La Esposa Que No Quería

31. Cinco minutos

Dante

Cometo un error a las siete y doce de la mañana.

Abro los ojos.

No parece un error hasta que intento levantarme.

Evelyn duerme boca abajo, con una pierna enredada entre las mías, una mano sobre mi pecho y la mitad de su cabello ocupando mi almohada. En algún momento de la noche abandonó su lado de la cama, cruzó la distancia que yo había intentado mantener por respeto a nuestra nueva situación y decidió utilizarme como colchón.

No me molesta.

Ese es el problema.

Miro el reloj otra vez.

Tengo una reunión a las ocho.

Puedo llegar.

Solo necesito apartarla, ducharme, vestirme y salir.

Fácil.

Paso una mano por su cintura.

—Evie.

Nada.

—Tengo que levantarme.

Su respuesta es acercarse más.

La cara termina contra mi cuello.

Cierro los ojos.

Mierda.

—Evelyn.

—Cinco minutos.

La voz sale apagada contra mi piel.

Sonrío antes de poder impedirlo.

—Eso es mío.

—Ahora es mío.

—Tengo una reunión.

—Problema tuyo.

—¿Estás despierta?

—No.

—Estás negociando.

—Puedo hacerlo dormida.

Probablemente.

Mi esposa podría discutir conmigo inconsciente.

Le aparto el cabello de la cara y la observo durante unos segundos. Anoche cambiamos las reglas de nuestro matrimonio. No frente a Vittorio. No con abogados. No porque nuestras familias necesitaran otra cláusula que protegiera la alianza.

Nosotros.

Solo nosotros.

Y aparentemente mi cerebro ha decidido interpretar ese acuerdo como autorización para besarla cada vez que quiera.

Me inclino.

El primer beso apenas roza su boca.

Evelyn sonríe sin abrir los ojos.

El segundo dura más.

Al tercero abre un ojo.

—Eso es trampa.

—¿Qué?

—Estás intentando despertarme.

—Está funcionando.

—Mal.

La beso otra vez.

Esta vez ella levanta una mano hasta mi nuca.

Ahí desaparece cualquier intención de levantarme.

La giro con cuidado hasta dejarla debajo de mí y Evelyn suelta una risa contra mi boca.

—Tu reunión.

—Que esperen.

—Hace treinta segundos era importante.

—Las prioridades cambian.

—Qué empresario responsable.

—Tengo gente.

—¿Y cuál es tu trabajo?

La beso en la mandíbula.

—Encontrar problemas mejores.

Se ríe.

—Eso no tiene sentido.

—Ahora mismo sí.

Mi boca llega a su cuello.

Evelyn deja de reír.

Eso me gusta demasiado.

También me gusta la manera en que sus dedos entran en mi cabello, cómo su respiración cambia cuando mi mano se cierra alrededor de su cintura y el pequeño movimiento con el que se acerca cuando cree que voy a apartarme.

Información nueva.

Peligrosa.

Especialmente porque quiero aprenderla toda.

Levanto la cabeza.

Tiene las mejillas rosadas y los labios ligeramente hinchados.

Mi esposa.

Veintitrés años.

Yo tengo treinta y cinco.

Hace unos meses esa diferencia era una de las cosas que más me incomodaban del acuerdo. Todavía soy consciente de ella.

Probablemente siempre lo seré.

Pero ahora mismo lo que más me preocupa es que estoy considerando cancelar una reunión porque mi esposa acaba de morderme el labio.

—Eso no —murmuro.

Sus ojos brillan.

—¿Qué?

—Sabes perfectamente.

—No sé de qué hablas.

—Evie.




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