
Evelyn está celosa de Bianca.
No debería disfrutarlo.
Lo disfruto.
Durante tres días.
En silencio.
No soy suicida.
Cada vez que recuerdo su cara cuando dijo que no quería dormir en mi cama porque Bianca había estado allí, algo ridículamente satisfactorio se instala en mi pecho.
Le importa.
No sé cuánto.
No sé de qué manera.
Pero ya no soy completamente indiferente para ella.
Eso debería bastar.
No basta.
Nada parece bastar últimamente.
• • •
El problema empieza un jueves por la noche.
Tenemos una gala.
Una de esas cenas interminables donde todos sonríen mientras intentan descubrir cuánto dinero tiene la persona de enfrente y qué puede conseguir de ella.
Evelyn llega directamente desde la oficina.
Yo ya estoy allí.
La veo entrar.
Y olvido durante varios segundos qué estaba diciendo el hombre frente a mí.
Lleva un vestido azul oscuro.
No es especialmente revelador.
No necesita serlo.
Se ajusta a su cuerpo y termina por encima de las rodillas. Los zapatos tienen unos tacones absurdos que probablemente la harán quejarse cuando lleguemos a casa. El cabello está suelto.
Tiene veintitrés.
La diferencia me golpea otra vez.
Solo que esta vez no me produce el mismo rechazo.
Produce otra cosa.
Una conciencia demasiado precisa de que mi esposa es una mujer hermosa.
Y que otros hombres también lo saben.
—Moretti.
Vuelvo a la conversación.
—¿Qué?
El hombre repite la pregunta.
Respondo.
Pero sigo mirando a Evelyn.
Saluda.
Sonríe.
Cumple exactamente como siempre.
Impecable.
Nunca me dejó en ridículo.
Ni siquiera cuando yo hacía todo lo posible por demostrarle que nuestro matrimonio no significaba nada en privado.
Cuando llega hasta mí, apoyo una mano en su cintura.
Costumbre.
Necesidad.
Ya no sé.
—Llegaste.
—Eso suele pasar cuando uno acepta una invitación.
—Pensé que la reunión se extendería.
—Terminó antes.
Miro sus zapatos.
—Te van a doler los pies.
Evelyn parpadea.
—Qué romántico.
—Son demasiado altos.
—Me gustan.
—Entonces sufrirás.
—Con estilo.
Sonrío.
—¿Comiste?
—Dante.
—Pregunta válida.
—Sí.
Bien.
No retiro la mano de su cintura.
Ella tampoco me obliga.
• • •
Dos horas después quiero irme.
Evelyn está hablando con un grupo cerca del bar.
Calloway no está.
Lo comprobé.
Una vez.
Tal vez dos.
No importa.
Me acerco.
—Nos vamos.
Evelyn gira.
—Hola a ti también.
—Hola.
—Estoy hablando.
—Lo veo.
Los demás intentan ocultar sonrisas.
No me gusta.
—Cinco minutos —dice.
—Dos.
—Cinco.
—Tres.
—Dante.
—Cinco.
Sonríe.
Gané algo.
No sé qué.
Me retiro.
Exactamente seis minutos después aparece.
—Fueron seis.
—Demándame.
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Editado: 19.09.2026