
No existe otra explicación.
Alguien reemplazó al hombre frío, controlado y ocasionalmente aterrador con el que me casé por un adolescente enorme que aparentemente acaba de descubrir que puede besar a una mujer.
Y esa mujer soy yo.
El lunes me arrincona en el pasillo cuando estoy saliendo hacia el trabajo.
No violentamente.
Simplemente aparece frente a mí, apoya una mano en la pared y bloquea el camino con su cuerpo.
—Buenos días.
Lo miro.
—Desayunamos juntos hace siete minutos.
—Lo recuerdo.
—Entonces ¿qué quieres?
Mira mi boca.
Ya sé la respuesta.
—No.
—¿No qué?
—Voy a llegar tarde.
—Un beso.
—Dante.
—Uno.
—Eso nunca es verdad.
Sonríe.
—Esta vez sí.
Mentiroso.
Lo beso de todas formas.
Cinco minutos después estoy intentando recordar dónde dejé el bolso mientras Dante parece extremadamente satisfecho consigo mismo.
—Te odio.
—No.
—Ahora mismo sí.
—Tu bolso está en la entrada.
—Gracias.
Intento pasar.
Me vuelve a besar.
—¡Dante!
—Ese sí fue el último.
—Tienes treinta y cinco años.
—Me lo recuerdas demasiado.
—Porque alguien tiene que hacerlo.
Llego once minutos tarde.
• • •
El martes estoy sentada en la biblioteca revisando documentos cuando Dante entra hablando por teléfono.
No me presta atención.
O eso creo.
Pasa junto a mí, escucha durante unos segundos a la persona del otro lado y, sin dejar de hablar, toma mi muñeca.
Levanto la cabeza.
Tira.
—¿Qué haces? —murmuro.
No responde.
Continúa con la llamada.
Termino de pie entre sus piernas.
Me mira.
Después señala su regazo.
Abro la boca.
No.
Él arquea una ceja.
Podría negarme.
Debería.
En cambio, me siento de lado sobre sus piernas.
Su brazo rodea inmediatamente mi cintura.
Dante sigue hablando de una adquisición como si tener a su esposa sentada encima fuera una parte perfectamente normal de una reunión telefónica.
Yo intento leer.
Es imposible.
Su pulgar dibuja movimientos lentos sobre mi costado.
No creo que lo haga conscientemente.
Eso lo empeora.
Cuando termina la llamada, dejo la carpeta.
—¿Qué fue eso?
—¿Qué?
—Me secuestraste.
—Estabas ahí.
—Sí. Sentada en otra silla.
—Demasiado lejos.
Lo miro.
—Había un metro.
—Exactamente.
Empiezo a reír.
Dante me observa.
—¿Qué?
—Nada.
—No uses mi palabra.
—Estoy intentando decidir si debería avisarle a Isabella que su hermano sufrió una regresión mental.
—No entiendo.
—Tienes diecisiete años.
—Tengo treinta y cinco.
—Físicamente.
Me aprieta la cintura.
—Ten cuidado.
—¿O qué?
Me mira la boca.
Ah.
—No te atrevas.
Se atreve.
Por supuesto.
• • •
El problema es que me encanta.
No se lo digo.
Todavía tengo algo de dignidad.
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Editado: 19.09.2026