
No planeo volver.
Eso es importante.
La primera noche fue una excepción.
Estaba cansado.
No podía dormir.
Evelyn me dejó quedarme.
Dormí seis horas seguidas.
Fin.
No existe ninguna razón para repetirlo.
A las doce y veinte de la noche siguiente estoy frente a su puerta.
Mierda.
Golpeo.
—Pasa.
Abro.
Evelyn está leyendo.
Levanta los ojos del libro.
Después mira el reloj.
Después a mí.
—No.
Frunzo el ceño.
—¿Qué?
—Esto es ridículo.
—No dije nada.
—No necesitas.
Cierra el libro.
—¿Otra vez?
—Solo vine a...
No tengo final para esa oración.
Evelyn sonríe.
—¿Comprobar algo?
—Sí.
—¿Qué?
Silencio.
—Exactamente.
Levanta las mantas.
—Ven.
No debería sentir satisfacción por eso.
La siento.
Cierro la puerta.
Me quito el reloj.
Lo dejo sobre su cómoda.
Me acuesto.
Esta vez no encima de las mantas.
Debajo.
Evelyn lo nota.
—Mira qué confianza.
—Aprendo rápido.
—Eso está por verse.
Apaga la luz.
No espero.
La acerco.
Ella se ríe suavemente.
—Ni siquiera lo intentaste.
—¿Qué?
—Fingir que puedes dormir sin hacer esto.
—Ayer funcionó.
—Una muestra estadística impresionante.
Hundo la cara en su cuello.
Evelyn deja de hablar.
No porque el gesto tenga una intención sexual.
Porque probablemente empieza a entender que esto se convirtió en algo.
Yo también.
Su mano llega a mi nuca.
Cierro los ojos.
—Buenas noches.
—Buenas noches, Dante.
Duermo siete horas.
• • •
La tercera noche ni siquiera golpeo.
Abro.
Evelyn está cepillándose el cabello frente al espejo.
Me ve por el reflejo.
—Esto se está convirtiendo en un problema.
—¿Qué cosa?
—Tú.
Dejo el teléfono sobre la mesa.
—Puedo irme.
—No lo harás.
—No.
—Al menos eres sincero.
Me quito el reloj.
Lo dejo junto al teléfono.
Evelyn observa.
—¿Por qué dejas tus cosas aquí?
—Porque duermo aquí.
—Dos noches.
—Tres.
—Esta sería la tercera.
—Precisamente.
Se gira.
—No te instales.
—No lo estoy haciendo.
Una semana después hay dos camisetas mías en una silla.
No sé cómo llegaron.
Bueno.
Sí.
Las dejé.
También un pantalón.
Después una camisa porque una mañana me vestí allí y olvidé llevármela.
Evelyn la cuelga en un extremo de su armario.
—Una —advierte.
—No dije nada.
—Una camisa.
—Bien.
Dos días después son tres.
No comenta.
Eso me parece aceptación contractual.
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Editado: 19.09.2026