
Descubro que abrazar a Dante Moretti tiene consecuencias.
No inmediatas.
No dramáticas.
Peores.
Al día siguiente empieza a hacerlo otra vez.
La primera vez pienso que es casual.
Estoy en la cocina preparando café cuando aparece detrás de mí, todavía vestido para trabajar, aunque son casi las nueve de la noche. Apenas alcanzo a preguntarle cómo estuvo su día antes de que me tome de la cintura y me acerque.
—Hola —digo, sorprendida.
—Hola.
Eso es todo.
Sus brazos se cierran alrededor de mí y su cara desaparece junto a mi cuello.
Me quedo inmóvil con la cuchara en una mano.
—¿Dante?
—Un minuto.
Ah.
Comprendo.
Dejo la cuchara.
Apoyo las manos sobre sus antebrazos.
No pregunto.
Después de la noche anterior empiezo a reconocerlo.
La tensión en sus hombros.
La respiración demasiado profunda.
La manera en que su cuerpo parece necesitar unos segundos para aceptar que está en casa y que no tiene que resolver nada.
—¿Día difícil?
—Personas estúpidas.
—Eso parece grave.
—Lo es.
Sonrío.
Su respiración mueve algunos mechones junto a mi cuello.
—¿Quieres café?
—No.
—¿Comiste?
Silencio.
—Dante.
—Sí.
—¿Eso fue verdad?
—No.
Cierro los ojos.
—Eres imposible.
—Me dijeron.
—Siéntate.
No me suelta.
—Dante.
—Todavía no.
Mi sonrisa aparece antes de que pueda impedirlo.
—¿Cuánto dura un minuto en tu mundo?
—Depende.
—Eso no es cómo funcionan los minutos.
—Ahora sí.
Me quedo.
Porque no me molesta.
Eso debería preocuparme.
No lo hace lo suficiente.
• • •
Después empieza a ocurrir en momentos que no tienen nada que ver con días difíciles.
Estoy hablando con Isabella en el salón cuando Dante pasa detrás del sofá y apoya una mano sobre mi hombro.
No se detiene.
Solo toca.
Una presión breve.
Continúa caminando.
Isabella deja de hablar.
—No.
—¿Qué?
—Nada.
—No hagas esa cara.
—¿Qué cara?
—La que dice que vas a decir algo insoportable.
Sonríe.
—Mi hermano acaba de tocarte porque pasó cerca.
—Sí.
—Sin fotógrafos.
—Isabella.
—Sin invitados.
—Lo vi.
—Sin ningún motivo.
La miro.
—¿Quieres terminar?
—Me parece adorable.
—Termina.
Se ríe.
El problema es que después empiezo a notarlo yo también.
Dante toca.
No de una manera sexual.
Todavía no.
Una mano en mi espalda cuando pasa detrás de mi silla.
Dedos alrededor de mi muñeca para detenerme cuando quiere decirme algo.
La palma sobre mi cabeza cuando estoy sentada y él pasa junto a mí.
Mi cintura cuando nos cruzamos en la cocina.
A veces ni siquiera parece darse cuenta.
Yo sí.
Cada vez.
• • •
Una semana después del primer abrazo, llego a casa cerca de medianoche.
La junta se extendió.
Después apareció un problema con un contrato.
Después otro.
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Editado: 19.09.2026