La Esposa Que No Quería

28. Tu cama

Evelyn

Dante invade mi dormitorio como un país pequeño con malas defensas.

Primero fue él.

Después el reloj.

Después una camiseta.

Después tres.

Ahora estoy mirando un traje.

Un traje completo.

Colgado en mi armario.

—No.

Dante está abotonándose una camisa detrás de mí.

—¿Qué?

Señalo.

—Eso.

—Es ropa.

—Es un traje.

—Bien hecho.

—En mi armario.

—Necesito vestirme.

—Tienes un vestidor del tamaño de mi primera habitación universitaria.

—Está lejos.

Me giro lentamente.

—A veinte metros.

—Muchísimo.

—Dante.

Se acerca.

—¿Qué?

—Estás instalándote.

—Duermo aquí todas las noches.

Eso es cierto.

Lleva casi dos semanas.

No hablamos de ello.

Simplemente sucede.

Cerca de medianoche aparece.

A veces antes.

Se mete en mi cama.

Me abraza.

Duerme.

Algunas noches hablamos.

Otras no.

No hay sexo.

Ni besos.

Nada que convierta la situación en algo sencillo de definir.

Solo una intimidad cada vez más difícil de ignorar.

—Precisamente —digo—. ¿No sería más lógico dormir en tu dormitorio?

—Sí.

Me sorprende.

—¿Sí?

—Mi cama es más grande.

—Entonces duerme allí.

Dante me mira.

—Contigo.

Ah.

—No.

La respuesta sale inmediatamente.

Frunce el ceño.

—¿Por qué?

—Porque no.

—Excelente argumento.

—Gracias.

—Evie.

—Mi cama está bien.

—Es pequeña.

—Es queen.

—Pequeña.

—Eres enorme. Ese no es problema de la cama.

Su boca se curva.

—Entonces vamos a la mía.

—No.

—¿Por qué?

Intento seguir ordenando ropa.

Dante no se mueve.

—Evelyn.

—¿Qué?

—Hay una razón.

—No.

—Mientes.

Lo miro.

No quiero decirlo.

Es estúpido.

Infantil.

Especialmente después de todo lo que toleré.

Pero precisamente por eso me molesta.

—Bianca durmió ahí.

Silencio.

Dante parpadea.

—¿Qué?

—No quiero dormir en una cama donde estuvo ella.

Su expresión cambia.

No sé exactamente qué aparece.

Pero no es culpa.

Tampoco molestia.

Parece...

Satisfacción.

Hijo de puta.

—No sonrías.

—No estoy sonriendo.

—Lo estás intentando.

—No.

—Dante.

Se pasa una mano por la boca.

Eso confirma todo.

—¿Te parece gracioso?

—No.

—Entonces ¿por qué estás feliz?

—No estoy feliz.

—Pareces ridículamente feliz.

—Solo...

Se detiene.

—¿Solo qué?

—Te molesta.

Lo miro.




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