La Esposa Que No Quería

25. Ven aquí

Dante

Hay días malos.

Y después hay días en los que antes de las nueve de la mañana ya sabes que alguien terminará lamentando haberse levantado.

Este es uno de esos.

El problema empieza con una ruta.

Después un cargamento.

Después una llamada desde Boston.

A las once tengo a Luca discutiendo conmigo.

A la una, dos abogados.

A las tres, Vittorio Russo llama por un asunto completamente distinto que normalmente resolvería en diez minutos y hoy me lleva cuarenta.

A las seis descubro que uno de los hombres en quien confiaba desde hace siete años ha estado vendiendo información.

Eso cambia el día.

A las nueve y media finalmente entro en casa.

Tengo dolor de cabeza.

No comí desde el mediodía.

Llevo casi treinta horas sin dormir correctamente.

Y todavía estoy furioso.

No una furia explosiva.

Peor.

La clase que se instala detrás de los ojos y convierte cada sonido en una provocación.

Luca entra detrás de mí.

—Come.

—Vete.

—Dante.

—Tu madre.

—Está bien.

—Entonces ve a verla.

—Puedo quedarme.

Me giro.

—Luca.

Levanta las manos.

—Bien.

Se marcha.

Entro al salón.

Vacío.

Mejor.

Subo.

No llego al primer escalón.

—¿Dante?

Cierro los ojos.

Evelyn.

Está en la biblioteca.

Aparece en la puerta con un libro en la mano.

Lleva pantalones de pijama y una camiseta.

—Hola.

—Hola.

Debería subir.

No quiero hablar.

No quiero que me pregunte.

No quiero descargar este día sobre ella.

—¿Qué pasó?

Por supuesto.

—Nada.

Me mira.

—No.

—Evie.

—Tienes sangre en la camisa.

Bajo la vista.

Mierda.

No es mía.

Eso no mejora la situación.

—Estoy bien.

Evelyn deja el libro.

—No pregunté si estabas bien.

—No quiero hablar.

Su expresión cambia.

—Está bien.

Eso es todo.

No insiste.

No pregunta de quién es la sangre.

No intenta seguirme.

Camino hacia las escaleras.

Subo dos escalones.

Me detengo.

No sé por qué.

Miro hacia atrás.

Evelyn sigue allí.

No se marchó.

Tampoco se acerca.

Simplemente espera.

Y algo dentro de mí cede.

No de forma dramática.

Solo estoy cansado.

Demasiado.

De decisiones.

De hombres.

De violencia.

De tener que pensar cinco movimientos por adelantado.

De que todo el mundo espere que yo sepa qué hacer.

Evelyn no espera nada.

Eso es probablemente lo que me hace volver.

Bajo.

Ella me observa acercarme.

—¿Qué?

No respondo.

Me detengo frente a ella.

Muy cerca.

Evelyn levanta ligeramente la cabeza para mirarme.

—Dante.

—Ven aquí.

Frunce el ceño.

—Estoy aquí.

No sé explicar lo que quiero.




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