—Son hermosas.
—Pero.
—Son cincuenta rosas rojas, Dante.
—Sí.
—Todo mi piso cree que hiciste algo terrible.
Frunzo el ceño.
—¿Por qué?
—Porque ningún marido manda cincuenta rosas rojas un martes sin motivo.
—Yo sí.
—Ese es el problema.
No comprendo.
—¿Quieres que las retire?
—No.
—Entonces...
—Gracias.
No suena como cuando agradeció el libro.
Mierda.
—No te gustaron.
—No dije eso.
—Lo escucho.
Silencio.
—Son demasiado.
Ah.
Demasiado.
Isabella.
No conviertas esto en una operación.
—Entendido.
—Dante.
—¿Qué?
Su voz se suaviza.
—No estoy enfadada.
—Bien.
—Solo... no necesitas hacer esto.
Eso es peor.
—Tengo que irme.
Cuelgo.
Miro a Luca.
Está sentado al otro lado del automóvil.
—No.
—No dije nada.
—Lo estás pensando.
—Muchísimo.
—Cállate.
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Editado: 19.09.2026